Con el
corazón en la mano
Doña Juanita Velasco, de 61
años, ha trabajado en el Asilo de
Ancianas, San Vicente de Paúl, en
Cojutepeque, brindando su amor y consuelo a las
asiladas.
- José
Osmín Monge
- El Diario
de Hoy
- FOTOS
EDH/ALEX SANABRIA
Luciendo
un pulcro vestido blanco, doña Juanita se
mueve en corredores, dormitorios y jardines del
único asilo de ancianas de
Cojutepeque.
Siempre está atenta a las necesidades
de las 15 internas. Por lo general se le puede
encontrar orando junto a otras señoras,
ayudándoles a caminar, dándoles de
comer y hasta cantando.
Esta señorita ha estado por más
de 50 años al frente de esa
institución, y gracias a su apoyo y a su
disciplina, el lugar es uno de los asilos
más cómodos y mejor organizados
del país.
Eso lo constatan las internas, quienes
aseguran que en esa morada no les hace falta
nada. Ellas aseguran que doña Juanita se
ha convertido en una madre para ellas.
"No nos podemos quejar de ella, siempre
está atenta de todo. Es para nosotras
nuestra mamita", comenta doña
María Adriana Urquilla, de 95
años, quien le demuestra su
agradecimiento con besos y abrazos.
Amor por los demás
Doña Juanita nació en 1939 en
San Esteban Catarina, San Vicente, y desde
niña sus padres le inculcaron el amor a
Cristo y al prójimo.
De adolescente ingresó al convento del
padre Dolores Rivas, en San Sebastián, y
fue ahí donde aprendió a servir a
las personas más necesitadas.
"Ingresé al convento con el deseo de
ser monja, pero Dios no quiso que fuera
así. En ese lugar lo tenía todo.
Yo era la niña bonita del padre, pero
cuando él murió me sentí
muy mal y decidí retirarme. Gracias a
Dios, el amor de mis padres siempre lo tuve",
expresa doña Juanita, una mujer de
estatura pequeña, ojos negros y piel
trigueña.
Al
estar de nuevo junto a su adinerada familia,
Juanita tomó una decisión: dejar
sus comodidades y trabajar en pro de los
ancianos. Fue así como en 1955
entró (como ayudante) al asilo San
Vicente de Paúl, y desde ese año
hasta la fecha ha desbordado todo su amor a las
que ahí se encuentran.
"Me siento a gusto con lo que estoy haciendo.
Cuando doy amor a las viejitas estoy amando a
Jesucristo. Yo no pude ser monja, pero con mi
trabajo me siento como si lo fuera. Este asilo
se ha convertido en mi casa. Mi cuarto se
encuentra en el segundo piso; pero a él
sólo llego por las noches. La mayor parte
del tiempo la paso con las ancianitas", expresa
seriamente Juanita.
Ella dice que por su trabajo recibe un
sueldo, otorgado por la Sociedad de
Señoras de la Caridad, responsable del
asilo.
Mucha disciplina
Una de las cualidades de doña Juanita
es su disciplina. La señorita Velasco
asegura que gracias al orden que ella ha
impuesto todo funciona bien en el lugar. "Estoy
pendiente de que el reglamento interno sea
respetado", expresa.
Entre las reglas que se ha establecido se
encuentran participar en misa y rezar el Santo
Rosario todos los días.
"Todas las mañanas yo voy a misa. Al
regresar las ancianitas y yo rezamos el Rosario.
En este lugar debemos obedecer lo que Dios y la
Virgen María nos han ordenado",
manifiesta.
Ella asegura que no es enojada y que trata de
ser amable y estar sonriente en todo
momento.
"A las ancianas les he enseñado a amar
al Santísimo y a quererse entre ellas.
Aquí tratamos de estar siempre en un
ambiente de paz y de armonía", comenta
doña Juanita.
Gracias
a su entrega y a su amor al prójimo se ha
ganado el respeto y la admiración de
muchos cojutepecanos. "Hasta acá vienen a
visitarme. Gracias a Dios tengo muchos amigos
que me quieren", dice doña Juanita.
Pese a la dedicación de doña
Juanita y a la ayuda de la Sociedad de
Señoras de la Caridad, el asilo tiene
algunas necesidades, entre ellas una lavadora
eléctrica. Si usted desea ayudar
comuníquese al teléfono 271-0122,
extensión 1343.
Ayuda desde Nueva York
Recientemente en esta sección fue
publicado el caso don Gregorio Fuente, quien a
raíz de una caída de un
árbol perdió la movilidad de sus
piernas. En el reportaje se hizo el llamado para
que hicieran realidad el sueño de don
Goyo: una silla de ruedas.
Dicho llamado hizo eco en el corazón
del doctor Phillip E. Elliot, pastor de la
iglesia "The Antioch Batptist Church of
Hempstead", de Nueva York, quien donó la
silla de ruedas. La entrega la efectuó el
señor Fernando Rivera (representante del
señor Elliot) el lunes anterior en Dulce
Nombre de María, Chalatenango, lugar
donde reside don Gregorio.
"Quiero agradecerles por todo lo que han
hecho por mí. Espero que Dios les
multiplique todas sus bondades", expresó
con un sonrisa don Gregorio.