La
Nota del Día
11 de Junio de 2000
Como se dijo, ha
ocurrido...
No se requiere ser profeta para predecir que
al dejar solo al niño en la cocina,
terminará quemándose. Y lo mismo
sucede con la iluminación de la autopista
a Comalapa: anticipamos que sería un
fracaso, y en fracaso ha terminado.
El jueves de la semana pasada, al volver de
un viaje, recorrimos el trayecto del aeropuerto
a San Salvador en casi plena oscuridad, pues
como se advirtió, bandas de
"reivindicadores sociales" roban las
lámparas y el cableado, nadie sabe a
quién corresponde pagar la luz y el
mantenimiento es, o muy pobre, o nulo. Los
postes están allí, mientras
alguien no los reivindique, como mudos testigos
de la terquedad y la malicia
burocrática.
Cuando se anunció el proyecto
escribimos un editorial (19 de noviembre de
1998) haciendo ver lo absurdo del asunto. Si la
carretera de Milán a Turín, o la
de Madrid a Toledo, no están iluminadas,
no tenía sentido que estuviera la
nuestra. Esa clase de lujos sólo se los
pueden dar los países desarrollados, pero
no naciones del quinto mundo como la sufrida
patria, donde hay cosas muchísimo
más urgentes y necesarias que poner luz
en carreteras.
A Dios gracias no se siguió adelante
con el grandioso plan de iluminar otras tres
carreteras, incluyendo la que lleva a Santa Ana
y la Troncal del Norte, pues lo mismo
pasaría: abandono y colosal desperdicio
de recursos. Como dijimos entonces (23 de
noviembre de 1998) es un contrasentido eso de
"carreteras iluminadas en el país de
ciudades y pueblos oscuros". Con tantas
necesidades y estando a medias la tarea de
reconstrucción, duele horrores la siembra
de postes y la dotación de
lámparas en trayectos de poco uso.
La propia ruta al aeropuerto,
señalamos en esa ocasión, tiene
prioridades más urgentes, desde
incrementar la vigilancia hasta recarpetear el
pavimento. El argumento que entonces se dio
sobre la seguridad tampoco es válido, ya
que a plena luz del día, y hasta con los
rostros descubiertos, asaltan en San Salvador.
Patrullajes a lo largo de la carretera que
coincidan con las llegadas y salidas de los
vuelos, serían muchísimo
más efectivos para disuadir a los
atracadores. De hecho hay bandas que no asaltan
en la carretera, sino que persiguen a sus
víctimas hasta sus casas para robarles y
en ocasiones asesinarlas.
Quitemos los postes y
aprendamos la lección
En otro editorial entonces (25 de noviembre
de 1998) también objetamos la manera en
que se adjudicaron las obras sin efectuar una
licitación pública. Se
alegó que había "urgencia", pese a
que la ley habla de emergencia, como cuando se
producen catástrofes (Mitch). Pero ese
fue otro quinquenio de alegres licitaciones,
concedidas casi todas a dedo, a los amigotes,
con reglas elásticas. Lo peor, para obras
costosisisisísimas. El posterior
deslizamiento de la economía, o
"recesión" para quienes lo sufren, a las
claras es un resultado de los despilfarros de
ese momento.
Lo mejor que se puede hacer ahora es
olvidarse del asunto, quitar los postes y lo que
no se hayan robado los "reivindicadores
sociales", y usar esos dineros y materiales para
tanta ciudad y pueblo que siguen a oscuras. Y ya
que se está en eso, proceder cuanto antes
a diseñar y aplicar un plan de rescate de
la carretera al aeropuerto, para que no se
convierta en una nueva calle a Soyapango.