Lunes 20 de noviembre 2000


Con el mismo tema
El azar en el deporte
Luis Fernández Cuervo*

Señalaba yo, en un artículo anterior, la importancia que tienen los juegos en nuestra cultura y cómo dentro de la palabra común de JUEGO entran actividades muy variadas. Y es cierto que dentro de un actividad tan poco "necesaria", tan poco "seria", tan "superflua" como el jugar, entran actividades tan multiformes y aparentemente tan opuestas como elevar piscuchas, la gimnasia rítmica, correr los 100 metros planos, un partido de fútbol, un combate de boxeo, la halterofilia, el tiro con arco, una partida de cartas o de ajedrez.

No quiero discutir la tesis del historiador y pensador Huizinga sobre si la cultura crea el juego o es el juego el que crea la cultura. Pero pienso, en cambio, que EL AZAR, al que Huizinga da poca importancia, establece claras diferencias entre los distintos tipos de juego, al menos entre tres de las actividades lúdicas contemporáneas más frecuentes: las pruebas atléticas, los juegos deportivos por equipos y los que llevan el nombre genérico de "juegos de azar".

Veamos similitudes y diferencias entre ellos.

En el atletismo, en sentido amplio, pondría yo a todos aquellos deportes donde lo más importante no es la lucha con los otros sino consigo mismo, tratando de superar unos límites establecidos: el récord, ¡PLUS ULTRA! ¡Más allá!. Por eso me parece que el atletismo se conecta más bien con esa profunda y nobilísima tendencia del ser humano a la superación, a no decir basta en cualquier aspecto, ya sea el deportivo, el intelectual o el de la conquista del espacio. Como reza el viejo lema heráldico medieval: per áspera, ad astra (por lo difícil, hacia las estrellas). Aristóteles vio muy bien esto cuando decía que "el hombre es más que el hombre".

Pero, además, en este tipo de competencias, el tono infantil de gozo y cosa divertida, que debe tener todo verdadero juego, es más bien escaso. El esfuerzo suele ser penoso, supone entrenamientos duros, monótonos, trabajosos y, encima, el resultado suele ser poco sorpresivo, con un factor de azar mínimo. Esos resultados poco sorpresivos, donde casi siempre gana el que tenía el mejor récord, influyen en la actitud del público, que puede estar viendo a la vez varias pruebas (salto alto, salto largo, carrera de 800 metros, etc) y que muestra un interés muy variable. El gozo y la alegría por el triunfo es más fuerte en el atleta y su entrenador que en los espectadores, salvo cuando la competencia es internacional y surge la exaltación nacionalista, adjudicándose el triunfo de su compatriota.

Cosa muy distinta ocurre con los deportes de equipos en lucha. Aquí siempre hay un mayor porcentaje de azar, de suerte sorpresiva, inesperada. De este tipo de deportes quizá sea el fútbol el ejemplo más típico. El fútbol es un genuino juego. ¡Vaya si lo es! A pesar del profesionalismo con sus danzas de millones, sus serios trasiegos de negocios y publicidad, los enredos de sus burocracias federativas, etc., a pesar de todo eso y más, siempre habrá quienes lo jueguen por puro placer de jugarlo. Aquí los récords pasan a segundo plano. Aquí la emoción está en el elemento lucha, el factor agonista (del griego: "agón" , pelea, de donde se derivan no sólo la palabra "antagonista" sino también, "angustia" y "agonía") y sobre todo en esa cumbre del azar: en "su majestad" EL GOL. Porque resulta que la victoria no la da , aquí, necesariamente el mejor juego, sino los goles. Y contra lo que suelen escribir los críticos deportivos &emdash;siempre grandes estrategas después de conocer los resultados&emdash; en muchos de los goles el factor azar es el decisivo. Así, el tiro magnífico fue gol porque, en vez de pasar 5 cms. por fuera, como otros tiros magníficos, pasó 5 cms. por dentro de los palos. Y entonces surge el delirio. El autor del gol y sus compañeros de equipo muestran su júbilo con variada clase de niñerías. ¿Y la hinchada? ¿La mara victoriosa? ¡Ella supera a los jugadores! Son los que más disfrutan, los más niños, los que más juegan. Cualquiera que los contemplara siendo ajeno al asunto pensaría, como escribía aquel humorista europeo, haciéndose el ignorante ante un gol, que "un ejército vencedor había invadido el país, pues veía a muchos, llenos de fervor, agitar banderas, corear himnos abrazándose, dando saltos de alegría; mientras que en otros se veían tremendos gestos de amargura, llanto y desesperación".

El factor azar, el tono agonista, el resultado imprevisible y la siempre posible victoria del equipo inferior sobre el superior, dan al fútbol y a todo deporte por equipos en pugna, todas las características de verdaderos juegos. Y si, como insiste el sesudo Huizinga, "para jugar de verdad, el hombre, mientras juega, tiene que convertirse en niño", no cabe duda de que el fútbol es, a pesar de la FIFA, la FEDEFUT, el mercado de jugadores, los comentaristas-plomo y un largo etc., un asunto muy serio…porque es cosa de niños.

Y ahora me dirá, algún lector: "¿Bueno, y los juegos de azar, ¿qué pasa con ellos?".

Le contestaré que me disculpe y tenga paciencia porque, por su importancia conflictiva y debatida, y para tratarlo con la debida extensión y profundidad -si es que puedo- merecen un tercer artículo.

E-mail: Lfcuervo@ tutopia.com

*Médico y profesor universitario.


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