- Tomando
la palabra
- Razones serias para
ser optimistas y sentirnos
orgullosos
- Joaquín
Villalobos*
Oxford,
Inglaterra. En general hay en nuestro
país un peso relativamente importante de
posiciones pesimistas. Esto puede estar motivado
por una población que quiere mejorar
rápido. Ser exigentes es una virtud. Pero
también el pesimismo puede provenir de
querer entender a un nuevo país con
viejas ideas. Ser siempre fiel a las mismas
ideas es un defecto y no una virtud.
Considerando que una sociedad sin problemas
es solamente un sueño, se puede evaluar
un país analizando si es capaz de cambiar
viejas dificultades, por retos de futuro. El
progreso se puede medir por la calidad y
cantidad de los problemas y comparando estos
temas con sociedades similares. No se puede
evaluar sólo con los deseos y visiones de
corto plazo. Hay que ver hacia atrás,
hacia adelante y hacia nuestro entorno. Hace
cuarenta años se pensaba que nuestro
país tenía demasiada
población y poca tierra, esa realidad nos
presagió siempre un futuro difícil
y nos trajo dos guerras, una con Honduras, en
1969, y otra civil, en los 80.
Nuestro marco comparativo es el tercer mundo,
Latinoamérica y Centroamérica;
nuestro pasado, la guerra, el autoritarismo y el
café, y nuestro reto, ubicarnos en un
mundo globalizado. Considerando la
superpoblación de Asia y el gran atraso
de Africa, América Latina es, sin duda,
la región del tercer mundo con mayores
posibilidades de desarrollo, al contar con mejor
equilibrio entre riquezas naturales,
población, educación, homogeneidad
cultural y democracia.
La paz de los 90 cambió la vieja
agenda política de Centroamérica y
ha vuelto casi inevitable la integración
económica a partir de la creciente
creación de empresas de capital
centroamericano, ese proceso terminará
derribando las fronteras. La migración de
nicaragüenses a Costa Rica dejó sin
base la resistencia costarricense a la
integración. Sin ser la panacea, el
proceso democrático centroamericano es
más estable y promisorio que el de la
región andina.
Dentro de ese entorno El Salvador tiene sus
propias ventajas y éstas son producto de
los cambios que provocó la guerra y,
sobre todo, de la forma en que se hizo la paz.
Los que emigraron, modernizaron nuestra
economía y abrieron una oportunidad de
progreso. Los que combatieron, al impedir la
victoria de su contrario convirtieron la
tolerancia y la democracia en la única
salida. Parece fácil, pero otros
todavía se están matando a pesar
de que la violencia política ha dejado de
ser un instrumento de cambio y se ha convertido
en una real pérdida de tiempo, debido a
la velocidad de transformación actual del
mundo.
Después de Costa Rica, El Salvador es
la nación centroamericana con más
institucionalidad democrática. El balance
de fuerzas políticas, la independencia de
poderes, las reformas a la justicia, la libertad
de expresión, el respeto a los derechos
humanos y la neutralidad de la policía y
el Ejército, han creado a una sociedad
difícil de gobernar, pero esa dificultad
surge de la complejidad del aprendizaje
democrático y no del atraso. El Salvador
ha alcanzado niveles de fiscalización
sobre las instituciones y los funcionarios
bastante más altos que muchas naciones
latinoamericanas. Las dificultades de la
Fiscalía General y la Policía en
la aplicación de justicia son, en
realidad, progresos en la difícil lucha
por hacer valer las leyes, porque se ha escogido
el camino institucional para combatir la
inseguridad.
Fujimori, en Perú, pasó por
encima de la ley y aparentemente resolvió
la inseguridad y acabó con la
corrupción, pero ahora Perú
está de nuevo donde comenzó.
Cuántos de la derecha admiraron a
Fujimori, como ahora otros en la izquierda
admiran a Chávez, de Venezuela. Son
preferibles varios fracasos en el camino
institucional, que una gran victoria en el
camino autoritario. La institucionalidad en El
Salvador avanza en un mar de problemas, pero
cada logro es un paso sin retorno. La izquierda
y la derecha comparten espacios de poder y,
aunque con mucha lentitud, van aprendiendo a
construir consensos.
La guerra civil reorientó nuestros
flujos migratorios de Honduras a los Estados
Unidos. Dos millones de salvadoreños se
han convertido en un sólido puente con la
economía más poderosa del mundo,
transformando económica y culturalmente
nuestro país. Los miles de empleos que
generarán las maquilas en virtud de la
Iniciativa de la Cuenca del Caribe,
consolidarán la industrialización
del país y reducirán la
migración hacia el norte. Esto
hará posible lograr la
legalización de todos o casi todos
nuestros compatriotas. La libre movilidad de la
comunidad residente en los Estados Unidos
tendrá un impacto demoledoramente
positivo para El Salvador.
Nuestra población se ha concentrado en
varias ciudades y en los corredores industriales
que unen a éstas. Tal como lo
señaló el Dr. David Browning, El
Salvador será la primera gran sociedad
urbana de Centroamérica y la más
importante desde el Distrito Federal, en
México, hasta Bogotá y Caracas. La
urbanización trae nuevos problemas, pero
resuelve otros. Los flujos migratorios internos
campo-ciudad y el crecimiento demográfico
tenderán a bajar. Esto nos
permitirá educar y dar cultura
cívica a una población que tiene
disciplina de trabajo. El Salvador es ahora un
país compacto, con facilidad de
comunicación vial y electrónica,
población productiva y buena
infraestructura que, sin mucho costo, se puede
mejorar todavía más. Al terminarse
Cutuco, tendremos dos grandes puertos
marítimos y el cuarto aeropuerto
más grande de América Latina.
Ni Guatemala ni Honduras ni Nicaragua tienen
el avance institucional, modernización
económica, eficiencia en el sistema
financiero, clase media, infraestructura,
urbanización y perspectiva de
inserción en la globalización que
tiene El Salvador. Tenemos la posibilidad real
de asumir el liderazgo de Centroamérica.
Nuestros avances actuales nacieron de ser pobres
en recursos naturales y ricos en recursos
humanos, hicimos de nuestras debilidades,
fortalezas. Es muy difícil sacar al
país del rumbo que lleva aunque cambiara
el gobierno. Dificultades tenemos, pedir
sacrificios es duro, pero no es pecado, en Cuba
le llamaron período especial y en la
Nicaragua sandinista, compactación.
Uno de nuestros grandes problemas es que
tenemos una derecha materialista que sólo
piensa en hacer dinero y una izquierda emocional
que vive de los conflictos. Necesitamos que la
derecha atienda un poco más el alma y que
la izquierda entienda un poco más el
cuerpo. Cambio cultural y modernización
económica deben ir juntos. Esto
ayudaría a que la ciudadanía
acepte mejor las indiscutibles dificultades
actuales, vea que el país va en el rumbo
correcto y comprenda que hay razones serias para
ser optimistas y sentirnos orgullosos de ser
salvadoreños.