- Tema del
momento
- Patrulleros y
diputados
- Beatrice
Alamanni de Carrillo
- beatricealamanni@sv.cciglobal.net
Hace algunos días, entre
desórdenes callejeros y marchas, se
desarrolló una nueva protesta de los ex
patrulleros, conjuntamente con elementos
pertenecientes a otras entidades.
Estas protestas tienen, en parte, su origen y
razón de ser en el descontento
generalizado, en cuanto a la actual
situación económica del
país pero, en especial, los ex
patrulleros sustentan reivindicaciones antiguas,
que remontan al inicio de la postguerra, desde
cuando los mismos comenzaron a manifestar su
inconformidad por el trato recibido del Estado,
no obstante sus "servicios" prestados en la
década del conflicto.
Posiblemente haya sido un error
político-militar "usar" civiles para
acciones paramilitares durante la guerra.
Aunque, tal vez, esta medida resultase
"útil" para la Fuerza Armada en su
momento. Pero era de esperarse que,
posteriormente, se volviera álgida la
problemática de dichos patrulleros, en el
caso de no ser atendidas sus peticiones o de
verse frustradas sus expectativas.
Por otro lado, las demandas de este sector
fueron manejadas en forma desganada o tal vez
imprudente por los gobiernos de turno,
fomentando en cierta medida vanas esperanzas, y
aparentando avalar compromisos, valederos o no,
que sucesivamente se negaron. Este alternarse de
situaciones favoreció el enardecimiento
de las pretensiones abortadas y propició
la violencia de los métodos para
conseguirlas.
Con distintos matices, llegando al final de
octubre de 2000, reaparecieron nuevos atisbos de
protestas, que fueron apoyadas por Orlando
Arévalo, agricultor ex afiliado a la
Democracia Cristiana, actualmente arenero y
diputado por el mismo partido. Con su
acompañamiento se dio la última
marcha de los ex patrulleros que
desembocó en la "toma" del Centro de
Gobierno, causando dificultades a los empleados
públicos, que no lograron dejar su puesto
de trabajo, por impedirlo la turba reunida y
belicosa.
La PNC, después de horas de
discusiones, con prudencia y tino, evitó
males mayores, optando por retirarse del
área. Quedó, al final, la imagen
de un grupo patético de "extraños
patrulleros", constituido por ancianos, mujeres
y niños, desubicados y sin rumbo, que no
hallaban la forma de retornar a sus lugares de
origen, y sin el apoyo de la Procuraduría
para la Defensa de los Derechos Humanos ni para
la negociación necesaria en momentos tan
álgidos ni para el transporte de tanta
gente, más despavorida que peligrosa,
más engañada que amenazante.
Por cierto, un ex patrullero falleció
por el ayuno y la fatiga, en las horas de esta
tan inútil vigilia. Seguramente, estas
pobres personas se vieron más
instrumentalizadas que "guiadas a la victoria",
y esta triste realidad añade desaliento
al bochornoso incidente.
Pero las razones y las reivindicaciones de
los ex patrulleros y de sus familias constituyen
un tema demasiado extenso para estas
líneas; sin embargo, vale decir que
representan un hecho de "mala conciencia" para
los que hicieron la guerra y la paz, y, tal vez,
no quieran ahora "pagar servicios recibidos" en
momentos extraordinarios, o reconocer
compromisos adquiridos más allá de
la prudencia y de la conveniencia
política.
Vale la sugerencia para los órganos
Ejecutivo y Legislativo, para que enfrenten
dicha problemática de una vez por todas,
con la intención sincera de resolver este
asunto, con el fin no sólo de "favorecer"
a los ex patrulleros, sino, sobre todo, para el
bien común y la paz social, tan preciados
por toda la ciudadanía.
Pero cabe resaltar, en esta circunstancia, la
grave actuación del diputado
Arévalo, que, olvidando ser representante
de todo el pueblo y "guardián" (en
teoría) de los principios
constitucionales, tal como le
correspondería por pertenecer al Organo
Legislativo, encabezó un movimiento
particular y reivindicativo, que, por el
enardecimiento de los ánimos,
desembocó en violaciones de los derechos
de los demás, conformando ilícitos
de tipo penal.
Este comportamiento es reprochable y, aunque
fuera causado "solamente" por ligereza o por el
desconocimiento de lo que significa ser
diputado, sería, de todos modos,
injustificable, en un Estado democrático
que (teóricamente) intenta constituirse
en un Estado de Derecho.
Si se comentó, con ironía y
críticas, el reciente "desliz dominguero"
de otro diputado, que puede ser objeto de serias
consecuencias personales, cuanto más
grave se debe considerarse el actuar del
señor Arévalo, con relación
a los desórdenes de los ex
patrulleros.
Si un "Padre de la Patria" tiene
vocación de líder y de caudillo,
esto puede ser loable y, en determinadas
circunstancias, puede ser también
valiente y socialmente válido, pero
sólo si él mismo, previamente, se
despoja de sus privilegios de legislador, y
torna a ser simple ciudadano, entregado a la
política, siempre con la salvedad de no
afectar, obviamente, alguna norma del
Código Penal.
Pero, un miembro de la Asamblea Legislativa
no puede escudarse tras su cargo oficial para
lucir su liderazgo, influenciando las voluntades
de muchas personas sencillas y provocando en
éstas, expectativas inútiles, que
no desembocan en la resolución de sus
problemas. Tampoco puede ser aceptable que, en
nombre de las reivindicaciones, aunque
justificadas, de un sector particular, se
fomenten atropellos, cometidos en contra de
ciudadanos y ciudadanas indefensos y totalmente
ajenos al problema. Ya no son tiempos estos para
tales métodos, sobre todo, involucrando
grupos sociales muy pobres y necesitados, que
son presas fáciles de la demagogia y que
terminan por perder siempre.
Por lo tanto, en cuanto a Arévalo,
ahora le toca a la Asamblea Legislativa tomar
las medidas pertinentes, con rigor y
determinación. Esperamos que
después de éste, no proliferen
otros caudillismos similares, que irrespeten la
institucionalidad del Estado, y las "reglas del
juego" democrático, que nuestro sufrido
país está intentando mantener de
pie.