Lunes 6 de noviembre 2000


Tema para comentar

Juegos, deportes, azar

Luis Fernández Cuervo*

Cuando se iban esfumando las emociones y recuerdos de las últimas olimpiadas, cayó en mis manos el libro "Homo Ludens" (El hombre que juega), del historiador holandés Johan Huizinga, donde con aguda lucidez se trata de desentrañar lo que el juego, en sus diversas formas, tiempos y lugares, ha significado en la cultura humana.

Por otra parte, también había leído la extensa publicidad con que los casinos nacionales trataban de defender, en un diario matutino, sus intereses, bajo la autoridad de citas -un tanto traídas por los pelos- de clásicos del liberalismo económico como John Stuart Mill o Ludwig von Mises.

Ambas cosas me han puesto a pensar sobre ese fenómeno tan interesante, dentro de las actividades y la cultura de los humanos. Es evidente que hoy, para muchos de nuestros contemporáneos, en vez de homo sapiens (hombre que sabe), les cae mejor la definición de homo faber, hombre que hace, que trabaja, pero que piensa y sabe pocas cosas. También es verdad que nadie, ni "sapiens" ni "faber", puede escapar, hoy día, al poder creciente que tiene el juego sobre nuestras vidas. Todos entramos, de alguna forma, en la categoría de homo ludens. Todos somos jugadores. Lo importante es ver a qué jugamos y cómo lo hacemos. Ahí está el detalle, que diría ese estupendo jugador de la risa que fue Cantinflas.

Hay un tipo de juego muy elemental, que casi iguala a los cachorros de hombre con los cachorros de varios animales que también juegan. El juego es entonces, más que nada, un despliegue de energías acumuladas, derrochadas hasta el cansancio, con unas reglas simples y mínimas: se juega a correr, a saltar, a subir y bajar, etc., sin un fin determinado. Luego vendrá una variación muy significativa: ¿Quién gana? Se trata de perseguirse o de quitarse una pelota o una rama de árbol, o pelear sin hacerse daño, pero a ver quién vence. Surge la competencia y el triunfo: quién es más hábil, más rápido o más fuerte. Después aparecerán aquellos juegos, imposibles ya para los animales: los juegos que requieren inteligencia (acertijos, adivinanzas, puzzles, juegos de cartas, ajedrez, etc.) e irán saliendo, cada vez más diversificados y reglamentados, toda clase de juegos y deportes.

Huizinga señala algunos aspectos esenciales del juego. Jugar -dice- es algo opuesto a "lo serio", al trabajo, a la obligación. Es algo libre, alegre, gozoso, no obligatorio, vivido como fuera de la vida corriente, cosa de niños o "como de niños", que en los adultos es superfluo pero que se siente "como si "fuera real y muy importante, donde se hace "en serio" algo que no lo es y que puede absorber por completo a los jugadores sin que haya en ello ningún interés material ni se obtenga en ello provecho alguno, salvo haber logrado el triunfo, el éxito en lo propuesto, o simplemente el hecho mismo del placer de jugar.

Alguno, al leer esto, dirá que eso de "sin interés material o provecho alguno", no casa con los atletas ni con los deportistas actuales. Le contestaría que lo económico es algo sobreañadido. Lo esencial de las olimpiadas sigue siendo, para los atletas, ese "más", (más alto, más lejos, más fuerte, más rápido), el esfuerzo en la superación, el récord. Y para los juegos deportivos, tras la pugna, la victoria deseada y a veces tan inesperada.

La emoción y la alegría de los triunfadores en cualquier Olimpiada o campeonato, no reside en el valor monetario de las medallas. Su verdadero oro es el logro alcanzado.

En todo jugador de verdad, el juego es una pasión. Di Stefano, cuando ya era famoso y muy bien remunerado por el Real Madrid, jugaba a todo ritmo, batallando todo el tiempo, como si se jugara el puesto. Ronaldo, ya millonario, sueña con volver a poder jugar, a disfrutar del gozo y "la erótica[ de la jugada magistral que termina en gol. Y en todo partido de fútbol, el gol conseguido vuelve niños al que lo consiguió y a sus compañeros de equipo que se abrazan, ríen, bailan, se sacan la camiseta, etc. Pero tal vez lo más asombroso de la evolución y fuerza del juego en nuestros días es que los que mejor cumplen con esas características esenciales del jugar, en Sydney o en el Cuzcatlán, ¡Son los espectadores!. Ellos no ganan dinero sino que lo gastan para entrar; además se pintan, se disfrazan, agitan banderas, se alegran, se enfurecen y se divierten mucho más que los jugadores. En ellos, además, no existen obligaciones legales y laborales con su equipo; no tienen que entrenarse ni obedecer al entrenador, etc. En ellos no hay deber, ni trabajo, ni ganancia. Todo en ellos es puro juego en sus aspectos más esenciales. Sólo pura pasión lúdica.

Si seguimos analizando, veremos un factor, muy importante, que separa enormemente a los atletas de los integrantes de un equipo deportivo y a esos dos, de los extraños "jugadores" de la ruleta o las máquinas tragamonedas. En toda pasión y actividad lúdica -ya sea como jugador o como espectador- hay un cierto magnetismo, absorbente, fascinante, alienante. Hasta el final no se sabe qué va a pasar. En esa expectativa y suspenso, "la bebida" embriagante común es el azar.

Algo de azar, generalmente poco, hay en el triunfo del atleta. Mucho más suerte hay en la victoria de un equipo deportivo. En el jugador de casinos prima abrumadoramente el factor azar. No triunfa él, sino la suerte. Siguiendo la metáfora espirituosa, podemos decir que en los atletas el azar no pasa, en su poder embriagante, de un brindis con champagne; en los jugadores de un equipo campeón, equivale a un banquete bien regado de buen vino. En el triste caso del jugador de casinos se asemeja a una chupatina de guaro tumbativo. Aún habría que ver, aparte de otros interesantes aspectos de la sociología del juego, si la ludopatía del casinófilo lleva también su dosis de "metílico" fatal.

Pero creo que la cosa da para otro artículo donde entrar más a fondo sobre este interesante tema tan actual.

* Médico. Profesor Universitario


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