- Con el
mismo tema
- El azar en el deporte
- Luis
Fernández Cuervo*
Señalaba yo, en un artículo
anterior, la importancia que tienen los juegos
en nuestra cultura y cómo dentro de la
palabra común de JUEGO entran actividades
muy variadas. Y es cierto que dentro de un
actividad tan poco "necesaria", tan poco
"seria", tan "superflua" como el jugar, entran
actividades tan multiformes y aparentemente tan
opuestas como elevar piscuchas, la gimnasia
rítmica, correr los 100 metros planos, un
partido de fútbol, un combate de boxeo,
la halterofilia, el tiro con arco, una partida
de cartas o de ajedrez.
No quiero discutir la tesis del historiador y
pensador Huizinga sobre si la cultura crea el
juego o es el juego el que crea la cultura. Pero
pienso, en cambio, que EL AZAR, al que Huizinga
da poca importancia, establece claras
diferencias entre los distintos tipos de juego,
al menos entre tres de las actividades
lúdicas contemporáneas más
frecuentes: las pruebas atléticas, los
juegos deportivos por equipos y los que llevan
el nombre genérico de "juegos de
azar".
Veamos similitudes y diferencias entre
ellos.
En el atletismo, en sentido amplio,
pondría yo a todos aquellos deportes
donde lo más importante no es la lucha
con los otros sino consigo mismo, tratando de
superar unos límites establecidos: el
récord, ¡PLUS ULTRA!
¡Más allá!. Por eso me parece
que el atletismo se conecta más bien con
esa profunda y nobilísima tendencia del
ser humano a la superación, a no decir
basta en cualquier aspecto, ya sea el deportivo,
el intelectual o el de la conquista del espacio.
Como reza el viejo lema heráldico
medieval: per áspera, ad astra (por lo
difícil, hacia las estrellas).
Aristóteles vio muy bien esto cuando
decía que "el hombre es más que el
hombre".
Pero, además, en este tipo de
competencias, el tono infantil de gozo y cosa
divertida, que debe tener todo verdadero juego,
es más bien escaso. El esfuerzo suele ser
penoso, supone entrenamientos duros,
monótonos, trabajosos y, encima, el
resultado suele ser poco sorpresivo, con un
factor de azar mínimo. Esos resultados
poco sorpresivos, donde casi siempre gana el que
tenía el mejor récord, influyen en
la actitud del público, que puede estar
viendo a la vez varias pruebas (salto alto,
salto largo, carrera de 800 metros, etc) y que
muestra un interés muy variable. El gozo
y la alegría por el triunfo es más
fuerte en el atleta y su entrenador que en los
espectadores, salvo cuando la competencia es
internacional y surge la exaltación
nacionalista, adjudicándose el triunfo de
su compatriota.
Cosa muy distinta ocurre con los deportes de
equipos en lucha. Aquí siempre hay un
mayor porcentaje de azar, de suerte sorpresiva,
inesperada. De este tipo de deportes
quizá sea el fútbol el ejemplo
más típico. El fútbol es un
genuino juego. ¡Vaya si lo es! A pesar del
profesionalismo con sus danzas de millones, sus
serios trasiegos de negocios y publicidad, los
enredos de sus burocracias federativas, etc., a
pesar de todo eso y más, siempre
habrá quienes lo jueguen por puro placer
de jugarlo. Aquí los récords pasan
a segundo plano. Aquí la emoción
está en el elemento lucha, el factor
agonista (del griego: "agón" , pelea, de
donde se derivan no sólo la palabra
"antagonista" sino también, "angustia" y
"agonía") y sobre todo en esa cumbre del
azar: en "su majestad" EL GOL. Porque resulta
que la victoria no la da , aquí,
necesariamente el mejor juego, sino los goles. Y
contra lo que suelen escribir los
críticos deportivos &emdash;siempre
grandes estrategas después de conocer los
resultados&emdash; en muchos de los goles el
factor azar es el decisivo. Así, el tiro
magnífico fue gol porque, en vez de pasar
5 cms. por fuera, como otros tiros
magníficos, pasó 5 cms. por dentro
de los palos. Y entonces surge el delirio. El
autor del gol y sus compañeros de equipo
muestran su júbilo con variada clase de
niñerías. ¿Y la hinchada?
¿La mara victoriosa? ¡Ella supera a
los jugadores! Son los que más disfrutan,
los más niños, los que más
juegan. Cualquiera que los contemplara siendo
ajeno al asunto pensaría, como
escribía aquel humorista europeo,
haciéndose el ignorante ante un gol, que
"un ejército vencedor había
invadido el país, pues veía a
muchos, llenos de fervor, agitar banderas,
corear himnos abrazándose, dando saltos
de alegría; mientras que en otros se
veían tremendos gestos de amargura,
llanto y desesperación".
El factor azar, el tono agonista, el
resultado imprevisible y la siempre posible
victoria del equipo inferior sobre el superior,
dan al fútbol y a todo deporte por
equipos en pugna, todas las
características de verdaderos juegos. Y
si, como insiste el sesudo Huizinga, "para jugar
de verdad, el hombre, mientras juega, tiene que
convertirse en niño", no cabe duda de que
el fútbol es, a pesar de la FIFA, la
FEDEFUT, el mercado de jugadores, los
comentaristas-plomo y un largo etc., un asunto
muy serio
porque es cosa de
niños.
Y ahora me dirá, algún lector:
"¿Bueno, y los juegos de azar,
¿qué pasa con ellos?".
Le contestaré que me disculpe y tenga
paciencia porque, por su importancia conflictiva
y debatida, y para tratarlo con la debida
extensión y profundidad -si es que puedo-
merecen un tercer artículo.
E-mail: Lfcuervo@
tutopia.com
*Médico y profesor
universitario.