Jueves 1 de junio


Llamarada de tusa en ARENA

Anunciar con bombo y platillo el triple salto mortal y luego quedarse en una tímida cabriola (y con red debajo, por si falla), es hacer un ridículo espantoso.

Juan Bosco Martín

En la carpa de la política nacional, ARENA nos ha ofrecido una mueca circense que a la mayoría de los ciudadanos no les ha despertado un atisbo de sonrisa, porque ni el partido de Gobierno es un criadero de cómicos ni el público presenció ese bienintencionado congreso con "animus jodiendi".

Las cosas serias, cuando se llevan a cabo, deben terminar en resultados serios. Mínimamente creíbles. Después de la algarabía postelectoral, de las lágrimas de Cristiani, las asonadas de Valdivieso, el gozo apenas oculto de Flores y el silencio de Calderón nos topamos con que sigue Cristiani, se mantienen los estatutos, se cierran las puertas a las primarias y se suspenden los cambios hasta nueva orden. ¿Para qué convocaron a un congreso extraordinario entonces? Más le hubiera valido a los del puño en pecho organizar un simposio a la romana, o sea, reunirse alrededor de un balde del pílsener para arreglar el mundo; deporte que, practicado con una mesurada frecuencia, es el más sincero de los ejercicios políticos. "In vino, veritas", dice el adagio. (Hoy me levanté clásico, como ven).

Los estatutos del partido no resisten, hoy en día, el análisis de un estudiante de primer año de Filosofía. Arrojar la excusa de la "profundización en nuestros orígenes ideológicos" sólo demuestra que los congresistas están más perdidos que un pulpo en un garaje. O que no saben lo que quieren. De eso es muy consciente el presidente Flores, que casi tiene de tanto de filósofo como de político.

En 1981, Roberto D'Aubuisson hizo lo que se debe hacer en tiempos de guerra: convertir su doctrina en el hecho, como afirmaba Mussolini en una de sus escasas piruetas intelectuales. Cuando ARENA asumió el poder, después de una intensa oposición al diálogo con la guerrilla, el Mayor cambió su criterio (lógico, habían cambiado los tiempos), y empujó a su tropa hacia la negociación con los barbudos.

Produce un poco de lástima comprobar que los discípulos del d´Aubuisson no tienen ni idea de qué hacer con el partido que heredaron en la Paz. Es lo único que se me ocurre: quieren cambiar, pueden cambiar, deben cambiar y, sin embargo, no saben cómo. Tal vez debieran interpretar con más sentido común y menos sentimentalismo por qué D'Abuisson hizo lo que hizo.


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