- La
columna nacional
- En asedio sólo
queda estorbar y esperar
- Por
Roberto
López-Geissmann.
Como
tradición navideña he establecido
el regalarme siempre un par de libros. Esta
pasada, uno de ellos fue "La isla del día
de antes", de Umberto Eco, y no he podido
sustraerme de la tentación de citarlo
dado que la siguiente frase me dio la idea para
el presente artículo: "En un asedio no
hay nada más que hacer: estorbar a los
demás, y esperar".
¿Quiénes son los asediados?
¿Quiénes asedian? ¿Desde
qué punto será bueno "estorbar"?
¿Qué puede traernos esa "espera", o
bien qué es lo que esperamos? Como un
nuevo año siempre debe verse con
esperanza, las reflexiones políticas que
vienen a continuación llevan ese
derrotero, con la advertencia de que, como todo
en esta vida, debe labrarse; que sí se
puede, pero trabajándolo duro.
A un amigo chileno -jurista y
politólogo-, genial donde los haya, le
pregunté una vez: -¿Qué sacas
de esa lucha titánica contra fuerzas tan
dispares a la tuya, es que verdaderamente puedes
lograr resultados?- Y me dijo, un tanto
compungido y con expresión de adolescente
travieso: -Pues, muy visibles para nosotros no
aparecen, pero sí se les desarman sus
planes (a los opositores) con el sólo
hecho de exponerlos y, aunque muchas veces las
palmas se los lleven otros personajes,
más destacados por la publicidad, pero el
resultado es que si les afectan las arenillas
que les pones en las ruedas. Y como quisiera
picarle hasta el fondo le quise poner contra la
pared diciéndole: -Y si fuera el caso que
el balance que te arrojara tu actividad fuera
escasísimo o casi nulo, contra las
energías que tu empeñaras
¿seguirías luchando y por
qué? -Y me contestó, al principio
con travesura que luego transformó en la
más clara expresión de serena
resolución: -No combatimos por balances,
aunque los hagamos, ello es secundario ante el
imperativo vital de realizar la lucha porque
debe ser presentado un frente. Además
obtienes algo extraordinario, difícil de
explicar pero fácil de sentir, es excelso
y es chusco en apariencia, y es que con tus
esfuerzos JODÉS a quien corresponde, y
eso es rico, papá.
Confirmé con sus respuestas nuestra
común forma de pensar. Agregó el
que, aún para el caso extremo de que todo
estuviera ya perdido, la lucha debe tomarse como
una ascésis, una vía de
superación interior que descargue lo
mejor de ti, que te exija y te levante, tu
brújula y tu manantial, la vía del
guerrero, pero también la de aquel que
pidió cargar cada uno con nuestra cruz en
pos de él. En el "joder" se implica el
estorbar, el ser testigo conciente y valiente,
en hacer presencia y prender nuestra lamparita
en espera de que otros también lo hagan y
tengamos todos más luz. Así, el
estorbar se convierte en una ayuda porque lo que
se estorba es al mal, y, en este caso,
jodés propositivamente.
Bajo asedio estamos todos. Unos de otros y
todos de los de afuera. Y recuerden que "en casa
dividida...". El asedio económico,
político y cultural es a veces fuerte, a
menudo inadvertido, muchas veces múltiple
y siempre constante. Las víctimas son
obligadas &emdash;o engañadas&emdash; a
convertirse en victimarios de otros, se pierde
tiempo en disputas superficiales dejando pasar
lo monumental y el "sistemita" sigue tan
campante como aquel whisky; sus representantes
cada vez se llenan más sus deditos de
atol y nos los ofrecen con paternal solicitud
para que lo bebamos. ¿No está claro
todavía a quiénes hay que
estorbar? Como dijo un diputado que era chero
mío, refiriéndose a mi persona:
&emdash;a este no se le entiende&emdash; a lo
que no me queda más que responderle que
no hay peor sordo que el que no quiere
oír y que a buenas entendederas pocas
palabras.
¿Y la espera? No es nunca la que se basa
con la fe, ni siquiera la que se nutre de la
esperanza, sino la que, movida por una caridad
solidaria y un insobornable impulso de
acción busca lo que quiere. Lejos de la
imagen inane de un pensador en la playa, un
burgués en la hamaca o un parlamentario
de los de relleno, hay que hacer algo, la espera
fructífera sólo puede estar basada
en la firme creencia de que el hombre es
realmente quien hace la historia, ella no nos
deja ni nos alcanza, nosotros la hacemos.