- Filosofía
Común
- El árbol y el
arroyo
- Por
Joaquín Cisneros
El grandioso follaje de un árbol, se
embebía de sol, de lluvia y color. Al
viajero constante de la vida, le ofrecía
solaz y esperanza, para que pudiera emprender su
largo o corto camino, y el viento enredado en su
verde ramaje, tomaba fuerzas, para desplazarse
ligero y refrescar el llano solitario. Los
pájaros tempraneros, saltaban de rama en
rama y desde ahí, las inquietas
avecillas, lanzaban el concierto esperanzador de
la mañana fría. Este privilegio
natural, de ser, todo lo que hemos narrado,
había llenado de orgullo al gigantesco y
bello árbol, que se consideraba el rey de
la impresionante colina.
El huidizo y transparente arroyo, que
provenía, de una vertiente cercana, que a
diario pasaba por la cuenca aledaña al
sitial donde permanecía enhiesto el
árbol de nuestra historia, de repente
increpó al grandioso ejemplar de la
campiña silvestre, haciéndole
notar, que su orgullo, altivez y
gallardía, se la debía
exclusivamente a él, quien era, sin
discusión la razón de ser, de su
maravillosa fisonomía verde, y de cuya
prominente altura, podía ver y admirar
los sucesos que ocurrían a distancia, en
la vasta lejanía.
Árbol frondoso, y arroyo celoso de su
hacer, entraron en conflictivo coloquio,
alegando acaloradamente la razón de ser
de cada quien en el existir de los elementos, y
desde una posición a todas luces
independiente. El corpulento ejemplar de la
naturaleza, muy seguro de sí mismo,
decía: yo tomo sol en el día, y
rocío en la noche, y en la época
de lunas llenas, muestro mi flamante figura a
muchísimos metros a la redonda,
además soy, ni más nimenos, el
centinela cierto, de cómo se desplazan
las nubes en la plenitud de día, y las
estrellas en la inmensidad de la noche,
así como el vigía permanente de la
mañana luminosa.
El arroyo cristalino enclaustrado entre los
riscos de la insólita montaña,
perdido a ratos entre las rocas de su cauce
sinuoso; enclavando en tramos de predios
silenciosos y sombríos, donde en las
noches invernales, pululan duendes misteriosos y
aparecidos intrigantes: desde ahí, el
diáfano y refulgente arroyo, que
más parecía un brillante collar de
luz, que lentamente se deslizaba entre dos
intrigantes riberas, con toda formalidad, y
resentido, inculpaba a aquel flamante centinela
de el día y la noche de la falsa
posición adoptada, al considerarse el rey
de la montaña, afirmando sin vacilar, que
el él era el único y real surtidor
de vida, de el llano, el collado y la
montaña, luego él, dolido y
agraviado le decía al corpulento
prototipo de la naturaleza, tú no
serías jamás lo que eres, si yo no
le diera la fertilidad necesaria a tus profundas
raíces, a la esbeltez de tu tallo y verde
ropaje, de hecho, sin mí, no
tendrías jamás la razón de
existir, sólo recuerda que la esterilidad
del páramo olvidado está
vacío, porque yo me alejé de
él, y que el desierto es infértil,
porque no hay río, riachuelo o quebrada
que le dé vida.
El coloquio entre árbol y arroyo,
finalmente concluyó en una generosa
escena de entendimiento, ambos coincidieron en
que su existir, era complementario entre
sí, porque el bosque, que incluía
al árbol, era al mismo tiempo conservador
de la exquisitez de los manantiales y mantos
acuíferos, que alimentan la verdosidad y
lucidez del campo, rico en exuberancia y dador
de existencia, a los seres vivientes de la
campiña.
Árbol y arroyo cristalino,
jamás volvieron a discutir sobre su
presencia en el mundo del existir, porque la
vida del el uno, tenía relación
directa con la del otro, luego el primero, sigue
erguido ante el correr de los días, y el
segundo, sigue dando apoyo a la monstruosidad
verde del llano, el collado y la
montaña.