Jueves 29 de junio


Tomando la palabra
En el mes del maestro
Salvador Samayoa

Nuestro país lleva ya un buen tiempo abrumado por los problemas de violencia y delincuencia. La sensación generalizada es que nuestra sociedad ha sufrido un considerable deterioro en la conciencia y en la práctica de los valores más fundamentales para la convivencia armónica y el progreso de los pueblos.

Ante esta situación, estamos poniendo ahora mucho más cordura y empeño en sanear y fortalecer las instituciones del Estado que se dedican a enfrentar las peores manifestaciones de la violencia, con la esperanza de lograr que los policías, los fiscales, los jueces y todos los operadores del aparato de seguridad pública y del sistema judicial sean más eficientes y más honestos.

Eso está bien, sobre todo si se logran modificar las estructuras políticas y administrativas de los servicios públicos. Entendidas de esta manera, la depuración y la reforma son tareas insoslayables, requisitos importantes para la transición a la modernidad y vectores direccionales de la transformación institucional del Estado salvadoreño. Pero este esfuerzo sólo toca de manera tangencial el problema de fondo, cuya naturaleza es eminentemente cultural.

Por cultura no entendemos aquí la contemplación, el conocimiento, la capacidad de análisis o la creación de obras de arte. Por cultura entendemos el conjunto de costumbres, hábitos, valores, formas de organización social, sensibilidades, actitudes, tradiciones, parámetros de conducta, normas de comportamiento, modelos de identificación y una gran cantidad de códigos de comunicación y de relación que una determinada sociedad comparte y acepta espontáneamente como válidos, buenos, positivos o deseables.

Aparentemente este es un problema ético, en la medida en que se trata de trazar líneas divisorias entre lo bueno y lo malo, pero en realidad es un problema cultural y así debe abordarse para o caer en falsos moralismos o en prédicas estériles.

El enfoque sociológico de la cultura de un pueblo o de las subculturas que rigen y expresan las particularidades de sus grupos sociales nos remite directamente al problema de la educación como el más importante y trascendental de los desafíos sociales. Esto es así en cualquier tiempo y lugar, pero más aún en un tiempo como el presente y en un lugar como El Salvador.

La educación no se reduce al sistema escolar. Hablamos de educación para la convivencia y en este ámbito -todos sabemos- son determinantes otros agentes de socialización, tales como la familia y los medios de comunicación. Pero no cabe duda que la escuela tiene un papel fundamental entre otras razones porque allí se forman, o no se forman, o se deforman en las edades cruciales los futuros padres de familia, ciudadanos, comunicadores, profesionales y funcionarios.

Esta es la razón de fondo por la que debemos proponernos objetivos nacionales mucho más ambiciosos, exigentes y claramente prioritarios en materia de cobertura y calidad de la educación.

A este propósito trata de responder la visión del Ministerio de Educación, sintetizada en un documento titulado "Desafíos de la Educación en el Nuevo Milenio". Allí se expresan, como en todo documento programático, objetivos, líneas estratégicas, programas y acciones destinados a mejorar en aspectos diversos y hasta en dimensiones diferentes el sistema educativo en el próximo quinquenio.

En el documento se reconoce que "la calidad educativa está directamente relacionada con el desempeño de los actores educativos, particularmente de los maestros y directores", pero pronto encontramos que esta premisa se estrella con dos limitaciones: la primera es que el milenio se hace quinquenio; la segunda es que se traslapa la función de ejecutar programas gubernamentales con la misión mucho más trascendental de orientar, inducir y fecundar el esfuerzo de toda la nación.

En este último plano los ciudadanos particulares tenemos mayor latitud y menores restricciones que los funcionarios para darle un poco más de vuelo a la imaginación social y para decir sin ambajes que el cambio cultural de nuestro pueblo pasa por la calidad de su sistema educativo y éste a su vez pasa por un cambio histórico en el horizonte cultural de los maestros.

Aquí no hablamos sólo o predominantemente de capacitación del magisterio. Aquí hablamos de cambio en su horizonte cultural; y esto comienza por un cambio sustancial, apreciable y efectivo en su condición económica y social.

El Estado no puede ser el gran elevador de la calidad de los maestros. El maestro debe poder hacerse a sí mismo como persona y como profesional. Por eso imaginamos a un maestro que gane el doble o el triple de su salario actual; a un maestro que no viva en tugurios, que no tenga que llegar al aula estrujado, desvelado, estresado, empapado, con su autoestima destrozada y con psicología de sardina enlatada después de dos horas de colas y de buses.

Imaginamos a un maestro con computadora y conexión de internet en su casa; a un maestro que no tiene que trabajar tres turnos para medio sobrevivir; a un maestro que tiene tiempo y recursos razonables para estar con su familia, para divertirse, para estudiar, para preparar sus clases, para viajar de vez en cuando y tomar contacto con otras culturas y civilizaciones; a un maestro con ánimos para ilusionarse y comprometerse con el crecimiento espiritual e intelectual de sus alumnos.

Imaginamos a un maestro claramente situado en la clase media emergente de la población y no en las clases apachurradas, frustradas, amargadas, resentidas, agresivas, desesperanzadas, oprimidas y radicalizadas.


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