Domingo 19 de noviembre


Una mirada de fe
Eucaristía, misterio de amor
Oscar Rodríguez Blanco, s,d,b.
E-mail: osrobla@hotmail.com

Hace unos días, Juan Pablo II, dirigiéndose a un grupo de peregrinos que había venido a Roma para celebrar el jubileo, les decía que en el "corazón" del jubileo está Jesús eucarístico, fuente y cumbre de la evangelización. En la Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente nos había presentado el 2000 como un año intensamente eucarístico, ya que en este sacramento, Cristo encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente divina.

El pueblo católico de El Salvador se prepara con gran ilusión para celebrar el IV Congreso Eucarístico Nacional, del l9 al 26 de noviembre. El término "Congreso" no se debe entender como si fuera algo académico, se trata de una semana de celebraciones que acentúan sus conceptos en este gran misterio de Fe que es la presencia viva de Jesucristo bajo las apariencias de Pan y Vino y al que adoramos como Dios.

En El Salvador ya se habían celebrado otros tres congresos nacionales. El primero de ellos se realizó en l942 y conmemoraba el centenario de la erección de la primera Diócesis de San Salvador. El segundo se realizó en l964 y tenía como lema "La eucaristía y la familia para renovar la vida cristiana". El año de l992, proclamado por los obispos como un año de gracia y de misericordia, fue la ocasión propicia para celebrar el tercer congreso y agradecer a Dios el don de la paz que puso fin a los largos años de confrontación armada entre los salvadoreños.

El IV Congreso Eucarístico, con el lema "Jesucristo, pan de vida, camino para la comunión y la solidaridad", glorificará públicamente la presencia real de Jesucristo como Dios y como hombre vivo y glorificado en las especies eucarísticas y, al igual que el Congreso Eucarístico Internacional, será para todos nosotros una ocasión más que propicia para proclamar y celebrar que "en la eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo por su carne que da vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo" (P.O.5).

No podemos prescindir de este sacramento de Fe pues, la eucaristía es como el motor y centro de toda la vida cristiana. El Concilio Vaticano II nos dice que la eucaristía es fuente y cumbre de la vida cristiana, que la Iglesia vive y crece mediante este sacramento que nos une a Cristo y entre nosotros, que es el alma de todo apostolado, que es centro y cimiento de los sacramentos, prenda de la futura esperanza y alimento para nuestro camino en la tierra. Estas afirmaciones conciliares no son hermosas teorías, son verdades que cuestionan nuestra fe y sin las cuales no es posible vivir a plenitud la vida cristiana. Cada vez que participamos a la asamblea eucarística proclamamos este gran misterio de Fe y amor que nos une íntimamente a Dios. El Papa Juan Pablo II, en una de sus catequesis semanales, decía: "En la comunión del pan y del vino el cristiano puede alcanzar el grado máximo de unión con Dios hasta el punto de convertirse en su consanguíneo".

Esta afirmación tan hermosa adquiere un auténtico valor cuando está acompañado por verdaderos lazos de amor al prójimo. Quizá estamos acostumbrados a participar en nuestras asambleas eucarísticas por rutina o simplemente por cumplir con un precepto sin interiorizar la necesidad que tenemos de expresar juntos nuestra condición de pueblo de Dios, que se congrega para celebrar nuestra fe y vivir la fraternidad que debe mantenernos unidos como hijos de un mismo Dios.

Nuestro compromiso se debe concretizar en la comunión de bienes espirituales y materiales, en el diálogo y la conversación entre hermanos, en la fraternidad y el perdón, en el apoyo y solidaridad con los más necesitados. El amor de unos para con los otros es prueba de autenticidad, de lo contrario nuestra participación, se nos convierte en una rutina sin sentido. Todos podemos dar algo pues, como muchas veces hemos escuchado, "nadie es tan autosuficiente que no necesite de los demás, ni nadie es tan pobre que no pueda aportar algo a los otros". El sacramento de la Eucaristía no se puede separar de la caridad. La Iglesia nos enseña que la "Eucaristía entraña un compromiso a favor de los pobres". Ejemplo de generosidad lo tenemos en la viuda de Sarepta que dio todo lo que tenía y en la viuda del Evangelio que al dar una moneda de poco valor mereció la alabanza del mismo Cristo.

*Párroco de la Iglesia María Auxiliadora (Don Rúa).


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