Domingo 23 de julio


Filosofía Común
El árbol y el arroyo
Por Joaquín Cisneros

El grandioso follaje de un árbol, se embebía de sol, de lluvia y color. Al viajero constante de la vida, le ofrecía solaz y esperanza, para que pudiera emprender su largo o corto camino, y el viento enredado en su verde ramaje, tomaba fuerzas, para desplazarse ligero y refrescar el llano solitario. Los pájaros tempraneros, saltaban de rama en rama y desde ahí, las inquietas avecillas, lanzaban el concierto esperanzador de la mañana fría. Este privilegio natural, de ser, todo lo que hemos narrado, había llenado de orgullo al gigantesco y bello árbol, que se consideraba el rey de la impresionante colina.

El huidizo y transparente arroyo, que provenía, de una vertiente cercana, que a diario pasaba por la cuenca aledaña al sitial donde permanecía enhiesto el árbol de nuestra historia, de repente increpó al grandioso ejemplar de la campiña silvestre, haciéndole notar, que su orgullo, altivez y gallardía, se la debía exclusivamente a él, quien era, sin discusión la razón de ser, de su maravillosa fisonomía verde, y de cuya prominente altura, podía ver y admirar los sucesos que ocurrían a distancia, en la vasta lejanía.

Árbol frondoso, y arroyo celoso de su hacer, entraron en conflictivo coloquio, alegando acaloradamente la razón de ser de cada quien en el existir de los elementos, y desde una posición a todas luces independiente. El corpulento ejemplar de la naturaleza, muy seguro de sí mismo, decía: yo tomo sol en el día, y rocío en la noche, y en la época de lunas llenas, muestro mi flamante figura a muchísimos metros a la redonda, además soy, ni más nimenos, el centinela cierto, de cómo se desplazan las nubes en la plenitud de día, y las estrellas en la inmensidad de la noche, así como el vigía permanente de la mañana luminosa.

El arroyo cristalino enclaustrado entre los riscos de la insólita montaña, perdido a ratos entre las rocas de su cauce sinuoso; enclavando en tramos de predios silenciosos y sombríos, donde en las noches invernales, pululan duendes misteriosos y aparecidos intrigantes: desde ahí, el diáfano y refulgente arroyo, que más parecía un brillante collar de luz, que lentamente se deslizaba entre dos intrigantes riberas, con toda formalidad, y resentido, inculpaba a aquel flamante centinela de el día y la noche de la falsa posición adoptada, al considerarse el rey de la montaña, afirmando sin vacilar, que el él era el único y real surtidor de vida, de el llano, el collado y la montaña, luego él, dolido y agraviado le decía al corpulento prototipo de la naturaleza, tú no serías jamás lo que eres, si yo no le diera la fertilidad necesaria a tus profundas raíces, a la esbeltez de tu tallo y verde ropaje, de hecho, sin mí, no tendrías jamás la razón de existir, sólo recuerda que la esterilidad del páramo olvidado está vacío, porque yo me alejé de él, y que el desierto es infértil, porque no hay río, riachuelo o quebrada que le dé vida.

El coloquio entre árbol y arroyo, finalmente concluyó en una generosa escena de entendimiento, ambos coincidieron en que su existir, era complementario entre sí, porque el bosque, que incluía al árbol, era al mismo tiempo conservador de la exquisitez de los manantiales y mantos acuíferos, que alimentan la verdosidad y lucidez del campo, rico en exuberancia y dador de existencia, a los seres vivientes de la campiña.

Árbol y arroyo cristalino, jamás volvieron a discutir sobre su presencia en el mundo del existir, porque la vida del el uno, tenía relación directa con la del otro, luego el primero, sigue erguido ante el correr de los días, y el segundo, sigue dando apoyo a la monstruosidad verde del llano, el collado y la montaña.


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