El botadero
No sé si en algún momento
han reflexionado pausadamente sobre la cantidad
de estupideces que nos tragamos por
televisión. La televisión se ha
convertido, a base de un frenético
esfuerzo, en un medio predominantemente cutre y
de mal gusto.
Por Juan
Bosco Martín
La
televisión, y le sigue muy de cerca el
cine, piensa que el público es cada
día más tonto. Y lo peor de todo
es que muy probablemente tenga razón.
Somos más lerdos, en gran parte gracias a
la sistemática simplificación a la
que la caja tonta reduce nuestras vidas.
Hace unos días presencié unos
minutos del show de Cristina, y me
asombré del esfuerzo que puede
desencadenarse tras la producción un
programa tan repugnante. Repugnante no por
inmoral, no por morboso, no por bajero
Repugnante por insulso. El show de Cristina, por
poner sólo un ejemplo del vendaval de
telebasura que invade las pantallas del mundo,
no encierra nada inteligente detrás de
sí. Y sin embargo cuenta con los recursos
suficientes para tener enganchado al personal
escuchando la historia de un marido que
engañaba a la esposa con una iguana, o el
cambio de sexo de un hombre que quería
ser mujer y no le bastaba con ponerse el
wonderbra. Con la consiguiente discusión
de si aquello es conveniente o no, o si cumple
con las normas morales, o si tiene el respaldo
del respetable público, que a medida que
avanza el programa va perdiendo su
condición de público para
convertirse en chusma.
Es el espectáculo por el
espectáculo. Pan y circo, como
dirían los antiguos.
No soy de los que desdeñan cualquier
cosa por debajo de un ensayo filosófico o
una gran obra de la literatura universal. Ni
mucho menos. Yo disfruto viendo La Guerra de las
Galaxias y devoro cualquier cómic de
Astérix que caiga en mis manos. Hay miles
de historias intrascendentes elaboradas con muy
buen gusto. Ignoro por qué motivo cada
vez abunda más la opinión de que
las historias intrascendentes necesariamente
deben convertirse en chabacanada para que calen
en el gran público. No es así. El
problema es que el gran público se traga
lo que le pongan. Y el drama es que, a base de
engullir porquería, se nos puede poner
cara de coprófagos, sin realmente
serlo.
Por eso, ahora que nos vamos dando cuenta de
que muchas veces la pantalla ilumina un gran
botadero, conviene huir del mal olor. A ver si
así entienden los señores
programadores que tenemos mejor criterio que
ellos.