Sábado 11 de noviembre 2000

























Evangelio para domingo

Marcos 12, 38-44

La viuda pobre

En su enseñanza Jesús les decía también: "Cuídense de esos maestros de la Ley, a quienes les gusta pasear con sus amplias vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar asientos reservados en las sinagogas y en los banquetes; incluso devoran los bienes de las viudas, mientras se amparan detrás de largas oraciones. ¡Con qué severidad serán juzgados!

Jesús se había sentado frente a las alcancías del tempo y podía ver cómo la gente echaba dinero para el tesoro; pasaban ricos y daban mucho, pero también se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor.

Jesús entonces llamó a sus discípulos y les dijo: "Yo les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras ella ha dado desde su pobreza; no tenía más y dio todos sus recursos".

Jesús instruye a sus discípulos

"Cuídense de los escribas..."

La polémica entre Jesús y los jefes religiosos de su pueblo toma un sendero peligroso. Él denuncia el gusto que ellos tienen por la pompa y los honores, sobre todo porque no se trata de algo pasajero, sino que su ostentación se basa en el despojo al pobre: "devoran la hacienda de la viudas...".

Jesús rechaza todo uso de emblemas religiosos con el fin de ganar los primeros puestos y rodearse de honores, y pone en alerta a todos sus seguidores.

"Muchos ricos echaban mucho..."

No es un hecho superficial para Jesús que es un observador agudo acostumbrado a ver más allá de las apariencias. El Maestro hará ver a sus discípulos el significado de lo que está ocurriendo.

Lo que hace "la viuda pobre" parece poco a una mirada no iluminada por la fe y situada fuera del palpitar de la historia, pero para Jesús vale más que la limosna de los ricos.

La diferencia entre la viuda y los demás no es cuantitativa &emdash;dar más o menos&emdash;, sino esencial; ella lo da todo, como expresión de su confianza absoluta en el Señor.

"Esta viuda pobre..."

La razón es tan clara: unos dieron lo que les sobraba, ella entregó "de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir". Esta mujer, aun siendo tan pobre, es también tan buena. No da lo superfluo, sino lo necesario.

Da todo porque su confianza en Dios es total. Da todo lo que tiene, porque dándolo todo se da a sí misma.

"Y nosotros..."

Tenemos hoy una gran lección que aprender: "El verdadero valor de la persona no se halla en sus componentes externos, que pueden ser engañosos; sino en las actitudes que son el motor de su conducta".

La llamada real del Evangelio es, una vez más, una llamada a confiar absolutamente en Dios y, por esta confianza, ser capaz de entregarnos nosotros mismos.

Además, de todos los que nos creemos seguidores de Jesús, Dios espera que nunca tengamos bastante con lo que hacemos, sino que vayamos aprendiendo cada día un poco más a ponerlo todo a su servicio y al servicio de su plan de amor.

P. Sixto Alfonso Flores, Sdb



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