Una
efemérides
El tamaño de lo
ocurrido
Francisco
Díaz Rodríguez*
E-mail:
fdiaz@navegante.com.sv
Mañana,
26 de julio del 2000, habrán transcurrido
10 años desde que se firmó el
Acuerdo de San José sobre Derechos
Humanos, el primero de los que nos permitieron
en 1992 alcanzar la paz.
Hoy parece mentira que los grandes
entendimientos de hace tan poco tiempo hayan
sido tan elementales como éstos:
"1. Se tomarán de inmediato todas las
acciones y medidas necesarias para evitar todo
tipo de hechos o prácticas que atenten
contra la vida, la integridad, la seguridad y la
libertad de las personas. Asimismo, para
erradicar toda práctica de desapariciones
y secuestros.
Si no fuera cierto sería impensable
pensar que, apenas entonces, haya sido necesario
declarar cosas tan obvias como las
siguientes:
"2. La garantía plena de la libertad y
la integridad de la persona requiere de ciertas
medidas inmediatas en orden a asegurar lo
siguiente: a) Nadie podrá ser sujeto de
captura por el legítimo ejercicio de sus
derechos políticos; b) Una captura
sólo podrá ser legítima si
emana de autoridad competente, por escrito y de
conformidad con la ley... d) Se evitará
toda utilización de la captura como medio
intimidatorio, e) Ningún detenido
será incomunicado. f) Nadie será
cometido a tortura.
"3. Se determinarán los procedimientos
legales adecuados y los plazos para poner en
libertad a las personas detenidas por razones
políticas.
"4. Se ofrecerá el más amplio
respaldo a la efectividad de los recursos de
amparo y de exhibición personal...
"5. Se dará plena garantía al
derecho de todas las personas de asociarse
libremente con fines ideológicos,
religiosos, políticos, económicos,
laborales, sociales, culturales, deportivos o de
cualquier otra índole. La libertad
sindical será plenamente respetada.
"6. Se dará plena garantía a la
libertad de expresión y de prensa, al
derecho de respuesta y al ejercicio del
periodismo".
¡Qué terrible! ¡Qué
mal andábamos! ¡Tuvimos que esperar
hasta 1990 -y una guerra- para comprometernos a
respetar la ley y algunos de los principios
liberales republicanos que inspiraron a los
Próceres de la Independencia, en 1821, y
que aparecen en todas nuestras Constituciones
desde 1824!
Pero también que bello:
¡Cuánto avanzamos! ¡Salimos de
la barbarie política y cultural! Por eso
no somos pocos los impacientes que queremos
avanzar más rápidamente hasta
alcanzar el jubileo de la justicia, del
desarrollo económico social, de la
tranquilidad ciudadana y de la paz.
Al terminar la guerra de Viet Nam la
población de los Estados Unidos era de,
aproximadamente, 230 millones de personas.
Habían muerto entre 60 y 70 mil soldados
norteamericanos. Al firmarse la paz en El
Salvador éramos unos 5 millones 400 mil
salvadoreños y habíamos sufrido la
muerte de cerca de 70 mil compatriotas, entre
civiles -la inmensa mayoría-, militares e
insurgentes. El 1.3% de nuestra
población, más o menos.
Comparando proporcionalmente las cifras, si
nuestra guerra interna hubiera ocurrido en los
Estados Unidos, habrían muerto unos 2
millones 990 mil norteamericanos, casi 50 veces
(49.83) más que los muertos en Viet
Nam...
Después de las atrocidades de Hitler y
de Stalin en Europa, ninguna nación de
influencia occidental cristiana había
vivido una tragedia de semejantes proporciones.
Pol Pot en Camboya, Idi Amin Dadá en
Uganda y las luchas étnicas en la vecina
Ruanda, hicieron lo propio en Asia y
África, respectivamente. Luego, de nuevo
en el occidente cristiano, en la culta Europa,
en Yugoslavia habrían de igualarnos o,
tal vez, superarnos. Y todavía falta
hablar de la sufrida Colombia y de nuestra
hermana Guatemala.
Ese es el tamaño, para que sepamos
dimensionarlo, de lo ocurrido en El Salvador.
Ese es el tamaño de la tragedia que
llevamos a cuestas y que, ilusos, pretendemos
olvidar sin siquiera admitir la realidad.
Por eso es justo, equitativo y saludable
recordar, analizar y buscar los caminos que nos
lleven a una auténtica
reconciliación nacional, caminos que
pasan por conocer y admitir la verdad; porque
todos los demás perdonen nuestras
ofensas, como también nosotros
perdonaremos a todos los que nos ofrecieron, y
porque no nos dejemos caer en la
tentación de pretender que olvidemos sin
antes conocer la verdad para poderla perdonar.
Amén.
Esta fue la propuesta de Monseñor
Arturo Rivera Damas, es la de Juan Pablo Segundo
en un reciente Mensaje para la Jornada Mundial
por la Paz, es de la Naciones Unidas, es la de
la psicología social y, especialmente, es
la que nos dicta la buena razón.
Encontrar el camino jurídico para hacer
realidad ese nuestro Padre Nuestro y alcanzar
una -amnistía del griego amnistía:
olvido, perdón- que lo concretice y nos
permita, como en la iglesia, darnos la paz, no
la impunidad, es una tarea pendiente que la
próxima semana habremos de abordar.
La gloriosa efemérides del Acuerdo de
San José sobre Derechos Humanos me
obligó a interrumpir el tema de la
alianza estratégica CSJ-CNJ. Pero hay
más tiempo que vida, ya vendrá de
nuevo, vinculada, por cierto, con ese y con
otros de los Acuerdos de Paz.
* Lic. en Derecho.