Miércoles 6 de septiembre


Y se hizo mar el mar...

Dice el poeta: "¿Y cómo se hace el mar?/Yo no hice el mar:/lo encontré en sus salvajes oficinas,/lo hallé dispuesto a todo,/crepitante,/pacífico,/atlántico de plomo,/mediterráneo teñido de anilina,/todo era blanco y hondo,/hirviente y permanente,/tenía olas, ovarios,/naves muertas,/latía su organismo". (Neruda).

Por Janet Cienfuegos

El sábado realicé uno de los mayores sueños que alguien, que ama tanto el mar como lo amo yo, pueda hacer: me metí hacia él, lo más adentro que pudiera soñar. Bien lo dijo mi amigo Gilberto cuando me invitó a compartir con él esa aventura de ensueño, hasta el sábado, yo no conocía el mar.

Me he parado miles de veces frente a él, le he visto coquetear con su luna no sé cuántas veces, pero nunca le había visto desde allí donde es él quien domina. "Lo medí entre las rocas de la tierra asombrada y dije,/no lo hice,/no lo hice yo,ni nadie:/en ese nadie soy un sirviente inservible,/como un molusco roto por los dientes del mar".

Una vez metidos muy adentro, Gilberto, don Julio y Ray, los lancheros, y yo, nos topamos con un mar de un azul impresionante, un color que yo jamás había visto, calmador y hechizante. Mientras mi amigo se dejó tragar por sus aguas para explorarlo en el fondo, yo no podía estar más feliz con mi encuentro que me hizo sentir, solo por un momento, que el mar estaba faltándole a la luna conmigo, que comenzaba el verdadero flirteo entre él y yo. "No hice la sal dispersa/ni el viento coronado por la racha que rompe la blancura no,/no hice la luz del agua ni el beso que estremece la nave con sus labios de batalla,/ni las demoliciones de arena,/ni el movimiento que envolvió en silencio/a la ballena y sus procreaciones". Y nuestro viaje duró todo un día, un día que al final pareció poco. Y hubo un momento en que nos "estacionamos" en un punto equis y mis amigos lanzaron sus anzuelos al mar, en busca de los dorados peces. Los peces picaron una, dos, hasta ocho veces, y era sorprendente verlos subir a la lancha y dominarlos. La verdad es que nunca me ha gustado el sol, pero ese día lo disfruté mucho aunque al final terminara con mi espalda convertida en un trozo de tomate vivo. A esa distancia se respira otro aire.

Y debo confesar que me sentí como niña recibiendo los consejos de su padre, ante la sabiduría de don Julio y el resto de mis amigos con respecto al mar. Al final de nuestra hermosa travesía llegué a la conclusión de que era mi primer verdadero encuentro con él. Y no puedo sino pensar que el gran Neruda debió vivir algo similar, porque no hay otra forma de escribir tantas bellezas sobre el mar a menos que se le conozca de esa manera tan íntima. Ya no me importaría no volver a él de esa forma, porque creo que ahora se ha quedado atrapado en mí como queda el recuerdo de un gran amor. Gracias Gilberto.

janet@elsalvador.com


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