Martes 30 de mayo


Fiebre del sábado por la noche

Hacía meses que Enrique la veía y la veía, y cada vez le gustaba más, ella se llamaba Doris y era poco menos que inalcanzable para sus deseos terrenales, pero nunca tan lejos en el mundo de sus sueños...

Por Daniel Rucks del Bo

Así que un buen día, Enrique se acercó a Doris, se presentó y en cuatro versos y cinco minutos le hizo saber que le gustaba, que pensaba en ella, y que sería el hombre más feliz del mundo si ella aceptaba salir con él...

Para su sorpresa... Doris lo miró unos segundos y le dijo que sí, que el sábado le parecía correcto y hasta le hizo un pequeño croquis de su casa...

Error: De tan emocionado Enrique, no le pidió el teléfono... Enrique sintió que volaba y lógicamente la tensión iba creciendo a medida que se acercaba el gran día...

Esa mañana de sábado, Enrique amaneció con el estómago un poco revuelto, él se lo atribuyó a sus nervios. Como a eso de las diez de la mañana, cuando se compraba una camisa nueva para estrenar esa noche, sintió un punzante dolor en el vientre, que hizo que el dependiente le preguntara si le pasaba algo...

-No nada -dijo Enrique medio arqueado de dolor- ya se me va a pasar...

Pero no se le pasó, de pronto le dio súbitamente un fortísimo dolor de cabeza y sintió el cuerpo caliente, el dependiente lo ayudó a salir de la tienda, y tuvo su primer ataque de vómitos...

A las tres de la tarde volaba Enrique, pero no de la ilusión de la cita con Doris, sino de temperatura, cuarenta y un grados, hubo que llamar al médico...

-No quiero ningún médico, no quiero nada, estoy bien, ya se me va a pasar... -gritaba Enrique.

A las cinco y treinta llegó el médico y le diagnosticó una hepatitis B y dijo que había que internarlo ya.

A las ocho de la noche Doris esperaba a su eventual cita y Enrique estaba amarrado a la cama de un hospital, porque ya se había intentado escapar dos veces...

-Creo que está relacionado con algún desequilibrio nervioso crónico -le dijo el doctor a los padres de Enrique.

A las once de la noche, Enrique todavía pataleaba mientras dos enfermeros trataban de agarrarlo, ya se había intentado escapar tres veces más, y en uno de los intentos llegó hasta la puerta del hospital en camisón de enfermo... A esa misma hora, Doris se fue a dormir, enojada y dispuesta a no dirigirle nunca más la palabra...

Comentarios a daniel@dpto2.com


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