Fútbol,
Estado y sociedad
Salvador
Samayoa
Dicen
que lo bueno de tocar fondo es que ya no se
puede bajar más. El corolario es que
estando ya en el nivel más bajo
sólo se puede subir. La primera parte es
cierta, por definición. El fondo es el
fondo, como su nombre lo indica. No hay nada
más bajo. El corolario, sin embargo, es
falso. Cuando se está en el fondo hay dos
posibilidades: Una es subir o mejorar. Otra es
quedarse ahí.
Estas son, precisamente, las dos alternativas
del fútbol salvadoreño,
después de la bancarrota
económica, moral y administrativa de la
Federación y después de la
humillación nacional sufrida por partida
doble, en el Coloso de Monserrat y en el
Olímpico de San Pedro Sula.
El descalabro en tierra hondureña no
sorprendió a nadie. Fue, simplemente, el
último episodio &emdash;ojalá el
episodio final&emdash; de la crónica de
una muerte anunciada. El desastre deportivo se
veía venir. El 1 de abril del año
pasado dedicamos la columna a este mismo tema.
"Vergüenza Nacional", titulamos en
alusión a la madera de uno de los
principales periódicos del país.
En aquella ocasión sólo
habíamos logrado ganar a Nicaragua. Ahora
sólo pudimos ganar a San Vicente.
No es la derrota la que humilla e indigna; es
la forma de perder la que nos deja hundidos en
la desesperanza, sobre todo cuando se convierte
en habitual y descubre de manera tan brutal la
miseria endémica de nuestra
organización deportiva.
El problema no es el entrenador, el portero o
el árbitro. El problema es que ya casi
todos en la región son abrumadoramente
superiores a nosotros: no sólo los
tradicionales y grandes, sino también los
teóricamente iguales o más
pequeños, como Honduras, Trinidad,
Jamaica, Panamá o Costa Rica.
Comenzando por lo más evidente, casi
todos en la región tienen jugadores en
las ligas más competitivas del mundo.
Dwight Yorke, el triniteño, se pasea
todas las semanas por Old Trafford, Wembley o
New Highbury, en la liga "premier"
británica, pero también se pasea
todos los años por el Giuseppe Meazza, el
Santiago Bernabeu, el Amsterdam Arena, el Stade
de France o el Olímpico de Munich en la
Liga de Campeones de Europa.
Dely Valdés, el panameño,
jugó varios años en Oviedo, en la
"Liga de las estrellas", de España, y sus
rivales fueron también, domingo a
domingo, los mejores del mundo. De igual manera,
a Carlos Pavón, el hondureño, no
le da miedo escénico cuando juega en el
Azteca, porque pisa ese campo varias veces al
año en la liga mexicana, tal como otrora
hiciera nuestro emblemático Jaime
Rodríguez. Lo mismo puede decirse de los
ticos Hernán Medford o Paulo Wanchope,
quienes juegan en el Necaxa mexicano y en el
West Ham británico.
Esta es &emdash;para bien y para mal&emdash;
la realidad del mundo en que vimos. Las empresas
globalizadas engullen o superan
irremediablemente a las empresas locales. De la
misma manera, los equipos globalizados tienen
abismales ventajas sobre los equipos
provincianos. El Salvador no puede aspirar a ser
competitivo si continúa
sustrayéndose de esta realidad.
El fútbol tiene gran importancia
social en muchos países. Tanto en su
dimensión de deporte masivo, como en su
expresión de espectáculo
público o de competencia entre
países ha llegado a convertirse en factor
de autoestima nacional, de proyección
internacional y de salud física y mental
de personas y pueblos. También tiene o
puede llegar a tener una importancia
económica considerable y, en cualquier
caso, a falta de pan, es el único circo
del que podría disponer un pueblo tenso y
frustrado como el nuestro.
La importancia psicosocial del fútbol
es indiscutible. Suscita, desborda, drena y
divierte cantidad de emociones y pasiones en
millones de personas. A este tema ha dedicado un
libro bellísimo Eduardo Galeano, uno de
los escritores más sensibles, profundos,
agudos, versátiles y exquisitos que ha
parido nuestro continente.
Ahora tenemos que aprender a verlo
también como una cuestión de
Estado. Esta es la tesis que defendimos hace
cuatro años, en julio de 1996, en una
columna similar a esta que titulamos "Como
Cristo en el Templo", en clara referencia a la
energía que debíamos emplear para
desalojar de la cúpula a ciertos
personajes, al tiempo que hacíamos una
reforma radical a la legislación y a la
desorganización vigente.
La organización del fútbol
implica leyes, políticas públicas,
inversión en infraestructura, modelos de
financiamiento, promoción de escuelas
infantiles y juveniles, derechos de
televisión y radiodifusión,
derechos de publicidad o imagen, derechos
laborales, constitución de empresas,
estructura de ligas profesionales, calidad de la
prensa deportiva, capacitación
profesional de administradores y entrenadores,
servicios de medicina deportiva y otros muchos
aspectos.
No por casualidad en los países de
mayor desarrollo de este deporte existe la
figura de un Secretario de Estado o un Ministro
encargado de promover y regular el desarrollo de
todo el tinglado. La FIFA ha designado una
"Comisión Normalizadora" en
sustitución de la junta directiva de la
FEDEFUT, pero esto es insuficiente.
Para comenzar a salir del pantano hace falta
promover una discusión nacional con
enfoque, agenda, propósitos e
interlocutores bien definidos. Sólo en un
contexto como este tendría sentido
invocar la responsabilidad del Estado, porque no
sería aceptable hablar de fondos
públicos, de gestión de fondos
internacionales de desarrollo para
créditos blandos, de incentivos fiscales
o de otros apoyos gubernamentales si no
estuviera clara la contrapartida de compromisos
que asumirían y las formas de
fiscalización que aceptarían los
diferentes actores.
Hasta ahora nuestro fútbol ha sido
prisionero de argollas, caciques y
señores feudales de poca monta. Nuestro
fútbol ha estado hundido en pantanos de
mezquindad, mediocridad y corrupción.
Esto debe terminar, por razones de
interés social y por razones de
Estado.