País
arrebatado
El Salvador es el paraíso de
delincuentes y de los periodistas de sucesos.
Los primeros asaltan, violan, extorsionan y
secuestran a discreción; los segundos nos
escandalizan contándonos que, de cada
diez delitos, la Fiscalía suele detener a
cinco culpables presuntos, sólo para
dejar escapar posteriormente a cuatro, previo
regaño de los jueces. ¿El quinto?
Ese escapa del penal con una sonrisa de oreja a
oreja, disfrazado de hipopótamo.
Por Cristian
Villalta
Entender
a este país, que asiste al nuevo milenio
convertido en un emporio del crimen organizado a
ciencia y paciencia de los legisladores, supone
voltear al pasado con paciencia, honestidad y
valor. La madeja social que, a estas alturas de
la bitácora cuscatleca luce como una
telaraña con viudas negras encorbatadas,
listas para dar el zarpazo a sufridos cinco
millones de hormigas, comenzó a formarse
hace décadas, cuando el autoritarismo, la
pobreza rural, el hacinamiento urbano y el
sometimiento de la justicia a los caprichos del
poder se instalaron en el rostro de una
nación.
Los noventas trajeron la paz armada, pero no
la conciliación social. La
postergación de esa asignatura,
cobardemente borrada de la agenda gubernamental,
sólo sirvió para desconsolar a
nuevas generaciones de ciudadanos.
Con la identidad de postguerra a cuestas, una
profunda desesperanza, el descreímiento
automático en las instituciones y ahora
esta ola delincuencial, los jóvenes
salvadoreños se preguntan, por un lado,
de dónde venimos, velado reclamo a
nuestros mayores, y por el otro, adónde
nos llevan.
Es difícil saber en qué parte
de la realidad se esconde la verdad, en
qué retazo del país se encuentra
la justicia. El crimen luce omnipresente,
omnisciente, omnipotente. Monstruo de mil
cabezas, cuando se le cercena una, la siguiente
crece, más fuerte, más voraz,
impenetrable.
Aún no somos Colombia, donde ya no se
diferencia entre los narcos, la guerrilla, los
paramilitares y los escuadrones de la muerte.
Aún no somos Oriente Medio, porque
nuestro fervor religioso no llega para tanto, no
tenemos lugares santos y, sobre todo, si no
tenemos agua potable, 'cuantimás'
petróleo debajo de la cama.
Así pues, alegrémonos. Nuestra
patria (ojo, no confundir con el cementerio de
periodistas patrocinado por un partido
político) todavía no consigue
medalla en el campeonato mundial de violencia,
pero ya casi. En nuestras manos, la de decenas
de miles de adultos jóvenes, puede
hallarse la fórmula para salir del
resumidero. Nos prohibieron entender el pasado,
nos exigen someternos a este sórdido
presente. Habrá que hinchar la fe para
reconstruir el futuro. Pero cómo
cuesta...