La
Nota del Día
6/8/00
¿Qué se
quitaría y qué
dejarían?
En declaraciones recientes, el presidente de
la Corte Suprema de Justicia se pronunció
en favor de una "nueva Constitución" de
cara al nuevo siglo. Que las instituciones,
cualquiera que sea su naturaleza, necesitan
adaptarse al correr del tiempo, no se duda, pero
al mismo tiempo se debe reconocer que hay mucho
de permanente en lo que rige a los hombres y las
sociedades.
¿Cómo se llega al correcto
balance entre lo que se tiene que cambiar y lo
que hay que conservar? De una frase suelta no
puede deducirse mayor cosa, aunque lo impreciso
da pie para despertar expectativas.
Además, es fácil que se ahonde la
confusión en tiempos tan atribulados como
estos.
Es discutible que sea oportuno, o prudente,
que la persona con mayor responsabilidad en el
país en, eso de defender el orden
jurídico, haga llamados a cambiarlo. La
gente está ávida de pretextos para
desobedecer la ley, o inclusive "inventarse
nuevas justicias", como quiso la pandilla de
ladrones en 1980, y fue en parte el caso con los
"acuerdos de paz", cuyas consecuencias ya
comenzamos a padecer.
Lo que preguntaríamos al doctor
Tenorio es qué piensa que se debe
conservar del actual ordenamiento
constitucional, qué tendría que
reformarse o desecharse, y cómo se las
arreglarán esos constitucionalistas para
que lo nuevo armonice con lo viejo. Lograr que
un conjunto donde las partes se integren sin
contradicción es más que arduo, lo
demuestra la absurda situación a la que
nos está arrastrando la
legislación penal vigente.
Volvamos a lo de "inventarse nuevas
justicias". A menos que vivamos en nuestro
propio universo de fantasías, el objetivo
de los legisladores criollos tendrá que
ser integrarse al Orden de Derecho que, con sus
pequeñas y lógicas variantes,
impera en el mundo civilizado. Hay excepciones,
pero éstas son lo que repugna, asombra y
se rechaza, como el régimen carcelario en
Cuba, o las teocracias islámicas, o los
estados semi esclavistas del Africa y ciertas
partes del mundo árabe. Nadie quiere
copiar a los coreanos del norte, a los
comunistas de Laos o a los talibanes con su
absoluto sometimiento de la mujer.
Acabemos de comprender el
mundo moderno
Pero tampoco podemos estar muy tranquilos,
"mirándonos en el espejo". Con frecuencia
parece como si en esta tierra la impunidad fuera
la regla, o la aplicación de la justicia
se basara en conveniencias e intereses
partidistas, o fuera lícito desde aplicar
retroactivamente leyes, hasta burlarse de
principios de universal validez. Si las
sociedades para desarrollarse requieren de
reglas claras, lógicas, sensatas,
evidentes, honestas y decorosas, estamos dando
muy lejos del blanco.
El país no pasa por el mejor momento
para meterse a cambiar ordenamientos
constitucionales. La ciudadanía no acaba
de comprender los alcances de la era de la
información, de cómo opera la
economía contemporánea
-desregulada y enormemente dinámica-, o
de lo que han significado y cómo les
benefician las privatizaciones.
Tampoco, por desventura, se acaba de aceptar
la necesidad de responsabilizarse y de no seguir
tolerando las transgresiones que otros hagan a
las leyes y la vida decente. Por momentos parece
muy divertido vivir donde "todo es playa", pero
fue en la playa que asesinaron a la niña
Katya. Y mientras sea El Salvador "playa", sin
seguridad jurídica, muy pocos
vendrán a invertir y ayudarnos a que
salgamos del hoyo.