Lunes 6 de noviembre 2000


¿Y bien?

- ¿Y bien qué?

Tú sabes ¿Cómo fue tu día?

Por Enrique Contreras

- Tú sabes.

Pero quiero oírlo de tu voz, para ver si eres consecuente.

- No lo soy. Mi voz miente, me esconde bajo su textura, es una sombra sonora y sus artilugios alejan mis verdades.

Lo sé. Sólo tentaba.

- ¿Qué te parece si mejor escuchas las voces de mi silencio mientras duermo?

No. De hecho, sueño lo que ellas. Retumban en mí todo el tiempo. Para ti, son voces sordas, voces estomacales a lo sumo; pero, para mí, aquí, en ti, es como ser el huésped de una mansión vacía donde vagan ecos desconsolados que rebotan sin parar.

- Lo sé. Sólo tentaba.

¿Acaso las oyes?

- Siento el latir de esa pandilla de memorias bulliciosas.

Deberías callar a tu silencio, mira que tengo la piel triste y marchita por el desvelo, ya casi pierde el tacto.

- Es imposible.

Es posible, entonces, que muramos antes a falta de descanso.

- Es posible.

Ojalá volvieras a tener siete, ¿Te recuerdas? Tus voces eran alegres y no asustaban.

- Eran las voces de mis deseos de pequeño. Si no me equivoco, hasta te-

nían color.

Aunque las voces de ahora también tienen su ventaja.

- ¿Cómo cuál?

Me encanta su realismo, su capacidad de recrear el cuerpo de lo perdido.

- ¿Ahora entiendes por qué me invade esa jauría de voces escondidas?

Y con ellas me doy cuenta de que no eres ni consecuente de conciencia y que...hmm...¿Qué es eso que viene a la velocidad de un suspenso?

- ¿El qué?

Esa ansia que va hacia tu mano. ¿Acaso planeas escribir también esto?

- Sí. Pensarán que estoy

demente.

Todos lo están. Todos platican como tú lo haces conmigo.

- Pero volviendo a lo de mi día, ¿La viste?

No ha cambiado y su olor es el mismo que llena al pulmón de tu memoria y además ¡Sus voces te llamaban!

- ¿Acaso deletreaban el menú de mis caricias?

Vi cómo sus hormonas transpiraron al mirarte y te mandé una descarga de rubor. Fue cuando reíste y cuando ella también rió.

- Ahh, fue ese el escalofrío.

Sí. Es que su cuerpo me sopló que ella extraña tus manos, y yo le dije que yo, digo, que tú extrañas sus ojos cerrados y su eterna piel de doce años.

- ¿Quiere decir que sus voces me recrean como la silueta con la que se roza en la distancia?

Eso parece.

- ¿Qué hora es?

Amanece.


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