- Castiguemos
con dureza
- No basta capturar,
lamentar y llorar
- Manuel
J. Aguilar Trujillo.
Hace
ya treinta y ocho años, el diecisiete
de febrero de mil novecientos sesenta y dos,
en un matutino que no es EL DIARIO DE HOY,
escribimos un artículo que titulamos
¡Basta ya!, preocupados por la gran ola
de violencia que en ese entonces azotaba al
país en forma inmisericorde. Tres
años después, el 31 de julio de
mil novecientos sesenta y cinco, volvimos a
escribir, esta vez en EL DIARIO DE HOY, que
es en donde se me han publicado cerca del
noventa por ciento en mis artículos,
otro titulado: "Sigamos el ejemplo de
Guatemala", en donde en esos días
habían sido fusilados cinco asesinos
del músico Oscar Rodríguez
Pacheco y del agente de la Policía
Nacional, Juan Pablo Chacón Posada,
sentencia que se llevó a cabo, a pesar
de la protesta de los "amigos de la
delincuencia", los cuales guardan gran
hermetismo cuando se trata de defender la
vida de las víctimas, alegando, entre
otras cosas, el "respeto a la vida humana",
en lo que estamos absolutamente de acuerdo;
sin embargo, les pregunto: ¿Alguien que
es capaz de violar y por consiguiente
descuartizar a una criaturita, un angelito de
meses, es un ser humano? Alguien capaz de
secuestrar a un niño, a un adulto,
cobrar por su rescate luego de haber
mantenido en un infierno de zozobras a ellos
y a sus familiares, y luego de torturarlos
les asesinan, ¿es un ser humano? Un
padre, padrastro, tío o familiar que
viola a un niño, a una niña, a
una o a un adolescente o adulto, y luego de
satisfacer sus apetitos la asesina, ¿es
un ser humano? Si es así, que se le
respete la vida, se les lleve ante un
siquiatra y se les dé la casa por
cárcel. De lo contrario, si estos no
son más que bestias rabiosas, como sin
duda lo son, el único castigo
será, o bien cadena perpetua o la pena
capital.
Cuando escribimos los artículos que
hemos mencionado arriba, luego siguieron
varias decenas más. Asaltos,
asesinatos, violaciones, desfalcos, eran
cosas que si bien preocupaban, y para esa
época alarmaban, hoy, contemplando lo
que sucedió, a la distancia, parecen
cosas de travesuras, cosa de niños
malcriados, de menores infractores.
El Salvador, en estos últimos
tiempos, ha entrado de lleno a una
vorágine de asesinatos, violaciones,
asaltos, secuestros, desfalcos, robos y otras
"minucias" por el estilo, que gracias a
nuestras sabias y humanitarias leyes, han
convertido al país en un
paraíso de la delincuencia, en donde,
por verdaderos milagros, los criminales son
capturados, juzgados y condenados.
Lo común, que hace que la
Fiscalía frecuentemente proteste, es
que algunos jueces, muy apegados a estas
maravillosas leyes, por quítame de
aquí esta paja, dejen en libertad a
verdaderas bestias con figura cuasi humana,
o, cambiando, también en forma
humanitaria, el tipo del delito, les
sentencien a penas que están muy por
debajo del crimen cometido y por el cual
fueron capturados, juzgados y condenados.
Como si las cosas ya no fuesen de por
sí aflictivas, hoy vemos cómo
un cuerpo, supuestamente dedicado a brindar
seguridad a los que vivimos en El Salvador,
todos los días alguno o varios de sus
miembros se ven implicados en asesinatos,
asaltos, secuestros y violaciones.
¡Basta ya! No es suficiente capturar,
discursear, prometer, llorar y lamentar; es
necesario castigar y fuerte, duro, muy duro,
de lo contrario, tal como nos está
sucediendo, "lloraremos como mujeres lo que
no pudimos defender como hombres", que es la
honra y la integridad de nuestras
familias.
Que el Divino Salvador del Mundo se digne
proteger a su tocayo El Salvador no de tanto
delincuente, sino de tanta gente indiferente,
de tanto amante de los delincuentes y que se
estremecen e indignan cuando se les condena y
no dicen esta boca es mía cuando leen
de la violación de un angelito, del
asesinato de un ciudadano ni del secuestro de
esta o aquella persona... mientras no sean
familiares suyos.
¿Seré yo la voz (vox clamantis
in deserto) que clama en el desierto?