Domingo 12 de noviembre


Practicando la fortaleza
Un hombre "light" en un mundo "light"
Teresa Guevara de López

La Dra. Margarita Mendoza-Burgos publicó en este periódico un artículo titulado "Preocupante Futuro", acerca del pobre y decreciente nivel académico y de madurez de los bachilleres en el inicio de su experiencia universitaria. Urgía al gobierno y a las universidades a buscar soluciones para exigir un mínimo de calidad, especialmente cuando muchas instituciones de educación superior que viven de su prestigio, pueden encontrarse entre la espada y la pared: mantener su exigencia o perder clientes. Esto es como la voz colectiva de tantos padres de familia, docentes y ciudadanos conscientes: estas universidades son la única llama de esperanza que le queda al país para ofrecer un mínimo de calidad en la preparación de los profesionales que en el futuro manejarán sus destinos. Nos encontramos en época de graduaciones, de fin de ciclos en las universidades, y al analizar el comportamiento de nuestros jóvenes, vemos con tristeza que impera la ley del mínimo esfuerzo. Se quejan de la rigurosidad académica, de los exámenes en que hay que pensar, exigen cuestionarios, temas fáciles, promociones automáticas, que todo se los den hecho y, como dice un conocido comercial, "tener el mundo a su medida". Hay rechazo hacia todo lo que supone esfuerzo, dificultad, constancia, perseverancia. Crisis de una virtud que es indispensable resucitar, porque parece haber desaparecido: la virtud de la fortaleza, la que se opone total y absolutamente al concepto de hombre "light" y mundo "light" que hoy está tan de moda.

El Dr. Enrique Rojas en su libro "El Hombre Light" describe a este tipo como un ser que quiere evadirse de sí mismo, sumergirse en un caleidoscopio de sensaciones cada vez más sofisticadas y narcisistas, contemplar la vida como un goce ilimitado, cuyo objetivo es un afán y frenesí de diversión, en un plano de total superficialidad y provisionalidad (todo es desechable) que apunta hacia la muerte de los ideales. Este hombre "cool" tiene forzosamente el relativismo como su nuevo código ético, y la permisividad que aspira a una etapa sin limitaciones, prohibiciones ni territorios vedados. Hay que atreverse a todo, llegar cada día más lejos, imponiendo así una revolución sin finalidad y sin programas, sin vencedores ni vencidos, pero sobre todo, sin ningún esfuerzo personal. Es la apoteosis de la incoherencia. El joven de hoy, como parte de ese mundo "light", tiene definitivamente un mal pronóstico. Vive rebajado a nivel de objeto, manipulado, dirigido y tiranizado por estímulos deslumbrantes, pero que no acaban de llenarlo ni hacerlo feliz. Su paisaje interior está transitado por una mezcla de frialdad impasible, de neutralidad sin compromiso, y a la vez de curiosidad y tolerancia ilimitadas. No le preocupa la justicia ni el sentido de la vida ni los problemas sociales ni los grandes temas del pensamiento como la libertad, la verdad, el sufrimiento. Pero este vacío moral puede ser superado con humanismo y trascendencia (de tras: atravesar, y scando: subir) es decir "atravesar subiendo", cruzar la vida mientras se eleva la dignidad del hombre, sin perder de vista que no hay auténtico progreso si no se desarrolla el aspecto moral.

Sería, sin embargo, un error que los padres y educadores viéramos únicamente las sombras de este fin del Siglo XX, y nos cegáramos ante las luces que iluminan la realidad desde distintos ángulos: los grandes avances de la ciencia, la revolución informática y de las comunicaciones, el despertar de las conciencias hacia los derechos humanos, la democracia y la progresiva preocupación por la ecología y justicia social. Esto ha permitido alcanzar los altos niveles de confort y bienestar que han cambiado la vida del ser humano de esta generación. Si los comparamos con los del principio del siglo, hoy los matrimonios jóvenes a los pocos años de vida conyugal viven como lo hacían sus padres al final de la suya. Ha cambiado el sentido del ahorro y la moderación, que apuntaba siempre hacia el día de mañana y era la base de la cultura tradicional por una cultura del consumo, del cambio constante, de lo efímero, que sea descartable, y que no requiera de mayor esfuerzo. Todo gira en torno al hedonismo, a la permisividad, al culto por el instante transitorio.

¿Solución? Es indispensable resucitar y fomentar la virtud de la fortaleza. La que nos permite resolver las cuestiones difíciles y poner los medios adecuados para resistir, para atacar y afrontar el obstáculo buscando los medios necesarios para superarlo. La experiencia común demuestra que gran parte de las dificultades son mucho menores cuando hay una adecuada defensa, y que la fortaleza trae consigo la necesidad de poner en práctica otras dos virtudes: la paciencia, que impide que los males presentes depriman para no precipitarse, y la perseverancia que es la persistencia a pesar de las molestias. Hay que poner manos a la obra y comenzar una agresiva campaña de mercadeo: convencer a los jóvenes que la fortaleza y la perseverancia son las virtudes del inteligente, que advierte que la realidad casi nunca se acomoda a sus deseos, y que la medida de su ambición se encierra en esta frase de dimensiones ilimitadas: Atrévanse soñar, pero a soñar con ambición, y la fortaleza hará que sus sueños se queden cortos...


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