- De la
vida real
- Una lección
permanente
- Joaquín
Cisneros
Aquella mañana de un verano que ya es
historia, salimos con papá, de mi
pequeño pueblo, rumbo a la ciudad de
Zacatecoluca. El objeto de aquel viaje
tenía como propósito esencial el
conseguir, en aquella localidad, los
útiles necesarios para el año
escolar que estaba a punto de comenzar.
Era a la sazón el mes de enero y, de
consiguiente, la campiña todavía
tenía un sabor a la recién pasada
Navidad, mezcla de cielo despejado, olor a
molienda cercana y gotas de rocío en las
hojas de los árboles, que a mí me
parecían melancólicos, tal vez por
la sequía del inhóspito
verano.
Así era el escenario de aquella
mañana, que ya sólo es un recuerdo
lejano; época en que el humano empieza a
descubrir que la vida de relación es un
milagro; fenómeno que los
psicólogos lo expresan en forma
difícil, y los humanistas lo hacen en
parábolas.
En briosos caballos cabalgábamos a lo
largo de aquel camino polvoriento, que daba
acceso a la cabecera del departamento de La Paz,
ciudad que aquel tiempo era más sencilla,
más provincial y menos comprometida con
la civilización, porque es una cosa
cierta, que hoy nadie ignora, que ya tiene sus
pretensiones de gran ciudad.
Durante aquel largo recorrido, a ratos
silencioso, de vez en cuando se encontraban
nuestros rostros en aquel árido bregar, y
ambos con la mirada intrigante estábamos
de acuerdo en que la jornada era fatigosa; sin
embargo, creo que mi padre jamás
sospechó que aquel viaje, aparentemente
duro, era para mí una ilusión que
se convertía en realidad; de
consiguiente, en lo personal no podía
ocasionarme cansancio alguno, y además me
sentía feliz el sólo hecho de
pensar que ese mismo día ya iba a poder
leer en mi nuevo libro de lectura, el lector
moderno, cuyo autor era el Dr. Juan
García Purón.
Al filo de las ocho de la mañana ya
estábamos en la plaza pública de
la mencionada ciudad, dispuestos a tomar el
desayuno, para después ir de compras a la
tienda librería del portal, que en
aquella época estaba al rumbo norte, del
ahora otro parque central.
Nos disponíamos presurosos a dejar
aquel sencillo comedor provinciano, cuando
llegó hasta nosotros un hombre joven,
aparentemente sano y con un gesto de llevar todo
el dolor y la desgracia a cuestas, y en plan
suplicante, nos pidió un real para
solucionar el problema que lo agobiaba.
De inmediato intervine en la escena, y
disimuladamente le pedí a papá que
abandonara la idea de ayudar a aquel hombre, que
tenía tan buena apariencia y
además juventud.
Mi padre me miró profundamente, y acto
continuo revisó sus bolsillos y al no
encontrar lo que buscaba, me pidió que le
entregara una de las monedas de plata, que mi
madre me había dado de sus ahorros, e
inmediatamente la colocó en las manos de
aquel hombre de Dios. Yo no pronuncié
palabra alguna, porque en aquel entonces, la
obediencia no era objeto de discusión,
pero como mi padre advirtiera que yo no estaba
de acuerdo en aquella actitud, me tomó el
brazo y casi al oído, para que nadie
escuchara, me dijo reflexivamente: Haz bien y no
mires a quién.