Sábado 6 de mayo


El camino para ser feliz
Enseñar a hacer el bien
Carlos Mayora Re

Vivimos en un mundo sumamente competitivo. Todos lo sabemos y por ello una de las principales preocupaciones de los padres de familia es que sus hijos se preparen de la mejor manera posible para triunfar en la vida, para que en un futuro sean personas que cuenten para bien en la sociedad. Sin embargo, con mucha frecuencia esa preparación, concretamente, la educación que reciben los niños y las niñas está sesgada; pues se les prepara para competir en el ámbito intelectual, se fomenta la práctica del deporte, se procura que se relacionen socialmente con personas que en el futuro ocuparán una buena posición social, pero se nos olvida que antes de todo eso, deberían aprender a ser personas buenas, deberían aprender a buscar las cosas buenas con gusto.

Hagamos un ejercicio mental. Pensemos qué imagen de sí mismo o de sí misma pueden tener un niño o una niña que escuchan con frecuencia a sus padres y a sus parientes felicitarse por sus logros intelectuales (como el niño que escucha a su mamá jactarse de las notas que él obtiene en el colegio, con frases como "estoy orgullosa de Daniel, vieras qué buenas notas tiene, es que ¡es tan inteligente…!"); o deportivos. Y por ese camino llegan a pensar que lo que realmente importa en la vida es ser inteligente, mejor que los demás, etc. No digo que un padre o una madre no puedan estar orgullosos de los logros de sus hijos, es justo que lo estén. Pero lo que intento compartir con los lectores es que si esas "alabanzas" no están equilibradas, si la balanza sólo se inclina por el lado del intelecto, o del deporte, la criatura llegará a entender que lo que realmente importa es el éxito, el triunfo, y que él o ella, están especialmente dotados para alcanzarlo.

Desde que Rousseau se inventó el mito del buen salvaje, que postula que los hombres nacemos buenos, y es la sociedad la que nos corrompe, la que siembra en el corazón los malos deseos, hay una cierta tendencia a creer que los niños son buenos, sin más. Sin embargo, los hechos demuestran que quizá tan importante como formar la inteligencia o hacer que se ejerciten para lograr un sano desarrollo del cuerpo, es la formación de la conciencia. Ese árbitro interior que nos indica las acciones buenas o malas, propias o ajenas, y que nos señala el modo de actuar ante situaciones concretas.

Pues bien, una manera de ayudar a la formación de la conciencia en los niños y las niñas es reservar las alabanzas y los buenos comentarios para cuando, a pesar del esfuerzo que comportan o de la opinión de los demás, llevan a cabo acciones buenas. Me parece que ese es un excelente camino para que vayan identificando que el ser una persona buena, paga. Que la satisfacción interior de quien sabe que ha hecho lo que debe es muchas veces mucho más valiosa que los premios materiales conseguidos, o la buena reputación alcanzada. Decía con mucha sabiduría un amigo mío que muchas veces hay niños y niñas "fracasados" porque, sencillamente, nunca han podido probar "el sabor del éxito", y si en el ambiente que les rodea, el éxito se identifica solamente con buenas notas o triunfos deportivos, pero ellos o ellas no son capaces de lograrlos, el concepto que de sí mismos se forman es el producto de una espiral de pesimismo, de la que es muy difícil librarse.

Si los niños y niñas crecen asociando que son queridos y alabados por las cosas buenas que hacen, o traduciéndolo a un lenguaje más técnico, por actuar correctamente, o éticamente, serán capaces de reconocerse como personas valiosas por ser como son. Pues el hacer cosas buenas supone ser bueno. Y así dependerán menos de la ostentación como indicador de la posición social, o de la estima de los demás.

Sigamos imaginando: ¿Qué sería de nuestra sociedad si contáramos con una generación de personas educadas para hacer el bien, y disfrutar haciéndolo? No es una utopía, está al alcance de todos, lo importante es reflexionar un poco acerca de esto y decidirse a revisar los motivos que impulsan la propia conducta. O dicho con un lenguaje más actual: a revisar los valores que nos mueven a cada uno, y que queremos transmitir a nuestros hijos e hijas.

Dice una sabia máxima filosófica que "nadie da lo que no tiene". Por ello es necesario formar el intelecto de los niños y de las niñas y acostumbrarles a esforzarse por cosas valiosas por medio del deporte, por ejemplo. Pero paralelamente a esos empeños, hace falta que desde muy pequeños vayan aprendiendo a hacer el bien: a entender que ser generoso, honrado, sincero, leal a los compromisos, prudente, justo, etc., paga por sí mismo, y no paga en bienes perecederos, sino con el bien que todos buscamos siempre: es el verdadero camino para ser feliz.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Escenarios] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'00] [Portada] [Planeta Alternativo]