Jueves 29 de junio


Los secretos no autorizados de Woody Allen

Una biografía no autorizada se acerca al perfil más tenebroso del director neoyorquino. Woody se somete a implantes capilares, sufre crisis de impotencia, planea infinitos suicidios, plagia cuentos y hasta le jura a su mujer que tiene sida con tal de no tocarle un pelo

Rodrigo Fresan
Estados Unidos

Woody Allen duerme con la luz encendida porque le da miedo la oscuridad y -con cierta periodicidad y sin saber muy bien por qué- se hace implantes capilares. Las dos infidencias aparecen a las pocas páginas de abrir "The Unruly Life of Woody Allen", la reciente biografía no autorizada del director de cine, cuyo título podría traducirse como "La ingobernable vida de Woody Allen". Y eso es apenas el principio -y lo menos importante y revelador- de un libro bien escrito e investigado por Marion Meade, biógrafa especialista en vidas complejas y complicadas -¿disfuncionales?- como las de Buster Keaton, Madame Blavatsky y Dorothy Parker, en las cuales nunca se sabe del todo dónde termina la realidad y comienza lo irreal: estas personas son especialistas en el fino y difícil arte de la reinvención y la máscara.

Libro serio

Lo interesante del muy documentado libro de Meade es que se trata del primer estudio serio sobre Allen no escrito desde el amarillismo biliar que caracterizó los días más duros del escándalo Mia Farrow/Soon-Yi, ni desde la más descarada admiración que regía antes de aquel episodio (la biografía "oficial" de Woody Allen, realizada por Eric Lax, contó con la "plena colaboración" del sujeto investigado; el Woody Allen on Woody Allen eran diálogos del artista con su fan Stig Bjîrkman; la más centrada pero un tanto insulsa Woody Allen, de John Baxter, no agregaba nada nuevo en ninguna dirección).

Allen es uno de esos iconos del siglo XX cuya sola figura -pensar en Freud, en Marilyn Monroe, en el Che Guevara- dice mucho más que varias toneladas de palabras. Un arquetipo. Para muchos un Shakespeare moderno a la hora de retratar su época: el triunfo del alfeñique de 44 kilates sobre el músculo de Charles Atlas, el inteligente gracioso, el tipo feo y bajito con bellas y altas mujeres a su lado, el antihéroe de éxito, el cineasta que no transa con el sistema, el hermoso perdedor y, finalmente, el degenerado que le saca polaroids pornos a la hija adoptiva de su mujer y manosea a su otra hijita, y traiciona a sus amigos y novias, y siempre se sale con la suya a la hora de redimirse y consagrarse como perfecto publicista de sí mismo. Woody Allen es un gran artista (lo que todos sabíamos) y una muy mala persona (lo que no nos atrevíamos a pensar muy en serio).

Lo que hace particularmente interesante la caída (en cámara lenta) de Woody Allen es que nadie se la esperaba, y mucho menos él. Décadas de vivir a cubierto y bien encubierto lo habían convertido en alguien demasiado seguro de sí mismo, basándose en el hecho de que -a través de su obra- se había convertido en su mejor y más astuto biógrafo, su vocero oficial y sumo sacerdote de su propio culto.

El atractivo y el mérito de Woody Allen reside en que es uno de los pocos artistas que se las ha arreglado para vender la inteligencia como una virtud, un elemento capaz de sustituir y hasta superar el atractivo físico en una época donde la imagen es lo más importante. Woody Allen se dedicó a construir su propia "buena imagen" a lo largo de películas que funcionan como astutas estrategias y brillantes publicidades de sí mismo.

Al final de su libro, Meade enumera datos de esos que producen cierto delicioso horror: sus mentiras a Mia Farrow (Allen le dijo que tenía sida para no tener que hacer el amor con ella), sus crisis de impotencia, sus fantasías suicidas, su pasividad curiosa ante los extraños métodos educativos de la Farrow, su relación casi simbiótica con su amiga y ahora productora Jean Doumanian, y su agónico renacimiento como tipo asqueroso dentro del inconsciente colectivo de su país -donde ya casi nadie va a ver sus películas por más que aparezca Leonardo Di Caprio- junto a gente como O.J. Simpson, la madame hollywoodense Heidi Fleiss y el polimorfo y perverso Michael Jackson.

Allen en una película de Woody Allen. Ese tipo gracioso que una vez afirmó, en broma y en serio: "Mi único pesar en la vida es no ser otra persona".

Woody Allen se ha convertido en un verdadero icono de estos tiempos.


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