Jueves 1 de junio


Tema del momento
Manzanas podridas
Salvador Samayoa*

Nuestro país está alarmado por el involucramiento de policías en actos delincuenciales. Todavía no se conoce bien la magnitud del problema. Lo que sabemos a ciencia cierta es que son muchos casos. También sabemos que el mal debe corregirse de manera drástica y urgente, porque además del daño ocasionado en cada hecho delincuencial, se está causando un daño gravísimo en la confianza de la población hacia la autoridad.

Cualquier delincuente es malo para la sociedad, pero la gente espera siempre -a pesar de todos los pesares- la protección de las autoridades. Por eso, cuando es la autoridad misma la que delinque, la gente ya no tiene en quien confiar.

Entre las autoridades del Estado puede haber -seguramente hay- muchas manzanas podridas. Tantas o más que en la Policía. Lo que hace diferente al policía es el uniforme, las armas, las particulares atribuciones y el contacto en cada esquina con la población.

Cuando un político actúa mal, el juicio recae sobre su persona, con nombre y apellido. En el peor de los casos mancha un poco a su partido. Pero los políticos no van con uniforme. La gente puede distinguir a uno de otro. Además, la gente no tiene mucho peligro de encontrárselos en la calle, a menos -claro está- que haya elecciones. Además los políticos no están facultados por la ley para detener a los ciudadanos en los vehículos o en los buses, o para entrar a sus casas de habitación. Afortunadamente.

Los policías son diferentes. Cuando un policía actúa mal, actúa la Policía.. Y no hay manera de paliar el daño a la institución. Cuando se trata de políticos, de empresarios, de abogados o de cualquier otro gremio, la gente procesa la frustración y el escándalo de diferente manera. La gente comenta el discurso de uno, la rabieta de otro, la payasada de otro, o el fraude de otro, con nombre y apellido. Cuando se trata de policías, la gente dice: me paró la Policía, y dice bien porque, efectivamente, es una institución entera del Estado la que lo ha detenido.

El delincuente común defrauda, estafa, roba, viola, hiere o mata a nombre propio, con camisa de cuadros o con saco y corbata. El policía lo hace -cuando lo hace- con el uniforme de la autoridad a la que el Estado ha encargado la protección de los ciudadanos.

No hay más que argumentar. Es evidente que el daño ocasionado por un policía corrupto es de naturaleza diferente al daño que ocasiona un ciudadano común. En consecuencia, también es evidente que este daño se debe prevenir y sancionar de manera diferente. La Policía no es un gremio, o un sindicato, o un club de amigos, o un agrupamiento cualquiera de ciudadanos.

La depuración de la Policía es una necesidad indiscutible. El problema es quién la hace y cómo se hace, pero sin poner en duda, como punto de partida, que se trata de una situación excepcional y de mucha gravedad, ya que si no se acepta esta manera de ver las cosas desde la institucionalidad democrática normal, se abrirán espacios a otras definiciones, actitudes y situaciones en las que no quisiéramos ni pensar.

La depuración de la PNC se debe hacer, de preferencia, con respaldo de todas las fuerzas políticas, a menos que alguna de ellas decida oponerse sin argumentos válidos desde el punto de vista del interés social. Esto significa, en términos muy concretos, resistir a cualquier tentación de "madrugones" legislativos o de iniciativas de ley que sorprendan a los que siempre resultan sorprendidos con toda clase de sorpresas.

Dicho esto, sin embargo, también debe decirse que la situación no permite esperar que llegue el día del juicio final discutiendo las cosas en aras del consenso político, porque el tiempo apremia y porque el Órgano Ejecutivo del Estado tiene la obligación de responder a los ciudadanos por el funcionamiento de la Policía.

En este sentido, lo que procede es actuar en un clima sano y constructivo de entendimientos políticos. Esta es, claramente, la señal que ha querido enviar el Presidente de la República al conformar el equipo de trabajo que debe orientar las medidas más urgentes y la creación de mecanismos institucionales que sean efectivos a mediano y largo plazo.

Sobra decir que el saneamiento inmediato del clima político comienza por hacer a un lado cualquier discurso que señale o acuse sin fundamento válido a elementos policiales por razón de su pasado político. La depuración de la Policía se debe hacer con una extraordinaria pureza de criterios. El que quiera realizarla, obstruirla o manejarla para perjudicar la imagen de sus adversarios políticos, tendrá que asumir un costo altísimo en términos de censura popular.

También debe estar claro que la depuración tiene un carácter eminentemente administrativo. Es muy importante entender que determinado tipo de elementos probatorios son imprescindibles para acusar judicialmente a una persona, pero no son imprescindibles para separar a una persona de determinada función o cargo. Para este último propósito basta con apegarse a procedimientos que se deben poder adaptar sin arbitrariedades a necesidades cambiantes en cualquier institución del Estado.

De eso se trata, precisamente, la propuesta que debe presentarse para depurar a la PNC. No es necesario violar las leyes por razones de emergencia, pero tampoco es razonable anclarse en leyes inamovibles que, en este caso, podrían anular cualquier intento serio de depuración. La solución jurídica es la creación de mecanismos justos pero mucho más ágiles para separar de la institución a personas que acumulan indicios consistentes de conductas indebidas.

Esto va a plantear un problema de retroactividad, porque se tratará de mecanismos nuevos para procesar faltas anteriores, pero esto tiene solución constitucional si procedemos con genuina voluntad política y con efectivo criterio de responsabilidad social. Lo más decepcionante e inaceptable sería la parálisis o la politización ilegítima de un problema tan sensible para toda la población.

La depuración no es por sí misma garantía futura de limpieza y efectividad institucional. Para este efecto se deben hacer muchos cambios en la conducción de la PNC y en todas las instituciones del ramo de seguridad pública, pero la amplitud de esta agenda no debiera excusarnos de hacer inmediatamente lo que el pueblo entero está pidiendo a gritos.

* Columnista de El Diario de Hoy


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