Tomando
la palabra
En el mes del
maestro
Salvador
Samayoa
Nuestro
país lleva ya un buen tiempo abrumado por
los problemas de violencia y delincuencia. La
sensación generalizada es que nuestra
sociedad ha sufrido un considerable deterioro en
la conciencia y en la práctica de los
valores más fundamentales para la
convivencia armónica y el progreso de los
pueblos.
Ante esta situación, estamos poniendo
ahora mucho más cordura y empeño
en sanear y fortalecer las instituciones del
Estado que se dedican a enfrentar las peores
manifestaciones de la violencia, con la
esperanza de lograr que los policías, los
fiscales, los jueces y todos los operadores del
aparato de seguridad pública y del
sistema judicial sean más eficientes y
más honestos.
Eso está bien, sobre todo si se logran
modificar las estructuras políticas y
administrativas de los servicios
públicos. Entendidas de esta manera, la
depuración y la reforma son tareas
insoslayables, requisitos importantes para la
transición a la modernidad y vectores
direccionales de la transformación
institucional del Estado salvadoreño.
Pero este esfuerzo sólo toca de manera
tangencial el problema de fondo, cuya naturaleza
es eminentemente cultural.
Por cultura no entendemos aquí la
contemplación, el conocimiento, la
capacidad de análisis o la
creación de obras de arte. Por cultura
entendemos el conjunto de costumbres,
hábitos, valores, formas de
organización social, sensibilidades,
actitudes, tradiciones, parámetros de
conducta, normas de comportamiento, modelos de
identificación y una gran cantidad de
códigos de comunicación y de
relación que una determinada sociedad
comparte y acepta espontáneamente como
válidos, buenos, positivos o
deseables.
Aparentemente este es un problema
ético, en la medida en que se trata de
trazar líneas divisorias entre lo bueno y
lo malo, pero en realidad es un problema
cultural y así debe abordarse para o caer
en falsos moralismos o en prédicas
estériles.
El enfoque sociológico de la cultura
de un pueblo o de las subculturas que rigen y
expresan las particularidades de sus grupos
sociales nos remite directamente al problema de
la educación como el más
importante y trascendental de los
desafíos sociales. Esto es así en
cualquier tiempo y lugar, pero más
aún en un tiempo como el presente y en un
lugar como El Salvador.
La educación no se reduce al sistema
escolar. Hablamos de educación para la
convivencia y en este ámbito -todos
sabemos- son determinantes otros agentes de
socialización, tales como la familia y
los medios de comunicación. Pero no cabe
duda que la escuela tiene un papel fundamental
entre otras razones porque allí se
forman, o no se forman, o se deforman en las
edades cruciales los futuros padres de familia,
ciudadanos, comunicadores, profesionales y
funcionarios.
Esta es la razón de fondo por la que
debemos proponernos objetivos nacionales mucho
más ambiciosos, exigentes y claramente
prioritarios en materia de cobertura y calidad
de la educación.
A este propósito trata de responder la
visión del Ministerio de
Educación, sintetizada en un documento
titulado "Desafíos de la Educación
en el Nuevo Milenio". Allí se expresan,
como en todo documento programático,
objetivos, líneas estratégicas,
programas y acciones destinados a mejorar en
aspectos diversos y hasta en dimensiones
diferentes el sistema educativo en el
próximo quinquenio.
En el documento se reconoce que "la calidad
educativa está directamente relacionada
con el desempeño de los actores
educativos, particularmente de los maestros y
directores", pero pronto encontramos que esta
premisa se estrella con dos limitaciones: la
primera es que el milenio se hace quinquenio; la
segunda es que se traslapa la función de
ejecutar programas gubernamentales con la
misión mucho más trascendental de
orientar, inducir y fecundar el esfuerzo de toda
la nación.
En este último plano los ciudadanos
particulares tenemos mayor latitud y menores
restricciones que los funcionarios para darle un
poco más de vuelo a la imaginación
social y para decir sin ambajes que el cambio
cultural de nuestro pueblo pasa por la calidad
de su sistema educativo y éste a su vez
pasa por un cambio histórico en el
horizonte cultural de los maestros.
Aquí no hablamos sólo o
predominantemente de capacitación del
magisterio. Aquí hablamos de cambio en su
horizonte cultural; y esto comienza por un
cambio sustancial, apreciable y efectivo en su
condición económica y social.
El Estado no puede ser el gran elevador de la
calidad de los maestros. El maestro debe poder
hacerse a sí mismo como persona y como
profesional. Por eso imaginamos a un maestro que
gane el doble o el triple de su salario actual;
a un maestro que no viva en tugurios, que no
tenga que llegar al aula estrujado, desvelado,
estresado, empapado, con su autoestima
destrozada y con psicología de sardina
enlatada después de dos horas de colas y
de buses.
Imaginamos a un maestro con computadora y
conexión de internet en su casa; a un
maestro que no tiene que trabajar tres turnos
para medio sobrevivir; a un maestro que tiene
tiempo y recursos razonables para estar con su
familia, para divertirse, para estudiar, para
preparar sus clases, para viajar de vez en
cuando y tomar contacto con otras culturas y
civilizaciones; a un maestro con ánimos
para ilusionarse y comprometerse con el
crecimiento espiritual e intelectual de sus
alumnos.
Imaginamos a un maestro claramente situado en
la clase media emergente de la población
y no en las clases apachurradas, frustradas,
amargadas, resentidas, agresivas,
desesperanzadas, oprimidas y radicalizadas.