Jueves 25 de enero 2001


Urge cambio de mentalidad
Terremoto: prevención, reacción y reconstrucción
Jaime Barba

El reciente evento sísmico del 13 de enero, de nuevo, ha puesto en evidencia nuestra vulnerabilidad frente a este tipo de acontecimientos. No hace falta ser especialista en la materia para comprender que el registro sísmico de El Salvador es un dato duro que en ningún momento debe estar ausente en las proyecciones de quienes dirigen el país.

Sin embargo, en el día a día, parece que se olvida esta cruda realidad. Tienen que morir centenares de compatriotas, haber miles de damnificados y cuantiosos daños a la infraestructura del país, para que caigamos en la cuenta del tipo de territorio que habitamos.

Aunque no es posible prever exactamente un evento sísmico de esta envergadura, no está fuera de alcance el anticipar escenarios que hagan menos draconiano el costo a pagar, sobre todo en vidas humanas.

Los fenómenos naturales tienen un dinamismo autóctono del quehacer humano, pero esto no quiere decir que no se puedan aminorar sus impactos. Es más, esa ha sido siempre la titánica tarea humana desde los lejanos tiempos que en el continente africano un grupo de homínidos se separó de su asentamiento básico y dio inicio al poblamiento del planeta.

Erupciones volcánicas, huracanes, incendios forestales, eventos sísmicos de origen tectónico (como el del 13 de enero) pueden "manejarse", de algún modo.

Quizá dentro de lo acontecido el fatídico 13 de enero, el foco principal, y que además suscitará mucha discusión, es el que puede ubicarse al sur del centro de Santa Tecla, en el área residencial conocida como La Colina, donde quizás está un poco más del 65 por ciento de los fallecidos del total nacional.

Aseverar que el espantoso deslizamiento de tierra proveniente de la Cordillera del Bálsamo y que soterró a centenares de hermanos salvadoreños es responsabilidad exclusiva de la empresa constructora, no parece ser una verdad apodíctica. Tampoco son muy afortunadas algunas declaraciones de funcionarios públicos que intentan excluir el factor constructivo como elemento del contexto.

Lo de La Colina puede, sin aspavientos, calificarse como un típico desastre urbano. La modalidad de crecimiento de las ciudades del país, y sobre todo en la Región Metropolitana de San Salvador, en los últimos veinticinco años, se puede caracterizar como amorfa, desequilibrada e inconsistente.

Porque en este caso concreto fue La Colina, pero pudo haber sido Utila o Pinares de Suiza el sector afectado. Hay en toda esta franja un escenario de crecimiento urbano que pareciera haberse constituido tomando en cuenta sólo meras motivaciones comerciales. Obviándose considerandos elementales que en otras ciudades del mundo sí se contabilizan, como es el análisis geológico.

Y es que especialistas en ingeniería han señalado, con acierto, que no habría obra civil, de las que se hacen en este tipo de asentamientos, capaz de detener el deslave que cayó sobre La Colina. Por eso es legítima la pregunta de si se debió construir hasta donde se llegó en esa área.

Además, tratando de salirle al paso al señalamiento de los activistas ambientalistas, se esgrime la evidencia de la arborización de esa parte de la Cordillera del Bálsamo para descartar que la deforestación causó eso. Aquí, de nuevo, la complejidad de factores intervinientes hace sentir su peso.

El estudio científico que el Estado salvadoreño está obligado a patrocinar en esta área permitirá esclarecer el rango correspondiente de los diferentes componentes participantes en ese escenario de crecimiento urbano. Es más, dicha auscultación deberá establecer el tipo de vinculación existente, si es que la hay, entre lo acontecido en La Colina y la ruina del pueblo de Comasagua, por ejemplo.

El terremoto del 13 de enero debería servir de test para evaluar las graves fallas institucionales con las que venimos cargando desde hace muchos años. Es irresponsable, de parte de quienes dirigen el país, seguir careciendo de un Sistema Nacional frente a Desastres. El Comité de Emergencia Nacional es sólo eso, un comité de emergencia, pero no constituye una instancia de alcance estratégico. Que visualice, establezca parámetros, utilice medios materiales efectivos y emprenda acciones de amplio espectro.

Así, pues, investigación científica, instrumentos de reacción inmediata y redefinición del poblamiento de las ciudades, quizá sean los elementos centrales a considerar en la urgente discusión nacional que debe tener lugar.

Se trata de un cambio de mentalidad, más que de una gran inversión de recursos económicos. El fin del conflicto armado, en 1992, ha puesto a las estructuras militares del país en una inmejorable situación para ser columna vertebral de este Sistema Nacional frente a Desastres. Hay en la institución castrense, instalaciones, preparación técnica, personal disponible y recursos materiales que en la actualidad no son aprovechados de forma óptima.

Si de verdad se va a dar una reconstrucción del país, entonces no basta con rehabilitar, debería pensarse seriamente en reorientar el crecimiento de las ciudades.

Ya es hora de contar con una auténtica política de Estado en materia de desastres.


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