- Prioridades
- ¿Qué puede
hacerse con veinte millones?
- Teresa
Guevara de López
Esta
pregunta nos la formulamos muchos
salvadoreños cuando nos enteramos del
proyecto de construir otro salón azul
para que los recientemente electos diputados de
nuestra Asamblea Legislativa puedan realizar sus
reuniones plenarias (cuando asisten) y que
tendrá un costo de veinte millones de
colones. ¿Esto es poco o es mucho dinero?
Depende del para qué, el dónde, el
cuándo y muchas otras interrogantes que
al establecer puntos de comparación y
prioridades, justifican o hacen absurda la
inversión. Definitivamente el Poder
Legislativo, formado por los 84 diputados libre
y democráticamente electos por el pueblo,
merecen de un recinto digno. Toda la
ciudadanía vio con beneplácito la
construcción de las modernas
instalaciones que albergan las oficinas de las
diferentes fracciones, a pesar de las quejas
constantes de que no caben, de que son
insuficientes, y del disgusto ocasionado a la
prensa al sentirse excluidos de los debates que
realizan las diferentes comisiones. Pero
¿es necesario otro salón azul,
cuando somos un pueblo tan lleno de necesidades
mucho más urgentes?
Si preguntamos a los médicos, nos
hablarán de situaciones dramáticas
que se dan en el Hospital Rosales, donde muchas
veces no hay ni lo más indispensable, ni
las facilidades mínimas para realizar una
operación, de cuya relación
depende una vida humana. La misma letanía
escucharíamos en el Bloom y no digamos en
los hospitales situados en las diferentes
cabeceras departamentales.
Los agricultores de Las Pilas sólo
necesitan pavimentar 14 kilómetros de
carretera para incorporarse a la
civilización durante el invierno y poder
comercializar sus hortalizas. En la misma
situación se encuentran muchos pueblos,
ciudades, caseríos y cantones, que en un
territorio tan pequeño como el nuestro
resulta irónico que estén aislados
por las malas condiciones de sus vías de
acceso. Necesidades urgentes de agua potable,
pequeños puentes, luz eléctrica,
teléfonos, reparación de edificios
públicos, construcción de mercados
que no pueden realizarse con el exiguo
presupuesto asignado. Nos urge construir
albergues y talleres vocacionales para ayudar a
la juventud que no encuentra su rumbo. Ya
existen los modelos en los Polígonos
Industriales manejados tan eficazmente por los
padres salesianos. ¡Qué bien les
caerían los veinte millones!
A propósito he querido dejar para el
final, el ramo de educación. Qué
beneficio sería que tantos niños
que reciben clases sentados en el suelo, en
cajones, en latas de leche, bajo un mango, si el
mínimo de material didáctico el
poder mejorar las condiciones de sus a veces mal
llamadas escuelas, si a ellos se adjudicara esa
cantidad. En lo personal, me ha tocado ser
testigo de sacrificios heroicos llevados a cabo
por maestros desconocidos, con tal de mejorar
las condiciones de sus centros escolares. Como
el profesor Mardoqueo, en la playa de
Sihuapilapa, quien comenzó con un solo
profesor pagado por el Ministerio,
contrató otro que era pagado por los
padres de familia, cuidadores de los ranchos de
la playa, que para reunir el dinero del sueldo
hacían rifas, mercados de pulgas y toda
clase de actividades.
El tesón de este profesor logró
la construcción de una escuela modelo,
equipada y con personal docente, que es un
orgullo para el lugar. Y recientemente me ha
impresionado el caso del Instituto Nacional de
Zaragoza, cuya directora, la licenciada Iris de
Navarro está empeñada en lograr
tras muchos años de esfuerzos, que el
Ministerio les construya las nuevas
instalaciones.
Ya están asignados los fondos, pero no
hay terreno. Ha sido imposible conseguir una
persona visionaria que tenga la elegancia de
espíritu como para entender la grandeza
que supone dar, especialmente si con esto se
beneficia a la juventud por medio de la
educación. Para mientras, se sigue
pagando un alquiler mensual de más de
cuatro mil colones, por un local deteriorado
pero que no aniquila la fortaleza de la
directora, quien en un afán de lograr un
mejor porvenir para sus bachilleres, ha sido
capaz hasta de pagar los derechos de examen de
ingreso en las universidades, a aquellos alumnos
con alto potencial académico, pero con
muy pocos recursos económicos.
¡Soñados veinte millones!
La lista podría ser interminable y los
casos cada vez más dramáticos.
Pero lo importante es saber que como todo en la
vida, debemos actuar de acuerdo con prioridades,
sabiendo que lo que para unos son necesidades
urgentes, para otros podrían considerarse
no sólo como superfluas, sino hasta como
un derroche. "No contar pisto frente al pobre"
reza un refrán muy salvadoreño que
describe una actitud ingrata: pongamos en un
platillo de la balanza el nuevo salón
azul y en el otro la sufrida resignación
de tantos salvadoreños que siguen
esperando que les llegue su turno, y actuemos
con criterios de austeridad, que es la virtud
que debe imperar en estos momentos en nuestro
país.