- El camino
para ser feliz
- Enseñar a hacer
el bien
- Carlos
Mayora Re
Vivimos
en un mundo sumamente competitivo. Todos lo
sabemos y por ello una de las principales
preocupaciones de los padres de familia es que
sus hijos se preparen de la mejor manera posible
para triunfar en la vida, para que en un futuro
sean personas que cuenten para bien en la
sociedad. Sin embargo, con mucha frecuencia esa
preparación, concretamente, la
educación que reciben los niños y
las niñas está sesgada; pues se
les prepara para competir en el ámbito
intelectual, se fomenta la práctica del
deporte, se procura que se relacionen
socialmente con personas que en el futuro
ocuparán una buena posición
social, pero se nos olvida que antes de todo
eso, deberían aprender a ser personas
buenas, deberían aprender a buscar las
cosas buenas con gusto.
Hagamos un ejercicio mental. Pensemos
qué imagen de sí mismo o de
sí misma pueden tener un niño o
una niña que escuchan con frecuencia a
sus padres y a sus parientes felicitarse por sus
logros intelectuales (como el niño que
escucha a su mamá jactarse de las notas
que él obtiene en el colegio, con frases
como "estoy orgullosa de Daniel, vieras
qué buenas notas tiene, es que ¡es
tan inteligente
!"); o deportivos. Y por
ese camino llegan a pensar que lo que realmente
importa en la vida es ser inteligente, mejor que
los demás, etc. No digo que un padre o
una madre no puedan estar orgullosos de los
logros de sus hijos, es justo que lo
estén. Pero lo que intento compartir con
los lectores es que si esas "alabanzas" no
están equilibradas, si la balanza
sólo se inclina por el lado del
intelecto, o del deporte, la criatura
llegará a entender que lo que realmente
importa es el éxito, el triunfo, y que
él o ella, están especialmente
dotados para alcanzarlo.
Desde que Rousseau se inventó el mito
del buen salvaje, que postula que los hombres
nacemos buenos, y es la sociedad la que nos
corrompe, la que siembra en el corazón
los malos deseos, hay una cierta tendencia a
creer que los niños son buenos, sin
más. Sin embargo, los hechos demuestran
que quizá tan importante como formar la
inteligencia o hacer que se ejerciten para
lograr un sano desarrollo del cuerpo, es la
formación de la conciencia. Ese
árbitro interior que nos indica las
acciones buenas o malas, propias o ajenas, y que
nos señala el modo de actuar ante
situaciones concretas.
Pues bien, una manera de ayudar a la
formación de la conciencia en los
niños y las niñas es reservar las
alabanzas y los buenos comentarios para cuando,
a pesar del esfuerzo que comportan o de la
opinión de los demás, llevan a
cabo acciones buenas. Me parece que ese es un
excelente camino para que vayan identificando
que el ser una persona buena, paga. Que la
satisfacción interior de quien sabe que
ha hecho lo que debe es muchas veces mucho
más valiosa que los premios materiales
conseguidos, o la buena reputación
alcanzada. Decía con mucha
sabiduría un amigo mío que muchas
veces hay niños y niñas
"fracasados" porque, sencillamente, nunca han
podido probar "el sabor del éxito", y si
en el ambiente que les rodea, el éxito se
identifica solamente con buenas notas o triunfos
deportivos, pero ellos o ellas no son capaces de
lograrlos, el concepto que de sí mismos
se forman es el producto de una espiral de
pesimismo, de la que es muy difícil
librarse.
Si los niños y niñas crecen
asociando que son queridos y alabados por las
cosas buenas que hacen, o traduciéndolo a
un lenguaje más técnico, por
actuar correctamente, o éticamente,
serán capaces de reconocerse como
personas valiosas por ser como son. Pues el
hacer cosas buenas supone ser bueno. Y
así dependerán menos de la
ostentación como indicador de la
posición social, o de la estima de los
demás.
Sigamos imaginando: ¿Qué
sería de nuestra sociedad si
contáramos con una generación de
personas educadas para hacer el bien, y
disfrutar haciéndolo? No es una
utopía, está al alcance de todos,
lo importante es reflexionar un poco acerca de
esto y decidirse a revisar los motivos que
impulsan la propia conducta. O dicho con un
lenguaje más actual: a revisar los
valores que nos mueven a cada uno, y que
queremos transmitir a nuestros hijos e
hijas.
Dice una sabia máxima
filosófica que "nadie da lo que no
tiene". Por ello es necesario formar el
intelecto de los niños y de las
niñas y acostumbrarles a esforzarse por
cosas valiosas por medio del deporte, por
ejemplo. Pero paralelamente a esos
empeños, hace falta que desde muy
pequeños vayan aprendiendo a hacer el
bien: a entender que ser generoso, honrado,
sincero, leal a los compromisos, prudente,
justo, etc., paga por sí mismo, y no paga
en bienes perecederos, sino con el bien que
todos buscamos siempre: es el verdadero camino
para ser feliz.