Sábado 1 de julio


Hablando de escribir
El arte de empezar
María Teresa de Jovel*

Estando en Chile tuve la oportunidad de participar en una conversación entre escritores, sobre los escritores y la decisión crucial y poderosa de cómo establecer el inicio de un ensayo, un cuento, una novela, etc. De dicha interesante conversación salen los comentarios de este artículo.

El ensayista Italo Calvino -en su libro "El arte de empezar y el arte de acabar"- reconoce que el comienzo es el punto más importante, y dice que en ese instante de la elección "se nos ofrece la posibilidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; sin embargo, tenemos que llegar a decir algo de una manera especial".

El relato del Génesis, comienzo de los comienzos, necesita una sola frase para colocarnos al centro del misterio de la creación: "En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión..." Un mundo que surge de la nada. Un chispazo divino que hace brotar la luz de las tinieblas.

Los que hemos leído los Evangelios, seguramente nunca olvidaremos el maravilloso comienzo del Evangelio según San Juan: "Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios." Antes del tiempo y del espacio está el verdadero y único formador y dador de Vida.

Pasando a otros libros de la antigüedad, se comentaba cómo algunos narradores solían ponerse a la altura de esta responsabilidad mediante una invocación. En la introducción a La Ilíada, Homero clama "Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles", antes de introducirnos en las luchas de su narración. Y lo mismo hace al comienzo de La Odisea, cuando pide ayuda a la divinidad para contar dignamente las aventuras de Ulises: "Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio..."

En cambio nos parecía que los narradores modernos se valen de su propia inspiración, que, por supuesto, no siempre llega tan fácil. La mayoría de las veces no sabe el autor de dónde le viene aquel impulso de escribir y mucho menos cómo lo conducirá su imaginación una vez estimulada.

Nos preguntábamos cuál sería el mejor modo de comenzar un relato. La tradición oral nos sugiere una fórmula que todos conocemos desde que éramos niños y alguien empezaba a contarnos algo: "Érase una vez..."

Llegamos a la conclusión que el único requisito básico para una novela o un cuento es la verosimilitud. No en cuanto al mundo "real" de afuera, sino respecto del universo verbal que se construye con el tema del relato. Darse reglas y límites claros, y cumplirlos a cabalidad para hacer narrable todo (y solo) lo que debe ser narrado.

Quizá la manera más convencional de presentar una historia es identificando a su protagonista. Al estilo de Robinson Crusoe, la novela que inaugura la moderna literatura inglesa y cuyo narrador, en primera persona, no pierde el tiempo antes de hablarnos del día y lugar de su nacimiento, los orígenes de su familia y el porqué de sus desventuras.

Con los siglos, como es de suponer, la costumbre de identificarse con tanta precisión ha perdido parte de su frescura. Junto con los rasgos de los personajes, el narrador suele partir por entregarnos algunas señas acerca del entorno en el que éstos se desenvuelven, así se trate de un contexto deliberadamente vago. En este sentido hay comienzos muy directos: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo", empieza la obra magna del mexicano Juan Rulfo.

Comienzos hay, pues, de todas las formas y para todos los gustos. Comienzo y final, son en definitiva puntos de referencia relativos. Mi impresión es que el párrafo o la frase iniciales surgen paralelamente al tema, a veces incluso un poco antes. Adoptan, así, un carácter gatillador, que echa a andar la maquinaria que desarrolla dicho tema, que impactó al narrador y que lo hizo concebir en su mente y en sus sentimientos aquello que quiere comunicar.

Aquí van algunos comienzos de antología: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor". El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo", Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.

"Hoy ha muerto mamá", El Extranjero, Albert Camus.

"Cuando el señor Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado anunció que muy pronto celebraría su cumpleaños centésimo decimoprimero...", El Señor de los anillos, J.R. Tolkien.

"Misá Raquel Ruiz lloró muchísimo cuando la Madre Benita la llamó por teléfono para contarle que la Brígida había amanecido muerta", El obsceno pájaro de la noche, José Donoso.

"Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne", El Túnel, Ernesto Sábato.

Comienzo y final, son en definitiva puntos de referencia relativos. La vida siempre nos propone muchas cosas que pueden tomarse como nuevo punto de partida, y también como término. La Literatura también. Estoy segura que hay muchas personas que si tomaran una pluma y comenzaran a escribir, contarían historias muy interesantes. Animémonos y tal vez alguno de nosotros llegará a ser un gran escritor.

*Lic. en Relaciones Públicas y columnista de El Diario de Hoy.


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