Fiebre del
sábado por la noche
Hacía meses que Enrique la
veía y la veía, y cada vez le
gustaba más, ella se llamaba Doris y era
poco menos que inalcanzable para sus deseos
terrenales, pero nunca tan lejos en el mundo de
sus sueños...
Por Daniel
Rucks del Bo
Así
que un buen día, Enrique se acercó
a Doris, se presentó y en cuatro versos y
cinco minutos le hizo saber que le gustaba, que
pensaba en ella, y que sería el hombre
más feliz del mundo si ella aceptaba
salir con él...
Para su sorpresa... Doris lo miró unos
segundos y le dijo que sí, que el
sábado le parecía correcto y hasta
le hizo un pequeño croquis de su
casa...
Error: De tan emocionado Enrique, no le
pidió el teléfono... Enrique
sintió que volaba y lógicamente la
tensión iba creciendo a medida que se
acercaba el gran día...
Esa mañana de sábado, Enrique
amaneció con el estómago un poco
revuelto, él se lo atribuyó a sus
nervios. Como a eso de las diez de la
mañana, cuando se compraba una camisa
nueva para estrenar esa noche, sintió un
punzante dolor en el vientre, que hizo que el
dependiente le preguntara si le pasaba
algo...
-No nada -dijo Enrique medio arqueado de
dolor- ya se me va a pasar...
Pero no se le pasó, de pronto le dio
súbitamente un fortísimo dolor de
cabeza y sintió el cuerpo caliente, el
dependiente lo ayudó a salir de la
tienda, y tuvo su primer ataque de
vómitos...
A las tres de la tarde volaba Enrique, pero
no de la ilusión de la cita con Doris,
sino de temperatura, cuarenta y un grados, hubo
que llamar al médico...
-No quiero ningún médico, no
quiero nada, estoy bien, ya se me va a pasar...
-gritaba Enrique.
A las cinco y treinta llegó el
médico y le diagnosticó una
hepatitis B y dijo que había que
internarlo ya.
A las ocho de la noche Doris esperaba a su
eventual cita y Enrique estaba amarrado a la
cama de un hospital, porque ya se había
intentado escapar dos veces...
-Creo que está relacionado con
algún desequilibrio nervioso
crónico -le dijo el doctor a los padres
de Enrique.
A las once de la noche, Enrique
todavía pataleaba mientras dos enfermeros
trataban de agarrarlo, ya se había
intentado escapar tres veces más, y en
uno de los intentos llegó hasta la puerta
del hospital en camisón de enfermo... A
esa misma hora, Doris se fue a dormir, enojada y
dispuesta a no dirigirle nunca más la
palabra...
Comentarios a daniel@dpto2.com