Jueves 25 de enero 2001


Palabras
El viejo nogal
Carlos Balaguer

"San Manuel, Bueno, Mártir", novela de don Miguel de Unamuno, nos habla del viejo santo de la aldea, que muere dando la misa, y se va al cielo aun no creyendo en la vida eterna.

Ese era el secreto. Pero al ser sincero consigo mismo, el viejo Manuel se eternizaba en todas las cosas que amó. Por eso dice a Ángela antes de morir: "Cuando me entierren, que sea en una caja hecha con aquellas seis tablas que tallé del viejo nogal, ¡pobrecito!, a cuya sombra jugué de niño, cuando empezaba a soñar..."

"!Y entonces sí que creía en la vida perdurable!. Es decir, me figuro ahora que creía entonces. Para un niño creer no es más que soñar. Y para un pueblo. Esas seis tablas que tallé con mis propias manos, las encontraréis al pie de mi cama".

"Con veinte años en el corazón, la muerte parece un sueño y, sin embargo, se muere", escribe Cicconi.

Algo muere en nosotros, algo muere en la aldea. Y todo es un sueño dentro de otro sueño soñado. Y las cosas empiezan a morir cuando aún estamos vivos. Pero son más las cosas que quedan vivas, después de nuestra partida.

El miedo a la muerte, entonces, se disipa, puesto que ésta se convierte en un sueño más. Por eso los sueños terminan. Son cortos. Intangibles. Engañosos. Tal vez para que el corazón vuelva a ser libre y vuelve hacia otro sueño.


Día a Día

El descalabro del centro de San Salvador tiene su origen en una maligna y descabellada decisión del alcalde capitalino de los ochenta, Morales Ehrlich, que dispuso entregar las vías urbanas "al pueblo". Nadie podrá jamás calcular el costo inmenso que dicho acto ha causado al país, en destrucción, suciedad, atascos de tráfico, baja de inversiones, sufrimiento, insalubridad, enfermedades y fealdad. Lo que era un centro citadino modesto pero amable y con gracia, se convirtió en el chiquero actual, que por generación espontánea multiplica sus vicios y lacras.

Lo del "Centro Histórico" agrega, en cierta medida, al problema. Si bien hay unas cuantas cuadras con casas lindas, aunque dilapidadas, querer conservar un área extensa es discutible, ya que impide construir edificios funcionales que ayudarían a rescatar el conjunto. No todo lo viejo es "histórico", ni vale la pena preservarlo. En muchas ciudades, una o dos edificaciones de mérito sobran para dar carácter y belleza a un conjunto de obras contemporáneas.


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