Y se hizo mar el
mar...
Dice el poeta: "¿Y cómo se
hace el mar?/Yo no hice el mar:/lo
encontré en sus salvajes oficinas,/lo
hallé dispuesto a
todo,/crepitante,/pacífico,/atlántico
de plomo,/mediterráneo teñido de
anilina,/todo era blanco y hondo,/hirviente y
permanente,/tenía olas, ovarios,/naves
muertas,/latía su organismo". (Neruda).
Por Janet
Cienfuegos
El
sábado realicé uno de los mayores
sueños que alguien, que ama tanto el mar
como lo amo yo, pueda hacer: me metí
hacia él, lo más adentro que
pudiera soñar. Bien lo dijo mi amigo
Gilberto cuando me invitó a compartir con
él esa aventura de ensueño, hasta
el sábado, yo no conocía el
mar.
Me he parado miles de veces frente a
él, le he visto coquetear con su luna no
sé cuántas veces, pero nunca le
había visto desde allí donde es
él quien domina. "Lo medí entre
las rocas de la tierra asombrada y dije,/no lo
hice,/no lo hice yo,ni nadie:/en ese nadie soy
un sirviente inservible,/como un molusco roto
por los dientes del mar".
Una vez metidos muy adentro, Gilberto, don
Julio y Ray, los lancheros, y yo, nos topamos
con un mar de un azul impresionante, un color
que yo jamás había visto, calmador
y hechizante. Mientras mi amigo se dejó
tragar por sus aguas para explorarlo en el
fondo, yo no podía estar más feliz
con mi encuentro que me hizo sentir, solo por un
momento, que el mar estaba faltándole a
la luna conmigo, que comenzaba el verdadero
flirteo entre él y yo. "No hice la sal
dispersa/ni el viento coronado por la racha que
rompe la blancura no,/no hice la luz del agua ni
el beso que estremece la nave con sus labios de
batalla,/ni las demoliciones de arena,/ni el
movimiento que envolvió en silencio/a la
ballena y sus procreaciones". Y nuestro viaje
duró todo un día, un día
que al final pareció poco. Y hubo un
momento en que nos "estacionamos" en un punto
equis y mis amigos lanzaron sus anzuelos al mar,
en busca de los dorados peces. Los peces picaron
una, dos, hasta ocho veces, y era sorprendente
verlos subir a la lancha y dominarlos. La verdad
es que nunca me ha gustado el sol, pero ese
día lo disfruté mucho aunque al
final terminara con mi espalda convertida en un
trozo de tomate vivo. A esa distancia se respira
otro aire.
Y debo confesar que me sentí como
niña recibiendo los consejos de su padre,
ante la sabiduría de don Julio y el resto
de mis amigos con respecto al mar. Al final de
nuestra hermosa travesía llegué a
la conclusión de que era mi primer
verdadero encuentro con él. Y no puedo
sino pensar que el gran Neruda debió
vivir algo similar, porque no hay otra forma de
escribir tantas bellezas sobre el mar a menos
que se le conozca de esa manera tan
íntima. Ya no me importaría no
volver a él de esa forma, porque creo que
ahora se ha quedado atrapado en mí como
queda el recuerdo de un gran amor. Gracias
Gilberto.
janet@elsalvador.com