Martes 2 de enero 2001


La columna nacional
En asedio sólo queda estorbar y esperar
Por Roberto López-Geissmann.

Como tradición navideña he establecido el regalarme siempre un par de libros. Esta pasada, uno de ellos fue "La isla del día de antes", de Umberto Eco, y no he podido sustraerme de la tentación de citarlo dado que la siguiente frase me dio la idea para el presente artículo: "En un asedio no hay nada más que hacer: estorbar a los demás, y esperar".

¿Quiénes son los asediados? ¿Quiénes asedian? ¿Desde qué punto será bueno "estorbar"? ¿Qué puede traernos esa "espera", o bien qué es lo que esperamos? Como un nuevo año siempre debe verse con esperanza, las reflexiones políticas que vienen a continuación llevan ese derrotero, con la advertencia de que, como todo en esta vida, debe labrarse; que sí se puede, pero trabajándolo duro.

A un amigo chileno -jurista y politólogo-, genial donde los haya, le pregunté una vez: -¿Qué sacas de esa lucha titánica contra fuerzas tan dispares a la tuya, es que verdaderamente puedes lograr resultados?- Y me dijo, un tanto compungido y con expresión de adolescente travieso: -Pues, muy visibles para nosotros no aparecen, pero sí se les desarman sus planes (a los opositores) con el sólo hecho de exponerlos y, aunque muchas veces las palmas se los lleven otros personajes, más destacados por la publicidad, pero el resultado es que si les afectan las arenillas que les pones en las ruedas. Y como quisiera picarle hasta el fondo le quise poner contra la pared diciéndole: -Y si fuera el caso que el balance que te arrojara tu actividad fuera escasísimo o casi nulo, contra las energías que tu empeñaras ¿seguirías luchando y por qué? -Y me contestó, al principio con travesura que luego transformó en la más clara expresión de serena resolución: -No combatimos por balances, aunque los hagamos, ello es secundario ante el imperativo vital de realizar la lucha porque debe ser presentado un frente. Además obtienes algo extraordinario, difícil de explicar pero fácil de sentir, es excelso y es chusco en apariencia, y es que con tus esfuerzos JODÉS a quien corresponde, y eso es rico, papá.

Confirmé con sus respuestas nuestra común forma de pensar. Agregó el que, aún para el caso extremo de que todo estuviera ya perdido, la lucha debe tomarse como una ascésis, una vía de superación interior que descargue lo mejor de ti, que te exija y te levante, tu brújula y tu manantial, la vía del guerrero, pero también la de aquel que pidió cargar cada uno con nuestra cruz en pos de él. En el "joder" se implica el estorbar, el ser testigo conciente y valiente, en hacer presencia y prender nuestra lamparita en espera de que otros también lo hagan y tengamos todos más luz. Así, el estorbar se convierte en una ayuda porque lo que se estorba es al mal, y, en este caso, jodés propositivamente.

Bajo asedio estamos todos. Unos de otros y todos de los de afuera. Y recuerden que "en casa dividida...". El asedio económico, político y cultural es a veces fuerte, a menudo inadvertido, muchas veces múltiple y siempre constante. Las víctimas son obligadas &emdash;o engañadas&emdash; a convertirse en victimarios de otros, se pierde tiempo en disputas superficiales dejando pasar lo monumental y el "sistemita" sigue tan campante como aquel whisky; sus representantes cada vez se llenan más sus deditos de atol y nos los ofrecen con paternal solicitud para que lo bebamos. ¿No está claro todavía a quiénes hay que estorbar? Como dijo un diputado que era chero mío, refiriéndose a mi persona: &emdash;a este no se le entiende&emdash; a lo que no me queda más que responderle que no hay peor sordo que el que no quiere oír y que a buenas entendederas pocas palabras.

¿Y la espera? No es nunca la que se basa con la fe, ni siquiera la que se nutre de la esperanza, sino la que, movida por una caridad solidaria y un insobornable impulso de acción busca lo que quiere. Lejos de la imagen inane de un pensador en la playa, un burgués en la hamaca o un parlamentario de los de relleno, hay que hacer algo, la espera fructífera sólo puede estar basada en la firme creencia de que el hombre es realmente quien hace la historia, ella no nos deja ni nos alcanza, nosotros la hacemos.


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