- Comentario
de la semana
- La mañana
después
- Eduardo
Torres
- E-mail: eduardo@elsalvador.com
El
mundo entero presenció, a través
de las cadenas televisivas estadounidenses, los
inusuales eventos sucedidos este
histórico 7 de noviembre; en esa fecha,
terminaría la apretada lucha que por
espacio de varios meses han mantenido por la
presidencia de los Estados Unidos, el
vicepresidente Al Gore, y el gobernador de
Texas, George W. Bush. Cuatro días
después de la elección, ninguno de
los dos es presidente electo, y los escenarios y
mensajes de ahí provenientes, incluso la
batalla que se libra por la opinión
pública, requiere concentrarnos un
poco.
Si se oficializa el resultado del recuento de
votos en la Florida dado por la agencia AP, lo
cual implicaría que los votos
provenientes del exterior no le hagan perder a
Bush la leve ventaja que mantiene, se
habría cumplido el escenario que
preveían algunos analistas: que
podía ganar un candidato el voto popular,
y perder la elección en el colegio
electoral. Lo paradójico es que se
decía podía pasarle a Bush, no a
Gore; sin haber todavía un ganador del
evento, las cosas están tan enredadas que
ni siquiera puede afirmarse que ganó
alguien el voto popular, pues falta contar votos
del exterior por ejemplo los de California; es
decir, aunque sea obvio por dónde va la
cosa, la última palabra no ha sido
escrita todavía.
El mundo entero se mantiene a la expectativa
por conocer quién será el nuevo
presidente de la nación más
poderosa del planeta, y mientras tanto, hay que
dar el crédito que merecen los mensajes
post elección surgidos del vicepresidente
Gore, al expresar su apego a la
Constitución de su país -y a la
figura en ella del colegio electoral-, y al
retiro como supervisor máximo del
recuento en la Florida del gobernador Jeb Bush,
por el obvio conflicto de interés que
tiene, al ser hermano de uno de los dos
candidatos en contienda.
Legalidad y democracia
La polémica desatada, especialmente en
el condado de West Palm Beach, es simplemente un
indicativo de que "en todos lados se cuecen
habas". Porque la aparición en escena del
activista Jesse Jackson fue el primer
síntoma de algo de lo cual ya la
campaña de Bush ha acusado a la de Gore:
de estar politizando la elección, algo
que también la gente de Gore ve que
está haciendo el equipo de Bush, al
hablar de "transición" y de posibles
miembros del nuevo gabinete, cuando no hay
ganador todavía.
El debate de fondo, sin embargo, es
qué hacer cuando se termine el crucial
conteo en la Florida -incluyendo los votos
provenientes del exterior-, y se declare un
ganador del estado, que le permita ya sea a Gore
o a Bush, llegar a los 270 votos requeridos en
el colegio electoral, para ser nombrado
presidente electo de los Estados Unidos.
Qué pasará con las demandas
legales interpuestas ante jueces y qué de
darse demandas judiciales en otros estados -como
Wisconsin y Oregon-, donde el resultado de la
votación podría ser reversible.
Existiendo, pues, la posibilidad de abrirse
casos judiciales, lo inverosímil
sería resolver esta elección en
las cortes.
En ese sentido, el argumento de los
republicanos es que una cosa son las
irregularidades, y otra muy diferente las
ilegalidades, ya que no se ha hablado de alguna
hasta este momento. El de los demócratas
es que debido a confusión en las
papeletas en West Palm Beach, se frustró
la voluntad de la gente, y que ésta debe
ser respetada. Habiendo mantenido los
republicanos -por los mínimos
márgenes posibles- el control de ambas
cámaras del Congreso, el otro punto de
debate en los Estados Unidos, es el tipo de
mandato que tendrá el nuevo inquilino de
la Casa Blanca. Quienquiera que sea,
tendrá ahí su primera gran prueba,
y su primera gran oportunidad de mostrar
capacidad y liderazgo, luego de conocido -y
aceptado- el resultado de esta histórica
e inolvidable elección.
Licenciado en Ciencias Jurídicas y
columnista de EL DIARIO DE HOY.