Llamarada de tusa en
ARENA
Anunciar con bombo y platillo el triple
salto mortal y luego quedarse en una
tímida cabriola (y con red debajo, por si
falla), es hacer un ridículo
espantoso.
Juan Bosco
Martín
En
la carpa de la política nacional, ARENA
nos ha ofrecido una mueca circense que a la
mayoría de los ciudadanos no les ha
despertado un atisbo de sonrisa, porque ni el
partido de Gobierno es un criadero de
cómicos ni el público
presenció ese bienintencionado congreso
con "animus jodiendi".
Las cosas serias, cuando se llevan a cabo,
deben terminar en resultados serios.
Mínimamente creíbles.
Después de la algarabía
postelectoral, de las lágrimas de
Cristiani, las asonadas de Valdivieso, el gozo
apenas oculto de Flores y el silencio de
Calderón nos topamos con que sigue
Cristiani, se mantienen los estatutos, se
cierran las puertas a las primarias y se
suspenden los cambios hasta nueva orden.
¿Para qué convocaron a un congreso
extraordinario entonces? Más le hubiera
valido a los del puño en pecho organizar
un simposio a la romana, o sea, reunirse
alrededor de un balde del pílsener para
arreglar el mundo; deporte que, practicado con
una mesurada frecuencia, es el más
sincero de los ejercicios políticos. "In
vino, veritas", dice el adagio. (Hoy me
levanté clásico, como ven).
Los estatutos del partido no resisten, hoy en
día, el análisis de un estudiante
de primer año de Filosofía.
Arrojar la excusa de la "profundización
en nuestros orígenes ideológicos"
sólo demuestra que los congresistas
están más perdidos que un pulpo en
un garaje. O que no saben lo que quieren. De eso
es muy consciente el presidente Flores, que casi
tiene de tanto de filósofo como de
político.
En 1981, Roberto D'Aubuisson hizo lo que se
debe hacer en tiempos de guerra: convertir su
doctrina en el hecho, como afirmaba Mussolini en
una de sus escasas piruetas intelectuales.
Cuando ARENA asumió el poder,
después de una intensa oposición
al diálogo con la guerrilla, el Mayor
cambió su criterio (lógico,
habían cambiado los tiempos), y
empujó a su tropa hacia la
negociación con los barbudos.
Produce un poco de lástima comprobar
que los discípulos del d´Aubuisson
no tienen ni idea de qué hacer con el
partido que heredaron en la Paz. Es lo
único que se me ocurre: quieren cambiar,
pueden cambiar, deben cambiar y, sin embargo, no
saben cómo. Tal vez debieran interpretar
con más sentido común y menos
sentimentalismo por qué D'Abuisson hizo
lo que hizo.