Jueves 7 de septiembre


Fútbol, Estado y sociedad

Salvador Samayoa

Dicen que lo bueno de tocar fondo es que ya no se puede bajar más. El corolario es que estando ya en el nivel más bajo sólo se puede subir. La primera parte es cierta, por definición. El fondo es el fondo, como su nombre lo indica. No hay nada más bajo. El corolario, sin embargo, es falso. Cuando se está en el fondo hay dos posibilidades: Una es subir o mejorar. Otra es quedarse ahí.

Estas son, precisamente, las dos alternativas del fútbol salvadoreño, después de la bancarrota económica, moral y administrativa de la Federación y después de la humillación nacional sufrida por partida doble, en el Coloso de Monserrat y en el Olímpico de San Pedro Sula.

El descalabro en tierra hondureña no sorprendió a nadie. Fue, simplemente, el último episodio &emdash;ojalá el episodio final&emdash; de la crónica de una muerte anunciada. El desastre deportivo se veía venir. El 1 de abril del año pasado dedicamos la columna a este mismo tema. "Vergüenza Nacional", titulamos en alusión a la madera de uno de los principales periódicos del país. En aquella ocasión sólo habíamos logrado ganar a Nicaragua. Ahora sólo pudimos ganar a San Vicente.

No es la derrota la que humilla e indigna; es la forma de perder la que nos deja hundidos en la desesperanza, sobre todo cuando se convierte en habitual y descubre de manera tan brutal la miseria endémica de nuestra organización deportiva.

El problema no es el entrenador, el portero o el árbitro. El problema es que ya casi todos en la región son abrumadoramente superiores a nosotros: no sólo los tradicionales y grandes, sino también los teóricamente iguales o más pequeños, como Honduras, Trinidad, Jamaica, Panamá o Costa Rica.

Comenzando por lo más evidente, casi todos en la región tienen jugadores en las ligas más competitivas del mundo. Dwight Yorke, el triniteño, se pasea todas las semanas por Old Trafford, Wembley o New Highbury, en la liga "premier" británica, pero también se pasea todos los años por el Giuseppe Meazza, el Santiago Bernabeu, el Amsterdam Arena, el Stade de France o el Olímpico de Munich en la Liga de Campeones de Europa.

Dely Valdés, el panameño, jugó varios años en Oviedo, en la "Liga de las estrellas", de España, y sus rivales fueron también, domingo a domingo, los mejores del mundo. De igual manera, a Carlos Pavón, el hondureño, no le da miedo escénico cuando juega en el Azteca, porque pisa ese campo varias veces al año en la liga mexicana, tal como otrora hiciera nuestro emblemático Jaime Rodríguez. Lo mismo puede decirse de los ticos Hernán Medford o Paulo Wanchope, quienes juegan en el Necaxa mexicano y en el West Ham británico.

Esta es &emdash;para bien y para mal&emdash; la realidad del mundo en que vimos. Las empresas globalizadas engullen o superan irremediablemente a las empresas locales. De la misma manera, los equipos globalizados tienen abismales ventajas sobre los equipos provincianos. El Salvador no puede aspirar a ser competitivo si continúa sustrayéndose de esta realidad.

El fútbol tiene gran importancia social en muchos países. Tanto en su dimensión de deporte masivo, como en su expresión de espectáculo público o de competencia entre países ha llegado a convertirse en factor de autoestima nacional, de proyección internacional y de salud física y mental de personas y pueblos. También tiene o puede llegar a tener una importancia económica considerable y, en cualquier caso, a falta de pan, es el único circo del que podría disponer un pueblo tenso y frustrado como el nuestro.

La importancia psicosocial del fútbol es indiscutible. Suscita, desborda, drena y divierte cantidad de emociones y pasiones en millones de personas. A este tema ha dedicado un libro bellísimo Eduardo Galeano, uno de los escritores más sensibles, profundos, agudos, versátiles y exquisitos que ha parido nuestro continente.

Ahora tenemos que aprender a verlo también como una cuestión de Estado. Esta es la tesis que defendimos hace cuatro años, en julio de 1996, en una columna similar a esta que titulamos "Como Cristo en el Templo", en clara referencia a la energía que debíamos emplear para desalojar de la cúpula a ciertos personajes, al tiempo que hacíamos una reforma radical a la legislación y a la desorganización vigente.

La organización del fútbol implica leyes, políticas públicas, inversión en infraestructura, modelos de financiamiento, promoción de escuelas infantiles y juveniles, derechos de televisión y radiodifusión, derechos de publicidad o imagen, derechos laborales, constitución de empresas, estructura de ligas profesionales, calidad de la prensa deportiva, capacitación profesional de administradores y entrenadores, servicios de medicina deportiva y otros muchos aspectos.

No por casualidad en los países de mayor desarrollo de este deporte existe la figura de un Secretario de Estado o un Ministro encargado de promover y regular el desarrollo de todo el tinglado. La FIFA ha designado una "Comisión Normalizadora" en sustitución de la junta directiva de la FEDEFUT, pero esto es insuficiente.

Para comenzar a salir del pantano hace falta promover una discusión nacional con enfoque, agenda, propósitos e interlocutores bien definidos. Sólo en un contexto como este tendría sentido invocar la responsabilidad del Estado, porque no sería aceptable hablar de fondos públicos, de gestión de fondos internacionales de desarrollo para créditos blandos, de incentivos fiscales o de otros apoyos gubernamentales si no estuviera clara la contrapartida de compromisos que asumirían y las formas de fiscalización que aceptarían los diferentes actores.

Hasta ahora nuestro fútbol ha sido prisionero de argollas, caciques y señores feudales de poca monta. Nuestro fútbol ha estado hundido en pantanos de mezquindad, mediocridad y corrupción. Esto debe terminar, por razones de interés social y por razones de Estado.


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