- Analizando
- Pólvora
navideña: un problema
cultural
- Carlos
Rodríguez Cedillos
- Ozatleco@yahoo.com
Como ocurre con frecuencia en países
mestizos como el nuestro, las tradiciones
adquieren con los años
características de sincretismo más
que de pureza étnica. Nuestras
tradiciones navideñas, por ejemplo, han
terminado por asimilar, al lado de nuestros
"misterios" de barro, al nórdico
árbol de Navidad y por incorporar al
risueño Santa Claus al cortejo multicolor
de músicos, curas, lavanderas y zopilotes
pescuezo de resorte, de Ilobasco.
Sin embargo, es fácil comprobar
cómo ha ido perdiendo vigencia la
celebración de una tradición
foránea como "El día de brujas".
Afortunadamente tienden a desaparecer las bandas
de "niños" que, en ciertos casos,
pedían dulces (y dinero) agregando a la
tradición norteamericana un criollo y
amenazador garrote. Seguramente la Iglesia ha
influido para que comprendamos el sin sentido de
una tradición tan ajena.
A lo largo de nuestro territorio, la
tradición navideña reviste
diversas tonalidades: villancicos, pastorelas,
"posadas" y las conocidas variedades culinarias.
Pero a esas costumbres profundamente familiares
propias de una "noche de paz", los
salvadoreños hemos promovido una
práctica peligrosa: la quema de
pólvora. Creemos que hay razones para
objetar esa práctica. Una razón
económica sería que el dinero que
cada familia "quema" en esos días, casi
siempre hace falta, un mes después, para
la compra de los útiles escolares.
Socialmente, la pólvora representa un
altísimo riesgo de incendios, quemaduras,
amputaciones e incluso muertes. Desde un punto
de vista ecológico, la cantidad de humo
que satura nuestra ya maltratada
atmósfera las noches del 24 y del 31 de
diciembre, atenta contra las vías
respiratorias de niños y adultos.
Culturalmente es contradictorio celebrar el
nacimiento del Mensajero de la Paz con una
orgía de detonaciones que más
induce a una cultura de la violencia
Se suele argumentar que la elaboración
y venta de explosivos constituye una fuente de
ingresos para muchos hogares. Es una realidad
que debemos aceptar. Aunque hay muchas
actividades comerciales que se pueden emprender
en esa época, sin ocasionar un riesgo
social.
Pero tampoco se trata de intolerancia.
Admitamos que hay ciudadanos que disfrutan con
el peligro, que gustan de lastimar sus
tímpanos y que no les importa
congestionar sus pulmones con una dosis
más de tóxicos que la ya usual
provocada por los autobuses. Pensemos entonces
en una solución intermedia, de
transición. Pensemos en áreas
alejadas de los núcleos habitacionales
donde expendedores y consumidores puedan
satisfacer sus expectativas sin contaminar tanto
nuestro medio ambiente y sin poner en riesgo la
vida y los haberes de los demás. Con una
reglamentación precisa, efectivos
mecanismos de control y una adecuada publicidad,
las alcaldías municipales, el Ministerio
del Interior, los bomberos, cuerpos de socorro y
demás agentes involucrados,
podrían impulsar una acción que
realmente beneficie a los ciudadanos.
Se trata, pues, de alejarnos progresivamente
de la cultura del estallido y de lo cruento. Se
trata de olvidar siquiera por unos días,
la delincuencia, la inseguridad, y la miseria.
Se trata de extraer de lo más hondo de
nuestro ser, un poco de optimismo. Para que
nuestra fe en lo que somos, como
salvadoreños, sea más fuerte que
la racha de criminales impunes, de
corrupción jurídica y de algunos
(tristemente célebres) diputados
irresponsables, con la que nuestro momento
histórico pone a prueba nuestra
fortaleza. Vale la pena intentarlo.