Martes 25 de julio


Una efemérides
El tamaño de lo ocurrido
Francisco Díaz Rodríguez*
E-mail: fdiaz@navegante.com.sv

Mañana, 26 de julio del 2000, habrán transcurrido 10 años desde que se firmó el Acuerdo de San José sobre Derechos Humanos, el primero de los que nos permitieron en 1992 alcanzar la paz.

Hoy parece mentira que los grandes entendimientos de hace tan poco tiempo hayan sido tan elementales como éstos:

"1. Se tomarán de inmediato todas las acciones y medidas necesarias para evitar todo tipo de hechos o prácticas que atenten contra la vida, la integridad, la seguridad y la libertad de las personas. Asimismo, para erradicar toda práctica de desapariciones y secuestros.

Si no fuera cierto sería impensable pensar que, apenas entonces, haya sido necesario declarar cosas tan obvias como las siguientes:

"2. La garantía plena de la libertad y la integridad de la persona requiere de ciertas medidas inmediatas en orden a asegurar lo siguiente: a) Nadie podrá ser sujeto de captura por el legítimo ejercicio de sus derechos políticos; b) Una captura sólo podrá ser legítima si emana de autoridad competente, por escrito y de conformidad con la ley... d) Se evitará toda utilización de la captura como medio intimidatorio, e) Ningún detenido será incomunicado. f) Nadie será cometido a tortura.

"3. Se determinarán los procedimientos legales adecuados y los plazos para poner en libertad a las personas detenidas por razones políticas.

"4. Se ofrecerá el más amplio respaldo a la efectividad de los recursos de amparo y de exhibición personal...

"5. Se dará plena garantía al derecho de todas las personas de asociarse libremente con fines ideológicos, religiosos, políticos, económicos, laborales, sociales, culturales, deportivos o de cualquier otra índole. La libertad sindical será plenamente respetada.

"6. Se dará plena garantía a la libertad de expresión y de prensa, al derecho de respuesta y al ejercicio del periodismo".

¡Qué terrible! ¡Qué mal andábamos! ¡Tuvimos que esperar hasta 1990 -y una guerra- para comprometernos a respetar la ley y algunos de los principios liberales republicanos que inspiraron a los Próceres de la Independencia, en 1821, y que aparecen en todas nuestras Constituciones desde 1824!

Pero también que bello: ¡Cuánto avanzamos! ¡Salimos de la barbarie política y cultural! Por eso no somos pocos los impacientes que queremos avanzar más rápidamente hasta alcanzar el jubileo de la justicia, del desarrollo económico social, de la tranquilidad ciudadana y de la paz.

Al terminar la guerra de Viet Nam la población de los Estados Unidos era de, aproximadamente, 230 millones de personas. Habían muerto entre 60 y 70 mil soldados norteamericanos. Al firmarse la paz en El Salvador éramos unos 5 millones 400 mil salvadoreños y habíamos sufrido la muerte de cerca de 70 mil compatriotas, entre civiles -la inmensa mayoría-, militares e insurgentes. El 1.3% de nuestra población, más o menos.

Comparando proporcionalmente las cifras, si nuestra guerra interna hubiera ocurrido en los Estados Unidos, habrían muerto unos 2 millones 990 mil norteamericanos, casi 50 veces (49.83) más que los muertos en Viet Nam...

Después de las atrocidades de Hitler y de Stalin en Europa, ninguna nación de influencia occidental cristiana había vivido una tragedia de semejantes proporciones. Pol Pot en Camboya, Idi Amin Dadá en Uganda y las luchas étnicas en la vecina Ruanda, hicieron lo propio en Asia y África, respectivamente. Luego, de nuevo en el occidente cristiano, en la culta Europa, en Yugoslavia habrían de igualarnos o, tal vez, superarnos. Y todavía falta hablar de la sufrida Colombia y de nuestra hermana Guatemala.

Ese es el tamaño, para que sepamos dimensionarlo, de lo ocurrido en El Salvador. Ese es el tamaño de la tragedia que llevamos a cuestas y que, ilusos, pretendemos olvidar sin siquiera admitir la realidad.

Por eso es justo, equitativo y saludable recordar, analizar y buscar los caminos que nos lleven a una auténtica reconciliación nacional, caminos que pasan por conocer y admitir la verdad; porque todos los demás perdonen nuestras ofensas, como también nosotros perdonaremos a todos los que nos ofrecieron, y porque no nos dejemos caer en la tentación de pretender que olvidemos sin antes conocer la verdad para poderla perdonar. Amén.

Esta fue la propuesta de Monseñor Arturo Rivera Damas, es la de Juan Pablo Segundo en un reciente Mensaje para la Jornada Mundial por la Paz, es de la Naciones Unidas, es la de la psicología social y, especialmente, es la que nos dicta la buena razón. Encontrar el camino jurídico para hacer realidad ese nuestro Padre Nuestro y alcanzar una -amnistía del griego amnistía: olvido, perdón- que lo concretice y nos permita, como en la iglesia, darnos la paz, no la impunidad, es una tarea pendiente que la próxima semana habremos de abordar.

La gloriosa efemérides del Acuerdo de San José sobre Derechos Humanos me obligó a interrumpir el tema de la alianza estratégica CSJ-CNJ. Pero hay más tiempo que vida, ya vendrá de nuevo, vinculada, por cierto, con ese y con otros de los Acuerdos de Paz.

* Lic. en Derecho.


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