Domingo 23 de julio


La Nota del Día
 

19 de Julio de 2000

"Moralidades" de conveniencia

"...el alcalde capitalino... consideró que los diputados deben legislar para que los casinos no queden en un limbo jurídico..."

"...la concejal (Morena Herrera) preguntó por las consecuencias de no ordenar el cierre hasta tener una mejor legislación de las casas de juego..."

EL DIARIO DE HOY, 10 de junio de 2000

Con tristeza tenemos que retirar el calificativo de "entereza cívica" que dimos al Concejo Municipal por ordenar los cierres de casinos y "chiviaderas". O tal vez sea del caso hablar de "entereza cívica a medias", o pasajera. Por las señales que se tienen, el Concejo, como un número de personas y organizaciones, no acaba de entender cuál es el problema medular del juego organizado.

Lo que se necesita es el cierre definitivo de los casinos, y volver a la prohibición de siempre contra el juego en todas sus formas. Aunque en El Salvador han existido "chiviaderas" ilegales, y los juegos de dados son parte del folklore dominguero en las zonas rurales (como los homicidios que de allí se derivan), nunca las leyes del país los toleraron. La extinta Guardia Nacional persiguió esos antros y dispersaba a los jugadores, aunque los guardias en lo individual jugaran a escondidas cartas dentro de sus cuarteles.

Sorprende lo que dice la concejal Herrera sobre "una mejor legislación de las casas de juego". En esta nueva ley que ella demanda, tendrían que existir disposiciones para que haya un más decoroso lavado de dinero, una superior regulación de las pobres mujeres que se ven forzadas a prostituirse, un control debido del comercio de estupefacientes que se realiza a la sombra de los casinos, y similares salvaguardas. En esto habría que incluir también medidas para mitigar la ruina de las familias a causa del juego, el enviciamiento de personas, la perdición de tantos jóvenes, y el ambiente que se genera de disipación moral y relajamiento de las costumbres.

Ni que iglesias los manejen dejan de pervertir

Es una desgracia para los salvadoreños, que la mayoría de sus dirigentes carezca de conciencia moral para discernir entre el bien y el mal, creyendo que la cuestión se resuelve adecuando las leyes a la exigencia de los casinos, o cuidando que los operadores sean "inversionistas serios". La alcaldesa de Antiguo Cuscatlán se precia de que las "chiviaderas" a las que otorgó permiso "indefinido" son propiedad de inversionistas tejanos "muy correctos". Y como son "correctos", que se queden allí.

Por nuestra parte y yendo a un extremo hipotético, si el Arzobispado de Managua, con el cardenal Obando a la cabeza, decide instalar casinos en San Salvador destinando la totalidad de las ganancias a orfelinatos e indigentes, el problema sigue siendo igual. Lo primero es que los casinos no tienen manera, aunque lo quisieran, de evitar que a su sombra proliferen los mercaderes del vicio; lo segundo, que aunque los tahures apostaran dentro de iglesias, el juego les sigue pervirtiendo, daña profundamente a sus familias y pone en movimiento fuerzas envilecedoras del clima social. No es casual que en Estados Unidos, lleno de "inversionistas tejanos" y de toda clase, se cuenten con los dedos de una mano los estados donde se autoriza el funcionamiento de casinos.

El asunto, repetimos, no es de inadecuadas leyes, sino de amoralidad e inmoralidad, de funcionarios incapaces de comprender la cuestión moral.


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