Jueves 7 de diciembre 2000


El inoportuno

Cada vez que suena un teléfono en hora intempestiva, me acuerdo de mi padre. "¡Odio ese aparato, lo odio! !Si pudiera le pegaría fuego!", mascullaba cuando el ring-ring nos sobresaltaba la cena. Alguno de los comensales se levantaba con rapidez para aplacar sus efluvios pirómanos, pero sabíamos que el malestar duraría, al menos, diez minutos más de lo que se prolongara la llamada. Porque las llamadas a la hora de la cena alteran uno de los pocos momentos que la familia puede funcionar como lo que es: una familia. No les cuento qué ocurría si ese día había pagado la factura.

Juan Bosco Martín
E-mail :bosco@elsalvador.com

Ahora que el celular nos ha convertido en operadoras ambulantes, prolongando nuestro horario laboral hasta límites que a la larga resultan onerosos para las mismas empresas (porque agota tanto al operario como al directivo, sobre todo mentalmente, con los consiguientes costos en términos de eficacia, salud, humor, etc) habría que ponerle coto al uso de tan inoportuno compañero de vida.

El celular es un magnífico instrumento para comunicarse, porque ahorra tiempo, y por lo tanto dinero, en casos de mayor o menor emergencia. Y digo emergencia porque, después errar infinidad de veces, concluyo que no tiene sentido usarlo en otra circunstancia.

Admitámoslo todos: el inoportuno crea adicción. Conozco a gente que se pone nerviosa cuando se le acaba la batería, aunque sea antes de rezar el "Jesusito de mi vida" y meterse en la cama. Aunque sobre su mesita de noche descanse un teléfono fijo. No me refiero al presidente de la Reserva Federal, que debió estar preocupadísimo, afligidísimo y pendiente del celular el día en que la Asamblea debatió, con tanta altura de criterio, la "integración monetaria". Me refiero a tantos de nosotros que no precisamente dirigimos los destinos de la humanidad.

Si uno no domina al inoportuno, el inoportuno lo acaba dominando a uno. En la cama, la comida, el carro, los actos religiosos, el baño, la siesta, el cine y muchas reuniones de trabajo el celular cumple perfectamente su misión estando apagado. Hablo con conocimiento de causa: en todas esas circunstancias me ha gritado el inoportuno, y se me ha resentido el sueño, el control del carro, la vergüenza o la digestión. Y lo peor, he provocado las mismas emociones a otros con mis llamadas. Por lo tanto, para el 2001 me propongo aplacar a la pequeña bestia en los momentos sagrados del día.

Por cierto, mi padre no usa celular. Y sería feliz... si mi madre hubiera seguido su ejemplo.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Escenarios] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'00] [Portada] [Planeta Alternativo]


Copyright 1995 - 2000. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o
parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com