Martes 13 de junio


La Nota del Día
 

11 de Junio de 2000

Son prácticas que deben terminar

En esto de las escuchas telefónicas, las víctimas hemos sido muchos, desde la empresa de telefonía que en apariencia fue forzada a desviar llamadas, hasta aquellos cuya intimidad viene siendo pisoteada. Son estos resabios de las viejas prácticas autoritarias que, en algún momento, con el afianzamiento de la democracia, tienen que terminar.

Pero lo absurdo es que, por las señales que se tienen, el montaje no ha contribuido a afianzar la seguridad del Estado, o informar mejor al Ejecutivo de lo que se piensa y de conspiraciones en marcha, o combatir la delincuencia organizada. Las interferencias han sido muy valiosas para seguir la pista de ciertos execrables crímenes, pero en su mayoría se ocupan para recoger información sobre ciudadanos pacíficos que destacan en alguna manera. Se busca saber lo que políticos, empresarios, banqueros, ministros, periodistas, entidades y gente corriente, hacen de sus vidas, de su ocio, de sus sentimientos y de sus relaciones.

Es esa la razón de que los teléfonos de constructoras estuvieran intervenidos, o se escuchara a las personas que llamaban a una asociación de "gays". Se interviene a gente que no es amenaza ni para el gobierno ni para la sociedad ni para nadie. Se pinchan los teléfonos cuando las personas señaladas hablan con sus amigos, sus novias, sus banqueros y sus clientes. Se les oye para "tenerles la cola pateada" con algo que, en algún momento, pueda doblegar su voluntad o forzarlos a algo.

Lo asombroso es que sólo un pequeño grupo, o más bien un individuo, es el principal beneficiado -así lo supone él- de esta intromisión en vidas ajenas. Lo que averigua lo manipula en diversas formas: haciendo chistes en reuniones, soltando indirectas, alimentando hocicos ajenos para insinuar y amenazar. Ese conocimiento le da una medida de poder sobre funcionarios, políticos, ministros y otros; aunque la gente sabe algo de lo que este señor conoce, no alcanza a vislumbrar hasta dónde ha escarbado.

Toca a la presidencia corregir esta situación

Jugar de espía termina hundiendo a alguien en infamias y extremos cada vez peores. Se comienza con las llamadas y se termina con seguimientos en vehículos, con fotografías a distancia, con pagos a las personas con quienes las víctimas tratan, para conocer más. El aparato que se debe utilizar contra criminales, termina usándose para vigilar y hostigar a ciudadanos con responsabilidades y protagonismo. Los extremos en que se cae se dan bajo regímenes totalitarios, como los comunistas cubanos y nicaragüenses, donde la delación, la vigilancia cuadra por cuadra, los espías dentro de las propias casas y sitios de trabajo encadenan a cada ser humano.

El asunto se ha salido de las manos y puede causar graves perjuicios al actual gobierno, a nuestra sociedad y a la democracia. Urge legislar para que las autoridades usen las interferencias en su lucha contra el crimen, pero en acciones transparentes que no sean amenaza para nadie.

Urge, asimismo, que el Presidente de la República corrija esta situación, desautorizando a quien y quienes se han valido de su confianza y de la cercanía al cargo, para montar un aparataje que ningún beneficio trae al Ejecutivo, pero que se ha transformado en un foco de chantajes y amenazas. La voz pública señala al responsable de jugar con vidas y reputaciones ajenas.


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