Viernes 10 de noviembre 2000


Un sueño que puede ser realidad
El "Valle de los caídos"
María A. de López Andreu*

En 1964 estuve en el "Valle de los Caídos". Se discutía si, a la muerte del Generalísimo Francisco Franco, se le enterraría allí. Muchos consideraban que tenía ese derecho, por ser el creador de esa obra monumental; otros decían que no, porque solamente los caídos en la Guerra Civil española merecían ese honor. Yo escuchaba mientras admiraba aquella maravilla -más con óptica cultural que religiosa-, sin imaginar que nuestro país viviría algo similar.

Recientemente volví a España y -precisamente por la guerra vivida- quise visitar nuevamente el "Valle de los caídos". Una profunda emoción espiritual apenas me dejó apreciar la belleza y exquisita sobriedad de esta obra. Parecía que cada elemento del imponente paisaje no solamente tenía vida propia, sino también la personalidad requerida para estar allí. Como que la naturaleza supo apreciar el valor de lo que se construiría, y quiso ser generosa con su aporte: árboles y pinos de mil clases diferentes; rocas de múltiples tonalidades. El hombre añadió un camino sinuoso y ascendente, y un largo puente sobre el abismo. Todo parece decir: "Somos distintos, tenemos grandes diferencias, pero venimos de la misma familia; hay un solo sendero, empinado y difícil, que debemos subir, tendiendo puentes y cruzando abismos, para -finalmente- comprobar que todos tenemos cabida, bajo los brazos amorosos y siempre extendidos, de la Cruz". Esa es la magnificencia de ese lugar: que se construyó para la reconciliación, para unirse en una sola oración por los seres amados que cayeron en la guerra fratricida.

Desde el atrio, abierto e inmenso, pareciera que se toca el cielo. Sobre la roca, dentro de la que se ha esculpido la Basílica, arranca la Cruz gigantesca, comunicando una sensación cálida y acogedora. Tras la enorme puerta de bronce, recubierta de efigies de santos, continúan las maravillas: entradas totalmente talladas con más santos (mártires, principalmente), tapices, estatuas alegóricas de las diferentes fuerzas del ejército, imágenes de la Virgen María, en sus distintas advocaciones, esculpidas en mármol. Al fondo, bajo grandiosa cúpula, el Altar Mayor custodiado por los cuatro Arcángeles; a la izquierda, la Capilla del Santísimo Sacramento.

Todo es sobrio, a la vez que rico y majestuoso. Impresionan dos sencillísimas lozas colocadas al pie del altar. La del frente dice "José Antonio" y la de atrás, "Francisco Franco". Solamente. Ni fechas ni epitafios. A la derecha, la Capilla donde descansan los restos de los caídos; sepultados -en una fosa común- el asesino junto a la víctima, el inocente junto al culpable, el de un bando y el del otro. Allí están los Mártires de Barbastro, como también están sus verdugos. Allí yacen juntos el principio y el fin de una guerra; iguales ante la muerte, juzgados ya por el Creador, y esperando el fallo de la Historia. No hay nombres, solamente una invitación a orar por quienes murieron por Dios y la Patria. Así lo hice con toda el alma, tanto por ellos, como por nuestros propios caídos.

Y pensé por qué los salvadoreños (que copiamos tantas otras cosas) no tenemos algo semejante, adecuado (¡por supuesto!) a nuestras posibilidades.

Porque el "Cristo de la Paz", por ejemplo, es solamente un monumento conmemorativo. Tampoco suple el "Museo de la Guerra" que, según me han dicho, existe en Perquín. Personas que lo han visitado, lo describen negativamente, por considerar que califican de heroicas acciones y situaciones delincuenciales y nocivas. No opino, porque no lo conozco. Pero, por respeto a nuestra historia, y a las generaciones pasadas y futuras, deberían conservarse los documentos de esa época en un lugar adecuado y seguro, bajo la custodia del Estado, y omitirse "celebraciones" en fechas como el 11 de noviembre, que para los salvadoreños significa dolor, muerte y traición.

Nos falta un lugar con un concepto diferente, donde podamos acudir a orar juntos, para reconciliarnos; donde "fosa común" signifique hermandad; donde no haya nombres ni fechas ni epitafios, porque todos los que allí descansen ostenten el título suficiente y universal de "seres queridos". Donde sólo se adore a Dios y exista una única bandera: la azul y blanco de El Salvador. Es un sueño, sí. Pero valdría la pena hacerlo realidad.


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