En los tiempos de mi
abuela...
A veces me pregunto, cuando me miro en el
espejo, si viviré los suficientes
años para ver la nieve en mis cabellos,
el paso del tiempo inexorable en mi cuerpo, si
viviré lo suficiente para ver ese mundo
moderno que se nos viene encima.
Por Norma
Schuler
La
imagen tan presente de la única abuela
que pude disfrutar es esa, la Etelvina Gayoso.
El recuerdo de esos viajes en tren por
más de 400 kms. con pollos, quesos, sacos
de papas, disfrutando de los paisajes del sur,
corriendo de vagón en vagón,
bajándonos en las estaciones por una
empanada, diciéndole adiós a gente
que uno ni conoce.
Emoción de esos días a
Hualpín, cuando llegábamos
allí, podíamos ver a la Etelvina,
mi abuela, como un roble parada en el umbral de
su casa antigua. Nunca supe cuántos
años tenía, siempre fue viejita,
en su rostro estaba marcado profundamente el
paso del tiempo, aunque su espíritu era
implacable. Siempre la vi con un puchito en la
boca (cigarro) sureña, sureña, nos
hacia caminar por el campo horas,
mostrándonos los tipos de flores, las
plantas. Decía que la naturaleza era la
madre del universo y que el agua era la sangre
que fluía para darnos vida.
De niña me encantaba acariciarle las
manos y seguir los surcos de su cara como
caminos interminables de sabiduría.
Siempre había un mate caliente, tortillas
a rescoldo, en esa cocina de leña, con
esos muebles viejos, su casa, que tanto amaba.
Fueron tantos los veranos, fueron tantas las
veces que dormí en su regazo, hasta que
ya casi pasado sus noventa años se
acostó un día y empezó a
llamar a sus hijos, de diferentes partes de
Chile, para despedirse. Yo no fui, en mi querer
de niña, eso era imposible. No
creía, nunca creí que se
moría. Jamás volví a
Hualpín.
Así como los trenes que dejaron de
pasar, nunca regresé. Me quedó la
imagen de mi abuela Etelvina con su mate y su
cigarro, sus cuentos de vida, sus
regaños, sus manos y cara hermosa.
Allí está todavía y me dice
¡Siempre lucha por tener lo tuyo, mientras
lo tengas, todos te respetarán!.
Hay miles de lugares en el mundo donde padres
y madres, por vejez, incapacidades, son dejados,
abandonados por parientes o hijos. Personas que
llevan en sus ojos la mirada de los años,
esos que un día, si Dios quiere,
también tendremos. Nos olvidamos, sin
verguenza, que aquellos que les decimos viejos,
fueron los que construyeron la vida que hoy
día tenemos.