Miércoles 8 de noviembre


Tomando la palabra
Razones serias para ser optimistas y sentirnos orgullosos
Joaquín Villalobos*

Oxford, Inglaterra. En general hay en nuestro país un peso relativamente importante de posiciones pesimistas. Esto puede estar motivado por una población que quiere mejorar rápido. Ser exigentes es una virtud. Pero también el pesimismo puede provenir de querer entender a un nuevo país con viejas ideas. Ser siempre fiel a las mismas ideas es un defecto y no una virtud.

Considerando que una sociedad sin problemas es solamente un sueño, se puede evaluar un país analizando si es capaz de cambiar viejas dificultades, por retos de futuro. El progreso se puede medir por la calidad y cantidad de los problemas y comparando estos temas con sociedades similares. No se puede evaluar sólo con los deseos y visiones de corto plazo. Hay que ver hacia atrás, hacia adelante y hacia nuestro entorno. Hace cuarenta años se pensaba que nuestro país tenía demasiada población y poca tierra, esa realidad nos presagió siempre un futuro difícil y nos trajo dos guerras, una con Honduras, en 1969, y otra civil, en los 80.

Nuestro marco comparativo es el tercer mundo, Latinoamérica y Centroamérica; nuestro pasado, la guerra, el autoritarismo y el café, y nuestro reto, ubicarnos en un mundo globalizado. Considerando la superpoblación de Asia y el gran atraso de Africa, América Latina es, sin duda, la región del tercer mundo con mayores posibilidades de desarrollo, al contar con mejor equilibrio entre riquezas naturales, población, educación, homogeneidad cultural y democracia.

La paz de los 90 cambió la vieja agenda política de Centroamérica y ha vuelto casi inevitable la integración económica a partir de la creciente creación de empresas de capital centroamericano, ese proceso terminará derribando las fronteras. La migración de nicaragüenses a Costa Rica dejó sin base la resistencia costarricense a la integración. Sin ser la panacea, el proceso democrático centroamericano es más estable y promisorio que el de la región andina.

Dentro de ese entorno El Salvador tiene sus propias ventajas y éstas son producto de los cambios que provocó la guerra y, sobre todo, de la forma en que se hizo la paz. Los que emigraron, modernizaron nuestra economía y abrieron una oportunidad de progreso. Los que combatieron, al impedir la victoria de su contrario convirtieron la tolerancia y la democracia en la única salida. Parece fácil, pero otros todavía se están matando a pesar de que la violencia política ha dejado de ser un instrumento de cambio y se ha convertido en una real pérdida de tiempo, debido a la velocidad de transformación actual del mundo.

Después de Costa Rica, El Salvador es la nación centroamericana con más institucionalidad democrática. El balance de fuerzas políticas, la independencia de poderes, las reformas a la justicia, la libertad de expresión, el respeto a los derechos humanos y la neutralidad de la policía y el Ejército, han creado a una sociedad difícil de gobernar, pero esa dificultad surge de la complejidad del aprendizaje democrático y no del atraso. El Salvador ha alcanzado niveles de fiscalización sobre las instituciones y los funcionarios bastante más altos que muchas naciones latinoamericanas. Las dificultades de la Fiscalía General y la Policía en la aplicación de justicia son, en realidad, progresos en la difícil lucha por hacer valer las leyes, porque se ha escogido el camino institucional para combatir la inseguridad.

Fujimori, en Perú, pasó por encima de la ley y aparentemente resolvió la inseguridad y acabó con la corrupción, pero ahora Perú está de nuevo donde comenzó. Cuántos de la derecha admiraron a Fujimori, como ahora otros en la izquierda admiran a Chávez, de Venezuela. Son preferibles varios fracasos en el camino institucional, que una gran victoria en el camino autoritario. La institucionalidad en El Salvador avanza en un mar de problemas, pero cada logro es un paso sin retorno. La izquierda y la derecha comparten espacios de poder y, aunque con mucha lentitud, van aprendiendo a construir consensos.

La guerra civil reorientó nuestros flujos migratorios de Honduras a los Estados Unidos. Dos millones de salvadoreños se han convertido en un sólido puente con la economía más poderosa del mundo, transformando económica y culturalmente nuestro país. Los miles de empleos que generarán las maquilas en virtud de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, consolidarán la industrialización del país y reducirán la migración hacia el norte. Esto hará posible lograr la legalización de todos o casi todos nuestros compatriotas. La libre movilidad de la comunidad residente en los Estados Unidos tendrá un impacto demoledoramente positivo para El Salvador.

Nuestra población se ha concentrado en varias ciudades y en los corredores industriales que unen a éstas. Tal como lo señaló el Dr. David Browning, El Salvador será la primera gran sociedad urbana de Centroamérica y la más importante desde el Distrito Federal, en México, hasta Bogotá y Caracas. La urbanización trae nuevos problemas, pero resuelve otros. Los flujos migratorios internos campo-ciudad y el crecimiento demográfico tenderán a bajar. Esto nos permitirá educar y dar cultura cívica a una población que tiene disciplina de trabajo. El Salvador es ahora un país compacto, con facilidad de comunicación vial y electrónica, población productiva y buena infraestructura que, sin mucho costo, se puede mejorar todavía más. Al terminarse Cutuco, tendremos dos grandes puertos marítimos y el cuarto aeropuerto más grande de América Latina.

Ni Guatemala ni Honduras ni Nicaragua tienen el avance institucional, modernización económica, eficiencia en el sistema financiero, clase media, infraestructura, urbanización y perspectiva de inserción en la globalización que tiene El Salvador. Tenemos la posibilidad real de asumir el liderazgo de Centroamérica. Nuestros avances actuales nacieron de ser pobres en recursos naturales y ricos en recursos humanos, hicimos de nuestras debilidades, fortalezas. Es muy difícil sacar al país del rumbo que lleva aunque cambiara el gobierno. Dificultades tenemos, pedir sacrificios es duro, pero no es pecado, en Cuba le llamaron período especial y en la Nicaragua sandinista, compactación.

Uno de nuestros grandes problemas es que tenemos una derecha materialista que sólo piensa en hacer dinero y una izquierda emocional que vive de los conflictos. Necesitamos que la derecha atienda un poco más el alma y que la izquierda entienda un poco más el cuerpo. Cambio cultural y modernización económica deben ir juntos. Esto ayudaría a que la ciudadanía acepte mejor las indiscutibles dificultades actuales, vea que el país va en el rumbo correcto y comprenda que hay razones serias para ser optimistas y sentirnos orgullosos de ser salvadoreños.


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