- Una
mirada de fe
- Eucaristía,
misterio de amor
- Oscar
Rodríguez Blanco,
s,d,b.
- E-mail: osrobla@hotmail.com
Hace
unos días, Juan Pablo II,
dirigiéndose a un grupo de peregrinos que
había venido a Roma para celebrar el
jubileo, les decía que en el
"corazón" del jubileo está
Jesús eucarístico, fuente y cumbre
de la evangelización. En la Carta
Apostólica Tertio Millennio Adveniente
nos había presentado el 2000 como un
año intensamente eucarístico, ya
que en este sacramento, Cristo encarnado en el
seno de María hace veinte siglos,
continúa ofreciéndose a la
humanidad como fuente divina.
El pueblo católico de El Salvador se
prepara con gran ilusión para celebrar el
IV Congreso Eucarístico Nacional, del l9
al 26 de noviembre. El término "Congreso"
no se debe entender como si fuera algo
académico, se trata de una semana de
celebraciones que acentúan sus conceptos
en este gran misterio de Fe que es la presencia
viva de Jesucristo bajo las apariencias de Pan y
Vino y al que adoramos como Dios.
En El Salvador ya se habían celebrado
otros tres congresos nacionales. El primero de
ellos se realizó en l942 y conmemoraba el
centenario de la erección de la primera
Diócesis de San Salvador. El segundo se
realizó en l964 y tenía como lema
"La eucaristía y la familia para renovar
la vida cristiana". El año de l992,
proclamado por los obispos como un año de
gracia y de misericordia, fue la ocasión
propicia para celebrar el tercer congreso y
agradecer a Dios el don de la paz que puso fin a
los largos años de confrontación
armada entre los salvadoreños.
El IV Congreso Eucarístico, con el
lema "Jesucristo, pan de vida, camino para la
comunión y la solidaridad",
glorificará públicamente la
presencia real de Jesucristo como Dios y como
hombre vivo y glorificado en las especies
eucarísticas y, al igual que el Congreso
Eucarístico Internacional, será
para todos nosotros una ocasión
más que propicia para proclamar y
celebrar que "en la eucaristía se
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia,
a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo
por su carne que da vida a los hombres,
vivificada y vivificante por el Espíritu
Santo" (P.O.5).
No podemos prescindir de este sacramento de
Fe pues, la eucaristía es como el motor y
centro de toda la vida cristiana. El Concilio
Vaticano II nos dice que la eucaristía es
fuente y cumbre de la vida cristiana, que la
Iglesia vive y crece mediante este sacramento
que nos une a Cristo y entre nosotros, que es el
alma de todo apostolado, que es centro y
cimiento de los sacramentos, prenda de la futura
esperanza y alimento para nuestro camino en la
tierra. Estas afirmaciones conciliares no son
hermosas teorías, son verdades que
cuestionan nuestra fe y sin las cuales no es
posible vivir a plenitud la vida cristiana. Cada
vez que participamos a la asamblea
eucarística proclamamos este gran
misterio de Fe y amor que nos une
íntimamente a Dios. El Papa Juan Pablo
II, en una de sus catequesis semanales,
decía: "En la comunión del pan y
del vino el cristiano puede alcanzar el grado
máximo de unión con Dios hasta el
punto de convertirse en su
consanguíneo".
Esta afirmación tan hermosa adquiere
un auténtico valor cuando está
acompañado por verdaderos lazos de amor
al prójimo. Quizá estamos
acostumbrados a participar en nuestras asambleas
eucarísticas por rutina o simplemente por
cumplir con un precepto sin interiorizar la
necesidad que tenemos de expresar juntos nuestra
condición de pueblo de Dios, que se
congrega para celebrar nuestra fe y vivir la
fraternidad que debe mantenernos unidos como
hijos de un mismo Dios.
Nuestro compromiso se debe concretizar en la
comunión de bienes espirituales y
materiales, en el diálogo y la
conversación entre hermanos, en la
fraternidad y el perdón, en el apoyo y
solidaridad con los más necesitados. El
amor de unos para con los otros es prueba de
autenticidad, de lo contrario nuestra
participación, se nos convierte en una
rutina sin sentido. Todos podemos dar algo pues,
como muchas veces hemos escuchado, "nadie es tan
autosuficiente que no necesite de los
demás, ni nadie es tan pobre que no pueda
aportar algo a los otros". El sacramento de la
Eucaristía no se puede separar de la
caridad. La Iglesia nos enseña que la
"Eucaristía entraña un compromiso
a favor de los pobres". Ejemplo de generosidad
lo tenemos en la viuda de Sarepta que dio todo
lo que tenía y en la viuda del Evangelio
que al dar una moneda de poco valor
mereció la alabanza del mismo Cristo.
*Párroco de la Iglesia María
Auxiliadora (Don Rúa).