- Ministerio
Espiga
- Buscando el sentido de
la vida
- Por
Salvador Gómez, Predicador
Católico
"Respondió
Jesús (sobre la ceguera de aquel
hombre)... es para que se manifiesten en
él las obras de Dios". (Jn. 9, 3)
Qué manera de cambiarles la pregunta,
ellos dicen: ¿Por qué? Y él
les dice: ¿Para qué? Mientras unos
buscan razones, Jesús busca el sentido de
lo que está pasando.
Esta cualidad de Jesús es necesaria,
sobre todo ante los acontecimientos
irreversibles y dolorosos.
Cuando te encuentras en una situación
límite, frente a la cual poco o nada
puedas hacer: Un accidente, un
diagnóstico médico terminal, el
nacimiento de un hijo especial, la muerte de un
ser querido... No pierdas energías
gritando al cielo, "¿Por qué, Dios
mío? ¿Por qué a mí?
¿Por qué permites esto?". Llora, si
es necesario, asume tu dolor con dignidad y
después de esas primeras lágrimas
mira al cielo y pregunta: "¿Para
qué, Dios mío?" Tal vez esta
pregunta te ayude a encontrar sentido incluso al
sufrimiento que humanamente no lo tiene.
Preguntar "¿Para qué?" te
ayudará mirar hacia adelante, te
creará una actitud de expectativa y es
posible que llegues a no perder o a recuperar la
esperanza.
Tener a la mano esta pregunta puede servirnos
también ante acontecimientos menos
catastróficos como la ruptura de un
noviazgo, la pérdida de un negocio, la
frustración de un viaje, la soledad por
el abandono de seres amados.
Preguntar "¿Para qué?" no
sólo te ayudará a evitar el
resentimiento, sino a buscar el verdadero
sentido de tu dolor.
Cuando a tu lado escuches a los que se quejan
diciendo: ¿Por qué la vida me ha
tratado así?, ¿Por qué Dios
ha permitido que me pase esto?, diles
simplemente que no es necesario entender todas
las razones de las cosas que nos pasan; lo que
sí podemos hacer es enfrentar de la mejor
manera los acontecimientos y sacar de ellos las
lecciones y experiencias oportunas.
Todas las vivencias que tenemos hoy, son
parte de la riqueza de nuestro
mañana.
No preguntes ¿Por qué vivo esto?,
sino ¿Para qué estoy pasando por
esta escuela?
La Palabra dice a continuación que
Jesús "untó con el barro los ojos
del ciego y le dijo: "Vete, lávate en la
piscina de Siloé". Él fue, se
lavó y volvió ya viendo". (Jn. 9,
6-7)
Jesús nos pone en el camino y nos
señala la meta: "Vete a la piscina de
Siloé". No era fácil para aquel
ciego caminar más de un kilómetro
para llegar al lugar indicado.
¿Por qué lo mandó tan
lejos, habiendo agua más cerca?
Porque Jesús nos enseña que las
soluciones más fáciles no siempre
son las mejores, los caminos cortos no siempre
son los más seguros y que el
mínimo esfuerzo no es la manera de
alcanzar las metas más altas.