Domingo 19 de noviembre


De la vida real
Una lección permanente
Joaquín Cisneros

Aquella mañana de un verano que ya es historia, salimos con papá, de mi pequeño pueblo, rumbo a la ciudad de Zacatecoluca. El objeto de aquel viaje tenía como propósito esencial el conseguir, en aquella localidad, los útiles necesarios para el año escolar que estaba a punto de comenzar.

Era a la sazón el mes de enero y, de consiguiente, la campiña todavía tenía un sabor a la recién pasada Navidad, mezcla de cielo despejado, olor a molienda cercana y gotas de rocío en las hojas de los árboles, que a mí me parecían melancólicos, tal vez por la sequía del inhóspito verano.

Así era el escenario de aquella mañana, que ya sólo es un recuerdo lejano; época en que el humano empieza a descubrir que la vida de relación es un milagro; fenómeno que los psicólogos lo expresan en forma difícil, y los humanistas lo hacen en parábolas.

En briosos caballos cabalgábamos a lo largo de aquel camino polvoriento, que daba acceso a la cabecera del departamento de La Paz, ciudad que aquel tiempo era más sencilla, más provincial y menos comprometida con la civilización, porque es una cosa cierta, que hoy nadie ignora, que ya tiene sus pretensiones de gran ciudad.

Durante aquel largo recorrido, a ratos silencioso, de vez en cuando se encontraban nuestros rostros en aquel árido bregar, y ambos con la mirada intrigante estábamos de acuerdo en que la jornada era fatigosa; sin embargo, creo que mi padre jamás sospechó que aquel viaje, aparentemente duro, era para mí una ilusión que se convertía en realidad; de consiguiente, en lo personal no podía ocasionarme cansancio alguno, y además me sentía feliz el sólo hecho de pensar que ese mismo día ya iba a poder leer en mi nuevo libro de lectura, el lector moderno, cuyo autor era el Dr. Juan García Purón.

Al filo de las ocho de la mañana ya estábamos en la plaza pública de la mencionada ciudad, dispuestos a tomar el desayuno, para después ir de compras a la tienda librería del portal, que en aquella época estaba al rumbo norte, del ahora otro parque central.

Nos disponíamos presurosos a dejar aquel sencillo comedor provinciano, cuando llegó hasta nosotros un hombre joven, aparentemente sano y con un gesto de llevar todo el dolor y la desgracia a cuestas, y en plan suplicante, nos pidió un real para solucionar el problema que lo agobiaba.

De inmediato intervine en la escena, y disimuladamente le pedí a papá que abandonara la idea de ayudar a aquel hombre, que tenía tan buena apariencia y además juventud.

Mi padre me miró profundamente, y acto continuo revisó sus bolsillos y al no encontrar lo que buscaba, me pidió que le entregara una de las monedas de plata, que mi madre me había dado de sus ahorros, e inmediatamente la colocó en las manos de aquel hombre de Dios. Yo no pronuncié palabra alguna, porque en aquel entonces, la obediencia no era objeto de discusión, pero como mi padre advirtiera que yo no estaba de acuerdo en aquella actitud, me tomó el brazo y casi al oído, para que nadie escuchara, me dijo reflexivamente: Haz bien y no mires a quién.


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