- Practicando
la fortaleza
- Un hombre "light" en
un mundo "light"
- Teresa
Guevara de López
La
Dra. Margarita Mendoza-Burgos publicó en
este periódico un artículo
titulado "Preocupante Futuro", acerca del pobre
y decreciente nivel académico y de
madurez de los bachilleres en el inicio de su
experiencia universitaria. Urgía al
gobierno y a las universidades a buscar
soluciones para exigir un mínimo de
calidad, especialmente cuando muchas
instituciones de educación superior que
viven de su prestigio, pueden encontrarse entre
la espada y la pared: mantener su exigencia o
perder clientes. Esto es como la voz colectiva
de tantos padres de familia, docentes y
ciudadanos conscientes: estas universidades son
la única llama de esperanza que le queda
al país para ofrecer un mínimo de
calidad en la preparación de los
profesionales que en el futuro manejarán
sus destinos. Nos encontramos en época de
graduaciones, de fin de ciclos en las
universidades, y al analizar el comportamiento
de nuestros jóvenes, vemos con tristeza
que impera la ley del mínimo esfuerzo. Se
quejan de la rigurosidad académica, de
los exámenes en que hay que pensar,
exigen cuestionarios, temas fáciles,
promociones automáticas, que todo se los
den hecho y, como dice un conocido comercial,
"tener el mundo a su medida". Hay rechazo hacia
todo lo que supone esfuerzo, dificultad,
constancia, perseverancia. Crisis de una virtud
que es indispensable resucitar, porque parece
haber desaparecido: la virtud de la fortaleza,
la que se opone total y absolutamente al
concepto de hombre "light" y mundo "light" que
hoy está tan de moda.
El Dr. Enrique Rojas en su libro "El Hombre
Light" describe a este tipo como un ser que
quiere evadirse de sí mismo, sumergirse
en un caleidoscopio de sensaciones cada vez
más sofisticadas y narcisistas,
contemplar la vida como un goce ilimitado, cuyo
objetivo es un afán y frenesí de
diversión, en un plano de total
superficialidad y provisionalidad (todo es
desechable) que apunta hacia la muerte de los
ideales. Este hombre "cool" tiene forzosamente
el relativismo como su nuevo código
ético, y la permisividad que aspira a una
etapa sin limitaciones, prohibiciones ni
territorios vedados. Hay que atreverse a todo,
llegar cada día más lejos,
imponiendo así una revolución sin
finalidad y sin programas, sin vencedores ni
vencidos, pero sobre todo, sin ningún
esfuerzo personal. Es la apoteosis de la
incoherencia. El joven de hoy, como parte de ese
mundo "light", tiene definitivamente un mal
pronóstico. Vive rebajado a nivel de
objeto, manipulado, dirigido y tiranizado por
estímulos deslumbrantes, pero que no
acaban de llenarlo ni hacerlo feliz. Su paisaje
interior está transitado por una mezcla
de frialdad impasible, de neutralidad sin
compromiso, y a la vez de curiosidad y
tolerancia ilimitadas. No le preocupa la
justicia ni el sentido de la vida ni los
problemas sociales ni los grandes temas del
pensamiento como la libertad, la verdad, el
sufrimiento. Pero este vacío moral puede
ser superado con humanismo y trascendencia (de
tras: atravesar, y scando: subir) es decir
"atravesar subiendo", cruzar la vida mientras se
eleva la dignidad del hombre, sin perder de
vista que no hay auténtico progreso si no
se desarrolla el aspecto moral.
Sería, sin embargo, un error que los
padres y educadores viéramos
únicamente las sombras de este fin del
Siglo XX, y nos cegáramos ante las luces
que iluminan la realidad desde distintos
ángulos: los grandes avances de la
ciencia, la revolución informática
y de las comunicaciones, el despertar de las
conciencias hacia los derechos humanos, la
democracia y la progresiva preocupación
por la ecología y justicia social. Esto
ha permitido alcanzar los altos niveles de
confort y bienestar que han cambiado la vida del
ser humano de esta generación. Si los
comparamos con los del principio del siglo, hoy
los matrimonios jóvenes a los pocos
años de vida conyugal viven como lo
hacían sus padres al final de la suya. Ha
cambiado el sentido del ahorro y la
moderación, que apuntaba siempre hacia el
día de mañana y era la base de la
cultura tradicional por una cultura del consumo,
del cambio constante, de lo efímero, que
sea descartable, y que no requiera de mayor
esfuerzo. Todo gira en torno al hedonismo, a la
permisividad, al culto por el instante
transitorio.
¿Solución? Es indispensable
resucitar y fomentar la virtud de la fortaleza.
La que nos permite resolver las cuestiones
difíciles y poner los medios adecuados
para resistir, para atacar y afrontar el
obstáculo buscando los medios necesarios
para superarlo. La experiencia común
demuestra que gran parte de las dificultades son
mucho menores cuando hay una adecuada defensa, y
que la fortaleza trae consigo la necesidad de
poner en práctica otras dos virtudes: la
paciencia, que impide que los males presentes
depriman para no precipitarse, y la
perseverancia que es la persistencia a pesar de
las molestias. Hay que poner manos a la obra y
comenzar una agresiva campaña de
mercadeo: convencer a los jóvenes que la
fortaleza y la perseverancia son las virtudes
del inteligente, que advierte que la realidad
casi nunca se acomoda a sus deseos, y que la
medida de su ambición se encierra en esta
frase de dimensiones ilimitadas:
Atrévanse soñar, pero a
soñar con ambición, y la fortaleza
hará que sus sueños se queden
cortos...