Palabras
Ladrón de un poco de
amor
Carlos
Balaguer
Cierto día, Santos Casares Ríos
-de casi ochenta años- entró al
National Bank de Dallas, Texas, y
empuñando un arma se dirigió al
cajero pidiéndole el dinero que tuviera y
advirtiéndole que se trataba de un
asalto. Casares salió del banco con
veinte mil dólares en su bolsa, sin decir
una palabra más. Sonaron las alarmas. La
policía empezó a patrullar los
alrededores.
No hubo necesidad de buscar mucho. El anciano
ladrón estaba sentado tranquilamente en
un banco de la plaza, con el botín
intacto en las manos. Cuando lo interrogaron,
Santos Casares -calificado por el periodismo
internacional amarillista, como uno de los
más ancianos y audaces ladrones-
respondió:
&emdash;Asalté el banco para que me
encierren en la cárcel. Quiero morir
allí.
No tengo parientes, no tengo amigos. Estoy
solo, en la cárcel tendría
compañía.
Casares, en el fondo, no quería robar
dinero, sino robarle un poco a su soledad. Y
cómo se parece a muchos seres solitarios
que pueblan el mundo, que buscan la
prisión para compensar su soledad, para
sentirse entre otros, aunque sean otros
solitarios, porque el dolor une a veces
más que la felicidad.
La soledad del mundo actual lo lleva a sus
propios dolores, a su propia opresión. El
ser humano se siente solo y por eso llega hasta
su propio cautiverio. Esperando que tal vez
llegue ese huésped amor a su soledad.
Porque como escribe Ludwig Tieck, sintiendo
todavía el dolor no se está
solo...
Día a Día
Para que la silvicultura prospere en nuestro
país es necesario -como en todo lo que
concierne al agro- restablecer la seguridad
jurídica y la física. Nadie va a
invertir capital en la siembra de bosques, si se
expone a que más tarde le invadan sus
tierras o se presenten cuadrillas de taladores
furtivos. Por algo se afirma que la fertilidad
de los campos depende de la sabiduría de
las leyes y la honestidad de los jueces, no de
factores naturales.
El Salvador no puede resistir por mucho
tiempo el permanente saqueo de sus fincas y
haciendas