Viernes 9 de junio


En los tiempos de mi abuela...

A veces me pregunto, cuando me miro en el espejo, si viviré los suficientes años para ver la nieve en mis cabellos, el paso del tiempo inexorable en mi cuerpo, si viviré lo suficiente para ver ese mundo moderno que se nos viene encima.

Por Norma Schuler

La imagen tan presente de la única abuela que pude disfrutar es esa, la Etelvina Gayoso. El recuerdo de esos viajes en tren por más de 400 kms. con pollos, quesos, sacos de papas, disfrutando de los paisajes del sur, corriendo de vagón en vagón, bajándonos en las estaciones por una empanada, diciéndole adiós a gente que uno ni conoce.

Emoción de esos días a Hualpín, cuando llegábamos allí, podíamos ver a la Etelvina, mi abuela, como un roble parada en el umbral de su casa antigua. Nunca supe cuántos años tenía, siempre fue viejita, en su rostro estaba marcado profundamente el paso del tiempo, aunque su espíritu era implacable. Siempre la vi con un puchito en la boca (cigarro) sureña, sureña, nos hacia caminar por el campo horas, mostrándonos los tipos de flores, las plantas. Decía que la naturaleza era la madre del universo y que el agua era la sangre que fluía para darnos vida.

De niña me encantaba acariciarle las manos y seguir los surcos de su cara como caminos interminables de sabiduría. Siempre había un mate caliente, tortillas a rescoldo, en esa cocina de leña, con esos muebles viejos, su casa, que tanto amaba. Fueron tantos los veranos, fueron tantas las veces que dormí en su regazo, hasta que ya casi pasado sus noventa años se acostó un día y empezó a llamar a sus hijos, de diferentes partes de Chile, para despedirse. Yo no fui, en mi querer de niña, eso era imposible. No creía, nunca creí que se moría. Jamás volví a Hualpín.

Así como los trenes que dejaron de pasar, nunca regresé. Me quedó la imagen de mi abuela Etelvina con su mate y su cigarro, sus cuentos de vida, sus regaños, sus manos y cara hermosa. Allí está todavía y me dice ¡Siempre lucha por tener lo tuyo, mientras lo tengas, todos te respetarán!.

Hay miles de lugares en el mundo donde padres y madres, por vejez, incapacidades, son dejados, abandonados por parientes o hijos. Personas que llevan en sus ojos la mirada de los años, esos que un día, si Dios quiere, también tendremos. Nos olvidamos, sin verguenza, que aquellos que les decimos viejos, fueron los que construyeron la vida que hoy día tenemos.


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