Jueves 29 de junio


El botadero

No sé si en algún momento han reflexionado pausadamente sobre la cantidad de estupideces que nos tragamos por televisión. La televisión se ha convertido, a base de un frenético esfuerzo, en un medio predominantemente cutre y de mal gusto.

Por Juan Bosco Martín

La televisión, y le sigue muy de cerca el cine, piensa que el público es cada día más tonto. Y lo peor de todo es que muy probablemente tenga razón. Somos más lerdos, en gran parte gracias a la sistemática simplificación a la que la caja tonta reduce nuestras vidas.

Hace unos días presencié unos minutos del show de Cristina, y me asombré del esfuerzo que puede desencadenarse tras la producción un programa tan repugnante. Repugnante no por inmoral, no por morboso, no por bajero… Repugnante por insulso. El show de Cristina, por poner sólo un ejemplo del vendaval de telebasura que invade las pantallas del mundo, no encierra nada inteligente detrás de sí. Y sin embargo cuenta con los recursos suficientes para tener enganchado al personal escuchando la historia de un marido que engañaba a la esposa con una iguana, o el cambio de sexo de un hombre que quería ser mujer y no le bastaba con ponerse el wonderbra. Con la consiguiente discusión de si aquello es conveniente o no, o si cumple con las normas morales, o si tiene el respaldo del respetable público, que a medida que avanza el programa va perdiendo su condición de público para convertirse en chusma.

Es el espectáculo por el espectáculo. Pan y circo, como dirían los antiguos.

No soy de los que desdeñan cualquier cosa por debajo de un ensayo filosófico o una gran obra de la literatura universal. Ni mucho menos. Yo disfruto viendo La Guerra de las Galaxias y devoro cualquier cómic de Astérix que caiga en mis manos. Hay miles de historias intrascendentes elaboradas con muy buen gusto. Ignoro por qué motivo cada vez abunda más la opinión de que las historias intrascendentes necesariamente deben convertirse en chabacanada para que calen en el gran público. No es así. El problema es que el gran público se traga lo que le pongan. Y el drama es que, a base de engullir porquería, se nos puede poner cara de coprófagos, sin realmente serlo.

Por eso, ahora que nos vamos dando cuenta de que muchas veces la pantalla ilumina un gran botadero, conviene huir del mal olor. A ver si así entienden los señores programadores que tenemos mejor criterio que ellos.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Escenarios] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'00] [Portada] [Planeta Alternativo]