Tema
para comentar
Juegos, deportes,
azar
Luis
Fernández Cuervo*
Cuando se iban esfumando las emociones y
recuerdos de las últimas olimpiadas,
cayó en mis manos el libro "Homo Ludens"
(El hombre que juega), del historiador
holandés Johan Huizinga, donde con aguda
lucidez se trata de desentrañar lo que el
juego, en sus diversas formas, tiempos y
lugares, ha significado en la cultura
humana.
Por otra parte, también había
leído la extensa publicidad con que los
casinos nacionales trataban de defender, en un
diario matutino, sus intereses, bajo la
autoridad de citas -un tanto traídas por
los pelos- de clásicos del liberalismo
económico como John Stuart Mill o Ludwig
von Mises.
Ambas cosas me han puesto a pensar sobre ese
fenómeno tan interesante, dentro de las
actividades y la cultura de los humanos. Es
evidente que hoy, para muchos de nuestros
contemporáneos, en vez de homo sapiens
(hombre que sabe), les cae mejor la
definición de homo faber, hombre que
hace, que trabaja, pero que piensa y sabe pocas
cosas. También es verdad que nadie, ni
"sapiens" ni "faber", puede escapar, hoy
día, al poder creciente que tiene el
juego sobre nuestras vidas. Todos entramos, de
alguna forma, en la categoría de homo
ludens. Todos somos jugadores. Lo importante es
ver a qué jugamos y cómo lo
hacemos. Ahí está el detalle, que
diría ese estupendo jugador de la risa
que fue Cantinflas.
Hay un tipo de juego muy elemental, que casi
iguala a los cachorros de hombre con los
cachorros de varios animales que también
juegan. El juego es entonces, más que
nada, un despliegue de energías
acumuladas, derrochadas hasta el cansancio, con
unas reglas simples y mínimas: se juega a
correr, a saltar, a subir y bajar, etc., sin un
fin determinado. Luego vendrá una
variación muy significativa:
¿Quién gana? Se trata de perseguirse
o de quitarse una pelota o una rama de
árbol, o pelear sin hacerse daño,
pero a ver quién vence. Surge la
competencia y el triunfo: quién es
más hábil, más
rápido o más fuerte.
Después aparecerán aquellos
juegos, imposibles ya para los animales: los
juegos que requieren inteligencia (acertijos,
adivinanzas, puzzles, juegos de cartas, ajedrez,
etc.) e irán saliendo, cada vez
más diversificados y reglamentados, toda
clase de juegos y deportes.
Huizinga señala algunos aspectos
esenciales del juego. Jugar -dice- es algo
opuesto a "lo serio", al trabajo, a la
obligación. Es algo libre, alegre,
gozoso, no obligatorio, vivido como fuera de la
vida corriente, cosa de niños o "como de
niños", que en los adultos es superfluo
pero que se siente "como si "fuera real y muy
importante, donde se hace "en serio" algo que no
lo es y que puede absorber por completo a los
jugadores sin que haya en ello ningún
interés material ni se obtenga en ello
provecho alguno, salvo haber logrado el triunfo,
el éxito en lo propuesto, o simplemente
el hecho mismo del placer de jugar.
Alguno, al leer esto, dirá que eso de
"sin interés material o provecho alguno",
no casa con los atletas ni con los deportistas
actuales. Le contestaría que lo
económico es algo sobreañadido. Lo
esencial de las olimpiadas sigue siendo, para
los atletas, ese "más", (más alto,
más lejos, más fuerte, más
rápido), el esfuerzo en la
superación, el récord. Y para los
juegos deportivos, tras la pugna, la victoria
deseada y a veces tan inesperada.
La emoción y la alegría de los
triunfadores en cualquier Olimpiada o
campeonato, no reside en el valor monetario de
las medallas. Su verdadero oro es el logro
alcanzado.
En todo jugador de verdad, el juego es una
pasión. Di Stefano, cuando ya era famoso
y muy bien remunerado por el Real Madrid, jugaba
a todo ritmo, batallando todo el tiempo, como si
se jugara el puesto. Ronaldo, ya millonario,
sueña con volver a poder jugar, a
disfrutar del gozo y "la erótica[ de
la jugada magistral que termina en gol. Y en
todo partido de fútbol, el gol conseguido
vuelve niños al que lo consiguió y
a sus compañeros de equipo que se
abrazan, ríen, bailan, se sacan la
camiseta, etc. Pero tal vez lo más
asombroso de la evolución y fuerza del
juego en nuestros días es que los que
mejor cumplen con esas características
esenciales del jugar, en Sydney o en el
Cuzcatlán, ¡Son los espectadores!.
Ellos no ganan dinero sino que lo gastan para
entrar; además se pintan, se disfrazan,
agitan banderas, se alegran, se enfurecen y se
divierten mucho más que los jugadores. En
ellos, además, no existen obligaciones
legales y laborales con su equipo; no tienen que
entrenarse ni obedecer al entrenador, etc. En
ellos no hay deber, ni trabajo, ni ganancia.
Todo en ellos es puro juego en sus aspectos
más esenciales. Sólo pura
pasión lúdica.
Si seguimos analizando, veremos un factor,
muy importante, que separa enormemente a los
atletas de los integrantes de un equipo
deportivo y a esos dos, de los extraños
"jugadores" de la ruleta o las máquinas
tragamonedas. En toda pasión y actividad
lúdica -ya sea como jugador o como
espectador- hay un cierto magnetismo,
absorbente, fascinante, alienante. Hasta el
final no se sabe qué va a pasar. En esa
expectativa y suspenso, "la bebida" embriagante
común es el azar.
Algo de azar, generalmente poco, hay en el
triunfo del atleta. Mucho más suerte hay
en la victoria de un equipo deportivo. En el
jugador de casinos prima abrumadoramente el
factor azar. No triunfa él, sino la
suerte. Siguiendo la metáfora
espirituosa, podemos decir que en los atletas el
azar no pasa, en su poder embriagante, de un
brindis con champagne; en los jugadores de un
equipo campeón, equivale a un banquete
bien regado de buen vino. En el triste caso del
jugador de casinos se asemeja a una chupatina de
guaro tumbativo. Aún habría que
ver, aparte de otros interesantes aspectos de la
sociología del juego, si la
ludopatía del casinófilo lleva
también su dosis de "metílico"
fatal.
Pero creo que la cosa da para otro
artículo donde entrar más a fondo
sobre este interesante tema tan actual.
* Médico. Profesor
Universitario