Jueves 29 de junio


La Nota del Día
 

Inmersos en el estruendo

Una deliciosa comedia de los años sesenta, protagonizada por Gary Cooper y Audrey Hepburn, exhibe las tribulaciones y triunfos de un tímido don Juan, que para no hablar a sus dulcineas, se hacía acompañar permanentemente de un conjunto de violines. En cuanto se presentaba una ocasión íntima -en su apartamento del hotel, en un restaurante, paseando por Parí- al abrir ella la boca, surgían de la nada, por pura magia, los violinistas. Y así, arrullada por dulces melodías, va cayendo la doncella en las redes...

Sin duda muchos piensan que el primordial objetivo de una reunión, se trate de bodas, recepciones, aniversarios y festejos, es no proferir ni escuchar palabra, sino quedar inmerso en el implacable sonido de trompetas, guitarras, tambores y cuerdas. Mientras mayor sea el volumen, mejor: se da descanso al ingenio, se olvidan comentarios, se hace de lado el humor y se puede sonreír permanentemente. Las conversaciones son de dos vías: uno dice algo sobre el clima y el otro le responde mencionando un juego deportivo. Cada quien sigue sus rutas sin entendimiento de ninguna clase.

Dios no habría podido confundir las lenguas de los constructores de Babel, la mítica torre, si los sumerios hubieran contado con conjuntos de "heavy metal" y tremendos amplificadores y parlantes. A nadie le importa lo que habla su vecino, pues de todas maneras no puede oírlo. En la mayoría de fiestas aquí en El Salvador, y no sólo en los pueblos y las barriadas, los convidados se sientan alrededor de una mesa sin establecer trato alguno. Y mientras la mayoría de ellos está petrificada, unos cuantos se levantan a contorsionarse, pero sin hablar. Como Gary Cooper en el filme.

No hay duda de que para los conjuntos que ensordecen las reuniones, los asistentes están allí para escucharlos. Nada de plática, o los últimos chismes y maledicencias, o chistes, o conversaciones serias. Lo que se busca es que no haya más espacio mental que para la música, y mientras más estridente, mejor. El que asiste a la boda o al "convivio", queda como los clientes de las discotecas, que de manera voluntaria se sumergen en altos decibeles.

"Si confirma, tenga la educación de llegar..."

Es evidente que los sistemas sonoros de estos conjuntos no tienen perillas para bajar o subir el nivel de ruido. Un único ajuste vale para todo, desde velorios en los caseríos hasta las grandes recepciones oficiales y diplomáticas. En el primer caso, para que los dolientes se olviden de sus penas, y en el segundo, para impedir que la fiesta sirva de vehículo para tratos y comunicaciones.

Una familia amiga nuestra tuvo el buen sentido de pedir al conjunto que animó su fiesta de bodas, tocar suave en la primera parte, y más fuerte cuando llegó el momento de mover la anatomía. La fiesta resultó alegrísima y "sensata".

Y ya que estamos en eso, hay que lamentar una costumbre inaudita de nosotros los pipiles: confirmar que se asiste a una reunión, paro luego no aparecer. Los pobres anfitriones hacen el gasto, dejan de invitar a otros amigos y se quedan luego con el desaire. Inclusive hay quienes llegan al colmo diciendo "que harán lo posible, pero no pueden asegurarlo". Es decir, "ténganme el puesto por si decido llegar". La gente aquí está invitando un número más, "por si las moscas...".


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