- Tema para
meditar
- Del muro a la red
- Carlos
Mayora Re*
Hablar
de globalización ya no es novedad. Sin
embargo, casi en la totalidad de los casos,
cuando se trata de ese término, se habla
solamente de sus aspectos económicos: lo
que se podría llamar también una
mundialización del comercio, en tanto los
mercados nacionales se van convirtiendo cada vez
más en regionales y éstos, por su
crecimiento natural y el esfuerzo de las
personas, se convierten a su vez en mercados de
ámbito mundial (o global). Pero la
globalización es mucho más que el
acrecentamiento de intercambios comerciales,
pues su influencia alcanza casi todos las
relaciones de las personas entre sí, pues
además de lo económico,
también se afecta todo lo
político, lo cultural y lo social.
Utilizando una imagen, puede decirse que en
menos de veinte años, hemos pasado del
mundo de la guerra fría (partido en dos
áreas ideológicas divididas por un
hipotético muro), a un mundo vastamente
interconectado por las redes de
información, de intercambios
económicos y culturales y,
principalmente, tecnológicos. Thomas
Friedman ha publicado recientemente un libro en
el que analiza este fenómeno. El autor
apunta que el nuevo des-orden mundial
(contraponiendo el término al antiguo
orden basado principalmente en ideologías
políticas), se fundamenta en una
democratización de la tecnología,
de la información y de las finanzas. La
globalización se ha convertido, entonces,
en algo inevitable: pararla es parar la libertad
de las personas y eso sólo es posible
mediante intentos de establecer regímenes
totalitarios que, por su misma naturaleza (no
hay mal que dure cien años...), son
perecederos.
Pues bien, si esto es así, una de las
consecuencias más importantes es que la
libertad de mercado ha dejado de ser una
ideología para convertirse en una
realidad. Es decir, que independientemente de
los fundamentos teóricos de ese sistema
económico, aquellos que no se adscriban a
él y que no se preparen para estar
listos, terminarán criticándola
ideológicamente mientras su
economía personal, o nacional si es el
caso, se ve cada vez menos fuerte debido a la
influencia y a la fuerza del sistema que
critican. Si un país quiere quedarse al
margen del sistema, deberá pagar un alto
precio, deberá construir un muro que le
aísle del mundo. Y un muro que
deberá ser económico, sí,
pero principalmente político: nadie niega
que un pueblo pueda autodeterminarse a la
exclusión en su participación en
el nuevo orden mundial, pero si hace esto las
consecuencias negativas terminarán siendo
mayores que los beneficios que crea poder
alcanzar.
En este momento no pretendo hacer
valoraciones morales de la situación que
describo, pretendo simplemente exponer unas
ideas que me parecen muy interesantes. La
globalización económica y cultural
está generando, sin duda alguna, grandes
oportunidades de progreso y de desarrollo
económico; pero también
fricciones, y marginación de aquellos que
no están preparados para afrontar un
nivel más alto de competencia. Algunos
caerán por su falta de preparación
para afrontar los nuevos retos, y otros se
opondrán a la globalización (a esa
democratización de la tecnología,
de las comunicaciones y de las finanzas),
precisamente porque no querrán perder sus
privilegios, desde empresas hasta personas. Sin
embargo, si se toma como cierto que la
influencia de la globalización se
irá extendiendo cada vez más, lo
mejor será prepararse para encararla.
Por todo lo anterior, entonces, la mejor
manera de prepararse para afrontar los retos que
esa democratización, de
tecnologías, comunicaciones y finanzas
presenta, debe ser la que posibilite que cada
persona individualmente y el país como
nación se prepare para echar mano de esas
oportunidades que, como nunca en la historia, se
están presentando. Es decir, que una vez
más la solución se encuentra en el
campo de la educación y la
preparación de las personas. Si el meollo
del asunto se encuentra en la capacidad para
aprovechar la tecnología, la
información y los demás recursos,
los mejor preparados para ello serán los
que triunfen en un mundo globalizado.
Redes y no muros, entonces. Debemos
prepararnos a comunicarnos, no a encerrarnos.
Sabiendo que cuando se abren puertas y ventanas
pueden entrar en la casa muchas cosas y personas
buenas pero que, como en todo, también se
corre el riesgo de dar cabida a personas y cosas
indeseables. Ojalá que nos preparemos de
tal manera que cada uno pueda tener la
sabiduría para escoger lo más
adecuado, sabiendo prepararnos adecuadamente
para discriminar lo conveniente de lo nocivo, y
poder aprovechar las oportunidades en provecho
propio y de los demás.