- Un
sueño que puede ser
realidad
- El "Valle de los
caídos"
- María
A. de López Andreu*
En
1964 estuve en el "Valle de los Caídos".
Se discutía si, a la muerte del
Generalísimo Francisco Franco, se le
enterraría allí. Muchos
consideraban que tenía ese derecho, por
ser el creador de esa obra monumental; otros
decían que no, porque solamente los
caídos en la Guerra Civil española
merecían ese honor. Yo escuchaba mientras
admiraba aquella maravilla -más con
óptica cultural que religiosa-, sin
imaginar que nuestro país viviría
algo similar.
Recientemente volví a España y
-precisamente por la guerra vivida- quise
visitar nuevamente el "Valle de los
caídos". Una profunda emoción
espiritual apenas me dejó apreciar la
belleza y exquisita sobriedad de esta obra.
Parecía que cada elemento del imponente
paisaje no solamente tenía vida propia,
sino también la personalidad requerida
para estar allí. Como que la naturaleza
supo apreciar el valor de lo que se
construiría, y quiso ser generosa con su
aporte: árboles y pinos de mil clases
diferentes; rocas de múltiples
tonalidades. El hombre añadió un
camino sinuoso y ascendente, y un largo puente
sobre el abismo. Todo parece decir: "Somos
distintos, tenemos grandes diferencias, pero
venimos de la misma familia; hay un solo
sendero, empinado y difícil, que debemos
subir, tendiendo puentes y cruzando abismos,
para -finalmente- comprobar que todos tenemos
cabida, bajo los brazos amorosos y siempre
extendidos, de la Cruz". Esa es la magnificencia
de ese lugar: que se construyó para la
reconciliación, para unirse en una sola
oración por los seres amados que cayeron
en la guerra fratricida.
Desde el atrio, abierto e inmenso, pareciera
que se toca el cielo. Sobre la roca, dentro de
la que se ha esculpido la Basílica,
arranca la Cruz gigantesca, comunicando una
sensación cálida y acogedora. Tras
la enorme puerta de bronce, recubierta de
efigies de santos, continúan las
maravillas: entradas totalmente talladas con
más santos (mártires,
principalmente), tapices, estatuas
alegóricas de las diferentes fuerzas del
ejército, imágenes de la Virgen
María, en sus distintas advocaciones,
esculpidas en mármol. Al fondo, bajo
grandiosa cúpula, el Altar Mayor
custodiado por los cuatro Arcángeles; a
la izquierda, la Capilla del Santísimo
Sacramento.
Todo es sobrio, a la vez que rico y
majestuoso. Impresionan dos sencillísimas
lozas colocadas al pie del altar. La del frente
dice "José Antonio" y la de atrás,
"Francisco Franco". Solamente. Ni fechas ni
epitafios. A la derecha, la Capilla donde
descansan los restos de los caídos;
sepultados -en una fosa común- el asesino
junto a la víctima, el inocente junto al
culpable, el de un bando y el del otro.
Allí están los Mártires de
Barbastro, como también están sus
verdugos. Allí yacen juntos el principio
y el fin de una guerra; iguales ante la muerte,
juzgados ya por el Creador, y esperando el fallo
de la Historia. No hay nombres, solamente una
invitación a orar por quienes murieron
por Dios y la Patria. Así lo hice con
toda el alma, tanto por ellos, como por nuestros
propios caídos.
Y pensé por qué los
salvadoreños (que copiamos tantas otras
cosas) no tenemos algo semejante, adecuado
(¡por supuesto!) a nuestras
posibilidades.
Porque el "Cristo de la Paz", por ejemplo, es
solamente un monumento conmemorativo. Tampoco
suple el "Museo de la Guerra" que, según
me han dicho, existe en Perquín. Personas
que lo han visitado, lo describen negativamente,
por considerar que califican de heroicas
acciones y situaciones delincuenciales y
nocivas. No opino, porque no lo conozco. Pero,
por respeto a nuestra historia, y a las
generaciones pasadas y futuras, deberían
conservarse los documentos de esa época
en un lugar adecuado y seguro, bajo la custodia
del Estado, y omitirse "celebraciones" en fechas
como el 11 de noviembre, que para los
salvadoreños significa dolor, muerte y
traición.
Nos falta un lugar con un concepto diferente,
donde podamos acudir a orar juntos, para
reconciliarnos; donde "fosa común"
signifique hermandad; donde no haya nombres ni
fechas ni epitafios, porque todos los que
allí descansen ostenten el título
suficiente y universal de "seres queridos".
Donde sólo se adore a Dios y exista una
única bandera: la azul y blanco de El
Salvador. Es un sueño, sí. Pero
valdría la pena hacerlo realidad.