Miércoles 6 de diciembre


Tomando la palabra
La esposa del César (917)
Beatrice Alamanni de Carrillo*

En Roma, durante la República, cuando Julio César tomó el poder, volviéndose amo y señor de la urbe, nació un dicho muy curioso y certero sobre la necesidad de la conducta intachable de la esposa del César, la cual, según el lema: "no sólo debía ser virtuosa, sino más bien, debía aparentarlo".

Este aforismo se volvió un clásico en la historia, aplicado a la vida pública de personajes ilustres y de instituciones prestigiosas del Estado; es decir, que no basta la honradez, sino debe ser ostensible la misma, ante los ojos de la ciudadanía.

Vale, en estos tiempos, aplicar esta famosa máxima, a los Organos del Estado que, además de estar obligados a una indispensable honradez, deberían también ostentarla para merecer el respeto de la ciudadanía y reforzar su confianza en el Estado.

Pero no siempre las instituciones públicas mantienen una conducta intachable y menos aún, logran conservar su compostura, es decir, un perfil que llene las expectativas populares.

En efecto, cada Organo posiblemente tenga algo que reprocharse en cuanto a actuación e imagen, no obstante la desmedida publicidad, que las altas autoridades hacen de sí mismas y de su labor la cual, por cierto, cumple sencillamente con el mandato constitucional respectivo.

Ultimamente, por ejemplo, las componendas en el interior del Organo Legislativo conducidas, no tanto en nombre de la estabilidad cuanto por conveniencias, no han contribuido a que la "esposa del César" ni fuera, ni aparentara ser virtuosa.

Por otro lado, el sistema de justicia ha sufrido una inoportuna embestida de recíprocas e infructuosas acusaciones y revanchismos (sobre todo, entre la Fiscalía y la Corte Suprema), extendiéndose dicha actitud hasta alcanzar las franjas del Ministerio de Educación.

Es con referencia al delicado tema de la justicia que, últimamente, nos "enteramos" del "mal comportamiento" de las instituciones respectivas (la Fiscalía en primera instancia, seguida muy de cerca por los jueces) las cuales, por su propia naturaleza, deberían ser ejemplo para todas las demás entidades públicas y, ciertamente, para la sociedad civil.

Los salvadoreños estamos luchando con dificultades económicas no resueltas ciertamente, sólo a través de la dolarización; con la falta de trabajo, con un todavía mediocre sistema educativo y una dudosa seguridad social. Nos encontramos agobiados por la delincuencia desenfrenada, por la desconfianza en los partidos y sus "compromisos" a veces descarados. Por todo esto, no deberíamos soportar además la desventura de perder la fe en la justicia, no sólo en base a nuestra apreciación personal sino, cosa mucho más grave, en base a acusaciones públicas y recíprocas, que cada institución lanza a sí misma y a las demás.

No es igual ser virtuoso que demostrarlo; esta expresión puede, como paradoja irrefutable, transformarse en la siguiente consideración: "No es igual ser no virtuoso, que declararlo públicamente y en forma generalizada y ligera, tanto como para desestabilizar al sistema entero y situar en el banquillo de los acusados, a los que deberían ser los acusadores públicos, los juzgadores y los defensores de la constitucionalidad del Estado".

No es hipocresía guardar las apariencias y la compostura; es dignidad y prudencia.

¿Deben depurarse la Fiscalía y el Organo Judicial? Es obvia la respuesta, tanto como la pregunta, lo cual se llama, en buen salvadoreño "descubrir el agua tibia".

En efecto, se trata de problemas profundos y antiguos, que no han quedado resueltos por arte de magia, con la finalización del conflicto y los acuerdos de paz, tal como no se han resuelto las dificultades económicas y las razones verdaderas de la guerra.

Pero, lo que los grandes de la política, que, en última instancia, son los directos y poderosos responsables, sea de la elección de los titulares del sistema de justicia como de la normación respectiva, deberían tomar a pecho de una vez por todas, es la prioridad de una auténtica reestructuración del sistema judicial, que va mucho más allá de cualquier depuración, en cuanto requiere de reformas constitucionales profundas, de capacitación efectiva y científica (desde las mismas aulas universitarias, por supuesto) de valor y ética en los funcionarios del ramo y una determinación insoslayable en cuanto a la solución de la problemática de parte del Estado en su conjunto. Por otro lado, cabe recordar una vez más que, sin ingentes dotaciones económicas, la Fiscalía no saldrá nunca del atolladero en que se encuentra, mientras que, para el Organo Judicial, nos atrevemos a decir, que hubo y hay cuantiosas ayudas extranjeras que, tal vez, no han sido del todo bien empleadas o, por lo menos, han sido poco eficientemente encauzadas a los "beneficiarios" ideales y primordiales de dichos apoyos, que son los juzgados y sus jueces.

Exigimos entonces, a la esposa del César (en este caso, al sistema de justicia) "ser virtuosa" y exigimos también, que, de no serlo, actúe realmente para enmendarse, pero, más allá de los "autos de fe" no solicitados. Que se solucionen entonces, las gravísimas anomalías, denunciadas públicamente, pero que cesen las vanas polémicas.

Vale el mismo pedido para el Organo Legislativo, que, siendo el representante directo del pueblo, en teoría es el "más soberano" entre los Organos del Estado. Ojalá que sus actuaciones sean dignas de los que lo han elegido y no los defraude demasiado, con comportamientos muy lejanos, en algunos casos, de la decencia política.

Para el Organo Ejecutivo, que parece llevar la batuta del poder real, en este momento, auguramos que las ambiciosas proyecciones diseñadas para el país, no rebasen el límite de sus posibilidades reales y que, por tanto, la apariencia no vaya más allá de la realidad de las cosas.


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