Casos
de la vida real
Auge y caída
de Lito Bercián
Marvin
Galeas*
marvingal@usa.net
Lito Bercián y su hermano Toribio
nacieron en un hogar humilde en las orillas
del pueblo. Toribio era bastante mayor. Nunca
fue a la escuela. Se ganaba la vida pintando
cruces y tumbas el "Día de los
Muertos", hacía arreglos menores de
albañilería y, además,
mataba y enterraba perros con rabia.
Lito
corrió una suerte totalmente
diferente. Un matrimonio acomodado lo
adoptó como hijo prácticamente
desde que era un bebé. Lo mandaron a
la escuela y le compraban ropas y juguetes
caros. Lo adoraban. Aunque adoptivo, era el
hijo único. Jugábamos
fútbol en el parquecito frente a la
iglesia, y de vez en cuando, la mancha de
cipotes nos escapábamos al
río.
Lito y Toribio, aunque sabían que
eran hermanos de sangre, nunca platicaban
entre ellos. Lito era alegre y
hablantín. Toribio era callado, casi
mudo y melancólico. En la adolescencia
algunos de nosotros teníamos
bicicletas. A Lito le compraron una moto
Suzuki que nos mataba de envidia a todos.
Pasaba echo un bólido por la calle
principal. Hacía el caballito ante la
admiración de las lindas hijas de dona
Rosalba Matamoros.
Un día el padre adoptivo de Lito,
don Rafael, murió repentinamente de un
derrame cerebral. Siete semanas
después murió su esposa,
doña Aminta. El corazón se le
paralizó. No pudo soportar la partida
de su compañero de toda la vida. Lito
heredó, a los 17 años, una
verdadera fortuna. Varias casas, terrenos,
ganado, vehículos y cuentas
bancarias.
De la noche a la mañana Lito se
había convertido en el huérfano
más rico de nuestro pequeño
universo pueblerino. Pasó varias
semanas desconsolado. Casi no salía.
Vivía solo con una empleada bastante
vieja. Una cuadrilla de mozos seguían
encargándose de las tierras y el
ganado. A los pocos meses Lito cambió
de una manera radical.
Dejó de estudiar en el colegio
marista de San Miguel, donde lo habían
matriculado desde el séptimo grado.
Comenzó a emborracharse y a armar
escándalos nocturnos. Les compraba
discos y perfumes caros a las hijas de
doña Rosalba Matamoros. Siempre andaba
rodeado de tres o cuatro vagos que le
aplaudían las gracias de niño
rico.
En los burdeles de San Miguel, Lito era
tratado como un cliente distinguido.
Cambió la pequeña motocicleta
Suzuki por una gigantesca Yamaha enduro.
Además, tenía un Dodge Galant,
que siempre estaba atestado de amigos y
amigas. Hacía importantes donaciones
para las fiestas patronales. Todos gozaban,
bebían y parrandeaban con el dinero de
Lito. Era el más popular, el
más querido... "Este Lito tan loco que
es", decían las comadres en tono
perdonero.
Con nosotros casi no se metía. Pero
un día que estábamos jugando al
fútbol, la motocicleta parqueada a un
lado, llegó Toribio el mataperros y
llamó aparte a Lito. Le dijo: "Mire,
tal vez usted y yo no somos amigos, pero el
mismo tata nos hizo y la misma nana nos
parió. Somos hermanos aunque no
queramos. No sea pendejo, no ande gastando el
pistillo que tiene. Estudie y ahorre, si no
el día de mañana va a andar
matando perros con rabia como yo". Lito no
dijo nada, sólo se puso a reír
de manera nerviosa.
En efecto, después de dos
años de fiesta permanente, el dinero
del banco se acabó. Unos parientes de
los padres adoptivos, valiéndose de
abogados y tinterillos, arrebataron a Lito
tierras, ganados y casas. Lito se
quedó sin nada. Literalmente en la
calle. Mi hermano me dijo: "Si lo que
quería hacer es joder, con todo ese
dinero se hubiese ido a París a tomar
vino y joder con francesas y después
lanzarse a las aguas del Sena, pero este
pendejo nunca pasó de San Miguel".
Lito andaba en la calle borracho y rotoso.
Algunas señoras le daban algo de
comer. Dormía encogidito en los
corredores en las noches de tormenta. Los
amigos de antes le gritaban: "TE ACABASTE,
CABO DE VELA". Eran crueles esos tipos. La
última vez que vi a Lito
Bercián, fue cuando regresé de
Costa Rica de estudiar el bachillerato. Iba
con Toribio, su hermano de sangre, halando
con un lazo el cadáver de un perro con
rabia.
*Lic. en Idiomas y columnista de El
Diario de Hoy.