Miércoles 14 de junio


La Nota del Día
 

11 de Junio de 2000

Como se dijo, ha ocurrido...

No se requiere ser profeta para predecir que al dejar solo al niño en la cocina, terminará quemándose. Y lo mismo sucede con la iluminación de la autopista a Comalapa: anticipamos que sería un fracaso, y en fracaso ha terminado.

El jueves de la semana pasada, al volver de un viaje, recorrimos el trayecto del aeropuerto a San Salvador en casi plena oscuridad, pues como se advirtió, bandas de "reivindicadores sociales" roban las lámparas y el cableado, nadie sabe a quién corresponde pagar la luz y el mantenimiento es, o muy pobre, o nulo. Los postes están allí, mientras alguien no los reivindique, como mudos testigos de la terquedad y la malicia burocrática.

Cuando se anunció el proyecto escribimos un editorial (19 de noviembre de 1998) haciendo ver lo absurdo del asunto. Si la carretera de Milán a Turín, o la de Madrid a Toledo, no están iluminadas, no tenía sentido que estuviera la nuestra. Esa clase de lujos sólo se los pueden dar los países desarrollados, pero no naciones del quinto mundo como la sufrida patria, donde hay cosas muchísimo más urgentes y necesarias que poner luz en carreteras.

A Dios gracias no se siguió adelante con el grandioso plan de iluminar otras tres carreteras, incluyendo la que lleva a Santa Ana y la Troncal del Norte, pues lo mismo pasaría: abandono y colosal desperdicio de recursos. Como dijimos entonces (23 de noviembre de 1998) es un contrasentido eso de "carreteras iluminadas en el país de ciudades y pueblos oscuros". Con tantas necesidades y estando a medias la tarea de reconstrucción, duele horrores la siembra de postes y la dotación de lámparas en trayectos de poco uso.

La propia ruta al aeropuerto, señalamos en esa ocasión, tiene prioridades más urgentes, desde incrementar la vigilancia hasta recarpetear el pavimento. El argumento que entonces se dio sobre la seguridad tampoco es válido, ya que a plena luz del día, y hasta con los rostros descubiertos, asaltan en San Salvador. Patrullajes a lo largo de la carretera que coincidan con las llegadas y salidas de los vuelos, serían muchísimo más efectivos para disuadir a los atracadores. De hecho hay bandas que no asaltan en la carretera, sino que persiguen a sus víctimas hasta sus casas para robarles y en ocasiones asesinarlas.

Quitemos los postes y aprendamos la lección

En otro editorial entonces (25 de noviembre de 1998) también objetamos la manera en que se adjudicaron las obras sin efectuar una licitación pública. Se alegó que había "urgencia", pese a que la ley habla de emergencia, como cuando se producen catástrofes (Mitch). Pero ese fue otro quinquenio de alegres licitaciones, concedidas casi todas a dedo, a los amigotes, con reglas elásticas. Lo peor, para obras costosisisisísimas. El posterior deslizamiento de la economía, o "recesión" para quienes lo sufren, a las claras es un resultado de los despilfarros de ese momento.

Lo mejor que se puede hacer ahora es olvidarse del asunto, quitar los postes y lo que no se hayan robado los "reivindicadores sociales", y usar esos dineros y materiales para tanta ciudad y pueblo que siguen a oscuras. Y ya que se está en eso, proceder cuanto antes a diseñar y aplicar un plan de rescate de la carretera al aeropuerto, para que no se convierta en una nueva calle a Soyapango.


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