Urge
cambio de mentalidad
Terremoto:
prevención, reacción y
reconstrucción
Jaime
Barba
El reciente evento sísmico del 13 de
enero, de nuevo, ha puesto en evidencia nuestra
vulnerabilidad frente a este tipo de
acontecimientos. No hace falta ser especialista
en la materia para comprender que el registro
sísmico de El Salvador es un dato duro
que en ningún momento debe estar ausente
en las proyecciones de quienes dirigen el
país.
Sin embargo, en el día a día,
parece que se olvida esta cruda realidad. Tienen
que morir centenares de compatriotas, haber
miles de damnificados y cuantiosos daños
a la infraestructura del país, para que
caigamos en la cuenta del tipo de territorio que
habitamos.
Aunque no es posible prever exactamente un
evento sísmico de esta envergadura, no
está fuera de alcance el anticipar
escenarios que hagan menos draconiano el costo a
pagar, sobre todo en vidas humanas.
Los fenómenos naturales tienen un
dinamismo autóctono del quehacer humano,
pero esto no quiere decir que no se puedan
aminorar sus impactos. Es más, esa ha
sido siempre la titánica tarea humana
desde los lejanos tiempos que en el continente
africano un grupo de homínidos se
separó de su asentamiento básico y
dio inicio al poblamiento del planeta.
Erupciones volcánicas, huracanes,
incendios forestales, eventos sísmicos de
origen tectónico (como el del 13 de
enero) pueden "manejarse", de algún
modo.
Quizá dentro de lo acontecido el
fatídico 13 de enero, el foco principal,
y que además suscitará mucha
discusión, es el que puede ubicarse al
sur del centro de Santa Tecla, en el área
residencial conocida como La Colina, donde
quizás está un poco más del
65 por ciento de los fallecidos del total
nacional.
Aseverar que el espantoso deslizamiento de
tierra proveniente de la Cordillera del
Bálsamo y que soterró a centenares
de hermanos salvadoreños es
responsabilidad exclusiva de la empresa
constructora, no parece ser una verdad
apodíctica. Tampoco son muy afortunadas
algunas declaraciones de funcionarios
públicos que intentan excluir el factor
constructivo como elemento del contexto.
Lo de La Colina puede, sin aspavientos,
calificarse como un típico desastre
urbano. La modalidad de crecimiento de las
ciudades del país, y sobre todo en la
Región Metropolitana de San Salvador, en
los últimos veinticinco años, se
puede caracterizar como amorfa, desequilibrada e
inconsistente.
Porque en este caso concreto fue La Colina,
pero pudo haber sido Utila o Pinares de Suiza el
sector afectado. Hay en toda esta franja un
escenario de crecimiento urbano que pareciera
haberse constituido tomando en cuenta
sólo meras motivaciones comerciales.
Obviándose considerandos elementales que
en otras ciudades del mundo sí se
contabilizan, como es el análisis
geológico.
Y es que especialistas en ingeniería
han señalado, con acierto, que no
habría obra civil, de las que se hacen en
este tipo de asentamientos, capaz de detener el
deslave que cayó sobre La Colina. Por eso
es legítima la pregunta de si se
debió construir hasta donde se
llegó en esa área.
Además, tratando de salirle al paso al
señalamiento de los activistas
ambientalistas, se esgrime la evidencia de la
arborización de esa parte de la
Cordillera del Bálsamo para descartar que
la deforestación causó eso.
Aquí, de nuevo, la complejidad de
factores intervinientes hace sentir su peso.
El estudio científico que el Estado
salvadoreño está obligado a
patrocinar en esta área permitirá
esclarecer el rango correspondiente de los
diferentes componentes participantes en ese
escenario de crecimiento urbano. Es más,
dicha auscultación deberá
establecer el tipo de vinculación
existente, si es que la hay, entre lo acontecido
en La Colina y la ruina del pueblo de Comasagua,
por ejemplo.
El terremoto del 13 de enero debería
servir de test para evaluar las graves fallas
institucionales con las que venimos cargando
desde hace muchos años. Es irresponsable,
de parte de quienes dirigen el país,
seguir careciendo de un Sistema Nacional frente
a Desastres. El Comité de Emergencia
Nacional es sólo eso, un comité de
emergencia, pero no constituye una instancia de
alcance estratégico. Que visualice,
establezca parámetros, utilice medios
materiales efectivos y emprenda acciones de
amplio espectro.
Así, pues, investigación
científica, instrumentos de
reacción inmediata y redefinición
del poblamiento de las ciudades, quizá
sean los elementos centrales a considerar en la
urgente discusión nacional que debe tener
lugar.
Se trata de un cambio de mentalidad,
más que de una gran inversión de
recursos económicos. El fin del conflicto
armado, en 1992, ha puesto a las estructuras
militares del país en una inmejorable
situación para ser columna vertebral de
este Sistema Nacional frente a Desastres. Hay en
la institución castrense, instalaciones,
preparación técnica, personal
disponible y recursos materiales que en la
actualidad no son aprovechados de forma
óptima.
Si de verdad se va a dar una
reconstrucción del país, entonces
no basta con rehabilitar, debería
pensarse seriamente en reorientar el crecimiento
de las ciudades.
Ya es hora de contar con una auténtica
política de Estado en materia de
desastres.