Miércoles 6 de diciembre


Analizando
Pólvora navideña: un problema cultural
Carlos Rodríguez Cedillos
Ozatleco@yahoo.com

Como ocurre con frecuencia en países mestizos como el nuestro, las tradiciones adquieren con los años características de sincretismo más que de pureza étnica. Nuestras tradiciones navideñas, por ejemplo, han terminado por asimilar, al lado de nuestros "misterios" de barro, al nórdico árbol de Navidad y por incorporar al risueño Santa Claus al cortejo multicolor de músicos, curas, lavanderas y zopilotes pescuezo de resorte, de Ilobasco.

Sin embargo, es fácil comprobar cómo ha ido perdiendo vigencia la celebración de una tradición foránea como "El día de brujas". Afortunadamente tienden a desaparecer las bandas de "niños" que, en ciertos casos, pedían dulces (y dinero) agregando a la tradición norteamericana un criollo y amenazador garrote. Seguramente la Iglesia ha influido para que comprendamos el sin sentido de una tradición tan ajena.

A lo largo de nuestro territorio, la tradición navideña reviste diversas tonalidades: villancicos, pastorelas, "posadas" y las conocidas variedades culinarias. Pero a esas costumbres profundamente familiares propias de una "noche de paz", los salvadoreños hemos promovido una práctica peligrosa: la quema de pólvora. Creemos que hay razones para objetar esa práctica. Una razón económica sería que el dinero que cada familia "quema" en esos días, casi siempre hace falta, un mes después, para la compra de los útiles escolares. Socialmente, la pólvora representa un altísimo riesgo de incendios, quemaduras, amputaciones e incluso muertes. Desde un punto de vista ecológico, la cantidad de humo que satura nuestra ya maltratada atmósfera las noches del 24 y del 31 de diciembre, atenta contra las vías respiratorias de niños y adultos. Culturalmente es contradictorio celebrar el nacimiento del Mensajero de la Paz con una orgía de detonaciones que más induce a una cultura de la violencia…

Se suele argumentar que la elaboración y venta de explosivos constituye una fuente de ingresos para muchos hogares. Es una realidad que debemos aceptar. Aunque hay muchas actividades comerciales que se pueden emprender en esa época, sin ocasionar un riesgo social.

Pero tampoco se trata de intolerancia. Admitamos que hay ciudadanos que disfrutan con el peligro, que gustan de lastimar sus tímpanos y que no les importa congestionar sus pulmones con una dosis más de tóxicos que la ya usual provocada por los autobuses. Pensemos entonces en una solución intermedia, de transición. Pensemos en áreas alejadas de los núcleos habitacionales donde expendedores y consumidores puedan satisfacer sus expectativas sin contaminar tanto nuestro medio ambiente y sin poner en riesgo la vida y los haberes de los demás. Con una reglamentación precisa, efectivos mecanismos de control y una adecuada publicidad, las alcaldías municipales, el Ministerio del Interior, los bomberos, cuerpos de socorro y demás agentes involucrados, podrían impulsar una acción que realmente beneficie a los ciudadanos.

Se trata, pues, de alejarnos progresivamente de la cultura del estallido y de lo cruento. Se trata de olvidar siquiera por unos días, la delincuencia, la inseguridad, y la miseria. Se trata de extraer de lo más hondo de nuestro ser, un poco de optimismo. Para que nuestra fe en lo que somos, como salvadoreños, sea más fuerte que la racha de criminales impunes, de corrupción jurídica y de algunos (tristemente célebres) diputados irresponsables, con la que nuestro momento histórico pone a prueba nuestra fortaleza. Vale la pena intentarlo.


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