La
Nota del Día
31 de Diciembre de
2000
Engrandezcamos El
Salvador
El 2001, inicio del tercer milenio de la era
cristiana, es propicio para cumplir buenos
propósitos, poner más
empeño en lo que se hace y se
sueña, y renovar el compromiso con la
libertad y la democracia. Pero años antes
de llegar a esta misteriosa y sugerente etapa en
nuestras vidas, nos dábamos cuenta de las
colosales transformaciones que han venido
sucediendo, y que ya anunciaron el amanecer de
una nueva época.
En este punto vale recordar una antigua
costumbre romana en la noche de San Silvestre:
tirar por la ventana lo viejo, lo inservible, lo
superfluo. El primer día de enero las
calles están cubiertas con la basura de
una celebración desbordada, y de curiosos
y arruinados objetos y vestimentas. Y siempre
surge la idea: sería maravilloso echar
fuera rencores, malos pensamientos,
inútiles supersticiones y cuanta
tontería y barbaridad acarrea el
alma.
Colectivamente tenemos el deber de hacer algo
positivo por El Salvador. Lo primero es que cada
uno tiene que actuar con responsabilidad,
esforzarse en lo suyo, acatar la correcta ley y
engrandecer el común patrimonio. Hay que
cuidar a la propia familia, honrar a los padres
y proteger a los hijos, merecer la amistad de
otros y ganarse el respeto y la estima de
vecinos, compañeros de trabajo y hasta
del extraño. Idealmente hay que cultivar
lo honesto, lo decente, lo bello y lo hermoso.
El bien común es la suma de logros
individuales.
Es muy importante, en esto, no caer
víctimas del pesimismo, pues aun en las
circunstancias más adversas hay mucho por
aprovechar. Pese al relativo estancamiento que
padecemos, contamos con excelentes perspectivas
para desarrollar nuevas maquilas y generar
más de cien mil empleos adicionales en un
lapso corto. El año pasado se publicaron
arriba de treinta mil ofertas de trabajo en los
clasificados de EL DIARIO DE HOY, lo que es una
fracción de lo disponible y que comprueba
la amplia existencia de oportunidades para
superarse.
A Dios rogando y con el mazo dando
Seremos lo que queremos, siempre y cuando
estemos dispuestos a invertir inteligencia,
sudor, perseverancia y honestidad en lo que se
emprenda. A Dios rogando y al mazo dando: las
grandes obras son la suma de incontables
pequeños esfuerzos, que se canalizan en
un objetivo determinado.
El mayor obstáculo para progresar ha
sido, y sigue siendo, la falta de liderazgo, o
lo mediocre del liderazgo. Las personas y los
grupos en quienes los ciudadanos han depositado
su confianza, o que gozan de prominencia en
virtud de sus cargos y posiciones
políticas, no están a la altura de
la expectativa. La gente puede soportar
sacrificios y penurias cuando sabe y siente que
es ese un requisito para alcanzar finalidades
superiores. Pero por un lado la agenda parece
agotada y se echa mano de remedios milagrosos y
populismo, mientras por la otra no se pasa de
socavar, oponer, maldecir y estorbar. Es esta la
razón primordial del descrédito en
que ha caído la clase política,
decepción generalizada que puede colocar
los destinos de la República en poder de
fanáticos.
Se descubren, sin embargo, señales
prometedoras. Hay una toma de conciencia sobre
los problemas críticos que padecemos y se
ha comenzado a ejercer presión sobre los
poderes públicos, los partidos
políticos y los sectores dirigentes para
que tomen el sendero correcto.