Viernes 6 de octubre

























Refugio contra los vicios

Hace seis años, el Ministerio de Restauración Judá instaló en Acajutla, Sonsonate, un centro de Rehabilitación para alcohólicos y drogadictos, donde muchos jóvenes han encontrado fortaleza y consuelo a través de la palabra de Dios.

José Osmín Monge
El Diario de Hoy
FOTOS EDH/Maritza Santos

Alfonso Aguilera no le envidiaba nada a nadie. Tenía una familia, una casa, estudios y trabajo; pero por culpa del alcohol y de las drogas lo perdió todo.

Nació en Sonsonate en el seno de una familia de clase media, quien le dio amor y las comodidades necesarias.

Estudió en la Escuela Nacional de Agricultura y posteriormente en una universidad capitalina, donde recibió el título de ingeniero agrónomo. Mientras estudiaba se desempeñó como ejecutivo de créditos en una institución bancaria, donde tenía buen salario.

Alfonso tenía abundancia de dinero, pero escasez de responsabilidades, fue por ello que comenzó a despilfarrar sus ganancias en licor y en drogas.

Sin sentirlo se halló atrapado en un callejón sin salida. Probó de todo, desde marihuana y cocaína hasta la llamada "piedra" ("crack").

Su ambición era tal que renunció a su trabajo e instaló su propio negocio, pero por sus vicios se fue a la ruina. Perdió lo que había ganado con sus esfuerzos y lo que sus padres le habían dado.

Despreciado por todos

Su apariencia física fue decayendo; su familia ya no lo aceptaba y sus amigos le dieron la espalda. La calle se convirtió en su casa, la que compartía con drogadictos y borrachos. Ahí aprendió a ultrajar y a robar para saciar sus bajos deseos. Más de alguna vez tuvo que hurgar entre la basura para encontrar comida o pedir dinero a los transeúntes.

De victimario pasó a ser víctima, ya que hasta sus mismos "compañeros" de cantina lo comenzaron a despreciar y a maltratar.

Un día de tantos, cansado de tanta humillación y en medio de la desesperación, decidió cambiar su vida y buscar refugio en el Centro de Rehabilitación para Alcohólicos y Drogadictos del Ministerio de Restauración Judá, en Acajutla.

Alfonso es uno de los 62 internos que recibe ayuda a través de la Santa Palabra. "Tengo fe en Dios que voy a salir adelante. Él me tiene preparado un mejor destino. Quisiera volver con mi familia, pero ha perdido la confianza en mí", expresa Alfonso, de 31 años.

Producto de una visión

El centro de rehabilitación donde vive Aguilera es la respuesta a un llamado divino que experimentó doña Bertha Alicia Aguilar de Orellana, esposa del director y pastor del albergue.

"Un día mi esposa recibió una visión donde Dios le dijo que un terreno abandonado que se hallaba contiguo a nuestra casa se convertiría en un hogar para borrachos y alcohólicos", expresa el director Herbert Orellana Osorio.

Para hacer cumplir la petición celestial, la pareja de esposos comenzó a hacer las gestiones para adquirir el terreno, que fue comprado después de muchos esfuerzo.

En el solar se comenzó a erigir -con la ayuda del ministerio cristiano y de gente altruista- la morada que albergaría a jóvenes, adultos y ancianos con problemas de adicción.

Desde su fundación se ha brindado atención a unas 80 personas, en su mayoría jóvenes, quienes además de techo y alimentación encuentran una mano amiga que les brinda apoyo.

La rehabilitación que se ofrece está fundamentada en la palabra de Dios. A los internos se le inculcan mensajes de motivación y se imparten prédicas; para ello se cuenta con un amplio salón que es utilizado como iglesia. En el centro nadie es más que otro, todos son hermanos. La mayoría de los atentidos llega por su voluntad.

"Es el enemigo el que se encarga de hacerle daño a estas personas. En este centro estamos haciendo todo lo posible por derrotar los vicios. Es Dios quien se encarga de desintoxicar", comenta el señor Orellana.

Condiciones deplorables

Pero en el hogar no todo es color de rosa. Las necesidades están a la orden del día y al parecer la miseria es aún compañera de los rehabilitados, quienes viven en condiciones de hacinamiento. Las habitaciones y los corredores están deteriorados y malolientes, producto de la humedad.

Algunos internos deben conformarse con pasar las noches en pequeños camastros dentro de la habitaciones, otros en los corredores del albergue y otros más duermen en un autobús que ha sido transformado en dormitorio.

Para mitigar el hambre acuden al mercado central de Sonsonate, al de Santa Tecla o a La Tiendona, en San Salvador, para pedir víveres y verduras.

Dentro del lugar también funciona una panadería, atendida por uno de los internos. Parte de las ganancias son destinadas para el mantenimiento de la obra.

"Aquí las necesidades son muchas. Nos hacen falta ropa, zapatos y alimentos", expresa el pastor Orellana.

Pese a las necesidades, los ex-drogadictos y ex-alcohólicos se sienten bien y prefieren estar bajo un techo y en la pobreza que deambular o dormir a la intemperie. Están conscientes de que basta tener a Jesucristo en sus corazones para ser felices.


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