La
Nota del Día
Inmersos en el
estruendo
Una deliciosa comedia de los años
sesenta, protagonizada por Gary Cooper y Audrey
Hepburn, exhibe las tribulaciones y triunfos de
un tímido don Juan, que para no hablar a
sus dulcineas, se hacía acompañar
permanentemente de un conjunto de violines. En
cuanto se presentaba una ocasión
íntima -en su apartamento del hotel, en
un restaurante, paseando por Parí- al
abrir ella la boca, surgían de la nada,
por pura magia, los violinistas. Y así,
arrullada por dulces melodías, va cayendo
la doncella en las redes...
Sin duda muchos piensan que el primordial
objetivo de una reunión, se trate de
bodas, recepciones, aniversarios y festejos, es
no proferir ni escuchar palabra, sino quedar
inmerso en el implacable sonido de trompetas,
guitarras, tambores y cuerdas. Mientras mayor
sea el volumen, mejor: se da descanso al
ingenio, se olvidan comentarios, se hace de lado
el humor y se puede sonreír
permanentemente. Las conversaciones son de dos
vías: uno dice algo sobre el clima y el
otro le responde mencionando un juego deportivo.
Cada quien sigue sus rutas sin entendimiento de
ninguna clase.
Dios no habría podido confundir las
lenguas de los constructores de Babel, la
mítica torre, si los sumerios hubieran
contado con conjuntos de "heavy metal" y
tremendos amplificadores y parlantes. A nadie le
importa lo que habla su vecino, pues de todas
maneras no puede oírlo. En la
mayoría de fiestas aquí en El
Salvador, y no sólo en los pueblos y las
barriadas, los convidados se sientan alrededor
de una mesa sin establecer trato alguno. Y
mientras la mayoría de ellos está
petrificada, unos cuantos se levantan a
contorsionarse, pero sin hablar. Como Gary
Cooper en el filme.
No hay duda de que para los conjuntos que
ensordecen las reuniones, los asistentes
están allí para escucharlos. Nada
de plática, o los últimos chismes
y maledicencias, o chistes, o conversaciones
serias. Lo que se busca es que no haya
más espacio mental que para la
música, y mientras más estridente,
mejor. El que asiste a la boda o al "convivio",
queda como los clientes de las discotecas, que
de manera voluntaria se sumergen en altos
decibeles.
"Si confirma, tenga la educación de
llegar..."
Es evidente que los sistemas sonoros de estos
conjuntos no tienen perillas para bajar o subir
el nivel de ruido. Un único ajuste vale
para todo, desde velorios en los caseríos
hasta las grandes recepciones oficiales y
diplomáticas. En el primer caso, para que
los dolientes se olviden de sus penas, y en el
segundo, para impedir que la fiesta sirva de
vehículo para tratos y
comunicaciones.
Una familia amiga nuestra tuvo el buen
sentido de pedir al conjunto que animó su
fiesta de bodas, tocar suave en la primera
parte, y más fuerte cuando llegó
el momento de mover la anatomía. La
fiesta resultó alegrísima y
"sensata".
Y ya que estamos en eso, hay que lamentar una
costumbre inaudita de nosotros los pipiles:
confirmar que se asiste a una reunión,
paro luego no aparecer. Los pobres anfitriones
hacen el gasto, dejan de invitar a otros amigos
y se quedan luego con el desaire. Inclusive hay
quienes llegan al colmo diciendo "que
harán lo posible, pero no pueden
asegurarlo". Es decir, "ténganme el
puesto por si decido llegar". La gente
aquí está invitando un
número más, "por si las
moscas...".