- Tomando
la palabra
- El Salvador,
"país abierto".
- Beatrice
Alamanni de Carrillo*
beatricealamanni@sv.cciglobal.net
Después
de la Segunda Guerra Mundial, se dio una
película, considerada un clásico
de la cinematografía mundial, titulada
"Roma Città Aperta" (Roma, ciudad
abierta), que describe la vivencia
dramática de la capital de Italia,
vencida y conquistada por las potencias
ganadoras del conflicto y, por tanto, "ciudad
abierta".
Seguramente, y no en sentido peyorativo, sino
comparativo, El Salvador puede empezar a
llamarse "país abierto", porque las
acciones territoriales del Plan de Nación
y el proceso de dolarización, presentados
últimamente por el Presidente de la
República, "abren" nuestra Patria al
mundo, en todos los aspectos.
Si bien es cierto que esta "apertura" es
inevitable ante la mundialización, y si
bien es cierto que, ante el exceso de
población y el escaso desarrollo, que
afligen al país, se necesitan medidas
contundentes para acelerar dicho desarrollo, sin
embargo, puede inicialmente resultar impactante
la fórmula de esta "entrega total", de
parte de nuestro Pulgarcito de América,
somnoliento, en algunas zonas geográficas
y en ciertos aspectos sociales, pero peculiar
por su gente y su forma de vivir.
Sin duda, la redistribución
territorial propuesta, distinta de la
división histórica tradicional,
puede representar un importante estímulo
para la reactivación económica,
aunque su implementación podría,
en cierta medida, enfrentar dificultades
culturales y sociales.
A esta atrevida y fascinante nueva manera de
"ver a El Salvador", se ha añadido una
medida económica de impacto, como lo es
la dolarización, que se está
"echando a andar" con firmeza gubernamental y
con la anuencia, por lo menos aparente, de las
fuerzas políticas.
Siendo ajena a la economía, no me
atrevo a evaluar medidas monetarias, como la
decidida en esta circunstancia, pero me permito
expresar la inquietud que, tal vez, ésta
rebase los límites constitucionales de
las atribuciones del Ejecutivo (lo cual
merecería una cierta
atención).
De todos modos, si la dolarización
será provechosa para los
salvadoreños, tal como lo afirmó
el Presidente, que sea bienvenida, bajo el
supuesto de sus beneficios, confiando que la
evaluación del asunto está
sustentada por un análisis serio del
entorno nacional.
Cabe decir que, ciertamente, la
dolarización responde, sobre todo, a la
necesidad política de acoplarse a lo que
los "grandes" del sistema económico
mundial pueden haber sugerido o, tal vez,
requerido de nuestro país, con el fin de
lograr condiciones más confiables para
las transacciones financieras.
Pero, vale preguntarnos, cuán
contundente y eficaz podrá resultar este
modelo de modernización territorial y
económica, marcada en un contexto
centroamericano, heterogéneo y, en
ocasiones, conflictivo.
Si bien es cierto, que El Salvador goza de
una posición geográfica
estratégica, que le permitirá
sustituirse a Panamá, en un futuro, en
cuanto a movilización de productos, sin
embargo, podrían parecer un poco
inciertas las esperanzas de éxito si El
Salvador queda "comprimido" entre los problemas
limítrofes y las diferentes visiones de
país de las demás
repúblicas centroamericanas.
Ciertamente, si la entera región
hubiera llegado a consensuar un plan
común de desarrollo, sería
distinta la situación.
Pero, estamos muy lejos de esta utopía
y, ante las condiciones variadas y variables del
Istmo, ¡quién sabe, si nuestro
esfuerzo de apertura territorial y monetaria se
queden sólo un fenómeno, por
ahora, aislado y poco relevante!
Nadie puede asegurar, entonces, que esta
costosa modernización será
recompensada por un desarrollo realmente
sostenible y sostenido, que logre la
transformación del país y, al
mismo tiempo, lo convierta en sujeto de deudas
internacionales no sólo confiable, sino
más bien suficientemente fuerte, como
para no hipotecar demasiado el destino de las
generaciones venideras.
Por otro lado, para sustentar el proyecto, se
necesitará de la estabilidad
política interna, sin lo cual, el fracaso
del mismo sería tan grande, como el de un
edificio construido a medias y abandonado
posteriormente por sus edificadores.
Ojalá que dicha estabilidad exista,
como parecería vislumbrarse a
través de los comentarios de los
políticos. Sin embargo, queda por ver si
las intenciones de los partidos serán
avaladas, en realidad, por el entorno nacional,
en cuanto no siempre es necesariamente obvia la
adhesión de los ciudadanos a los
proyectos de los gobernantes.
Sería entonces recomendable no
comprometer al país, más
allá de lo que se pueda posteriormente
sustentar, sobre todo, tomando en cuenta que el
peso de dicho compromiso recaerá sobre la
sociedad civil (aunque dicha sociedad civil
parece haber participado en la
elaboración del Plan de
Nación).
Los diputados y el Gobierno no
deberían entonces, embarcarse en una
aventura más atrevida de lo que el pueblo
pueda enfrentar, sobre todo, recordando el bajo
número de votantes y el recelo y la
desconfianza de la opinión pública
hacia las actuaciones institucionales y de los
partidos.
El reto para el Presidente es ciertamente
histórico; en efecto, se ha dado inicio a
algo que tiene raíces más lejanas
y hondas, que las del terruño,
sumergiéndose entre los planes y los
proyectos de inversión de los "grandes
del mundo".
Si este "país abierto", después
de una guerra casera y en el marco de un atisbo
de democracia, logra sostener el reto del
desarrollo, cumpliendo con las obligaciones
internacionales y acoplándose a las
reglas del juego de las políticas
económicas mundiales, tal vez funcione el
Plan, siempre que el entorno centroamericano no
resulte un obstáculo o una limitante, y
siempre que la política nacional no asuma
rumbos imprevisibles e incontenibles.
Tal vez, el tiempo no juegue en contra de la
obra, porque parecería que la
situación nacional es apremiante y
¡quién sabe, si quede suficiente
espacio para contener la contingencia del
presente y trabajar, al mismo tiempo, para un
futuro tan lejano como puede serlo la
realización completa de obras, que
costarán miles de millones de
dólares!