El
inoportuno
Cada vez que suena un teléfono en
hora intempestiva, me acuerdo de mi padre.
"¡Odio ese aparato, lo odio! !Si pudiera le
pegaría fuego!", mascullaba cuando el
ring-ring nos sobresaltaba la cena. Alguno de
los comensales se levantaba con rapidez para
aplacar sus efluvios pirómanos, pero
sabíamos que el malestar duraría,
al menos, diez minutos más de lo que se
prolongara la llamada. Porque las llamadas a la
hora de la cena alteran uno de los pocos
momentos que la familia puede funcionar como lo
que es: una familia. No les cuento qué
ocurría si ese día había
pagado la factura.
- Juan
Bosco Martín
- E-mail
:bosco@elsalvador.com
Ahora que el celular nos ha convertido en
operadoras ambulantes, prolongando nuestro
horario laboral hasta límites que a la
larga resultan onerosos para las mismas empresas
(porque agota tanto al operario como al
directivo, sobre todo mentalmente, con los
consiguientes costos en términos de
eficacia, salud, humor, etc) habría que
ponerle coto al uso de tan inoportuno
compañero de vida.
El celular es un magnífico instrumento
para comunicarse, porque ahorra tiempo, y por lo
tanto dinero, en casos de mayor o menor
emergencia. Y digo emergencia porque,
después errar infinidad de veces,
concluyo que no tiene sentido usarlo en otra
circunstancia.
Admitámoslo todos: el inoportuno crea
adicción. Conozco a gente que se pone
nerviosa cuando se le acaba la batería,
aunque sea antes de rezar el "Jesusito de mi
vida" y meterse en la cama. Aunque sobre su
mesita de noche descanse un teléfono
fijo. No me refiero al presidente de la Reserva
Federal, que debió estar
preocupadísimo, afligidísimo y
pendiente del celular el día en que la
Asamblea debatió, con tanta altura de
criterio, la "integración monetaria". Me
refiero a tantos de nosotros que no precisamente
dirigimos los destinos de la humanidad.
Si uno no domina al inoportuno, el inoportuno
lo acaba dominando a uno. En la cama, la comida,
el carro, los actos religiosos, el baño,
la siesta, el cine y muchas reuniones de trabajo
el celular cumple perfectamente su misión
estando apagado. Hablo con conocimiento de
causa: en todas esas circunstancias me ha
gritado el inoportuno, y se me ha resentido el
sueño, el control del carro, la
vergüenza o la digestión. Y lo peor,
he provocado las mismas emociones a otros con
mis llamadas. Por lo tanto, para el 2001 me
propongo aplacar a la pequeña bestia en
los momentos sagrados del día.
Por cierto, mi padre no usa celular. Y
sería feliz... si mi madre hubiera
seguido su ejemplo.