- Tomando
la palabra
- La esposa del
César (917)
- Beatrice
Alamanni de Carrillo*
En
Roma, durante la República, cuando Julio
César tomó el poder,
volviéndose amo y señor de la
urbe, nació un dicho muy curioso y
certero sobre la necesidad de la conducta
intachable de la esposa del César, la
cual, según el lema: "no sólo
debía ser virtuosa, sino más bien,
debía aparentarlo".
Este aforismo se volvió un
clásico en la historia, aplicado a la
vida pública de personajes ilustres y de
instituciones prestigiosas del Estado; es decir,
que no basta la honradez, sino debe ser
ostensible la misma, ante los ojos de la
ciudadanía.
Vale, en estos tiempos, aplicar esta famosa
máxima, a los Organos del Estado que,
además de estar obligados a una
indispensable honradez, deberían
también ostentarla para merecer el
respeto de la ciudadanía y reforzar su
confianza en el Estado.
Pero no siempre las instituciones
públicas mantienen una conducta
intachable y menos aún, logran conservar
su compostura, es decir, un perfil que llene las
expectativas populares.
En efecto, cada Organo posiblemente tenga
algo que reprocharse en cuanto a
actuación e imagen, no obstante la
desmedida publicidad, que las altas autoridades
hacen de sí mismas y de su labor la cual,
por cierto, cumple sencillamente con el mandato
constitucional respectivo.
Ultimamente, por ejemplo, las componendas en
el interior del Organo Legislativo conducidas,
no tanto en nombre de la estabilidad cuanto por
conveniencias, no han contribuido a que la
"esposa del César" ni fuera, ni
aparentara ser virtuosa.
Por otro lado, el sistema de justicia ha
sufrido una inoportuna embestida de
recíprocas e infructuosas acusaciones y
revanchismos (sobre todo, entre la
Fiscalía y la Corte Suprema),
extendiéndose dicha actitud hasta
alcanzar las franjas del Ministerio de
Educación.
Es con referencia al delicado tema de la
justicia que, últimamente, nos
"enteramos" del "mal comportamiento" de las
instituciones respectivas (la Fiscalía en
primera instancia, seguida muy de cerca por los
jueces) las cuales, por su propia naturaleza,
deberían ser ejemplo para todas las
demás entidades públicas y,
ciertamente, para la sociedad civil.
Los salvadoreños estamos luchando con
dificultades económicas no resueltas
ciertamente, sólo a través de la
dolarización; con la falta de trabajo,
con un todavía mediocre sistema educativo
y una dudosa seguridad social. Nos encontramos
agobiados por la delincuencia desenfrenada, por
la desconfianza en los partidos y sus
"compromisos" a veces descarados. Por todo esto,
no deberíamos soportar además la
desventura de perder la fe en la justicia, no
sólo en base a nuestra apreciación
personal sino, cosa mucho más grave, en
base a acusaciones públicas y
recíprocas, que cada institución
lanza a sí misma y a las
demás.
No es igual ser virtuoso que demostrarlo;
esta expresión puede, como paradoja
irrefutable, transformarse en la siguiente
consideración: "No es igual ser no
virtuoso, que declararlo públicamente y
en forma generalizada y ligera, tanto como para
desestabilizar al sistema entero y situar en el
banquillo de los acusados, a los que
deberían ser los acusadores
públicos, los juzgadores y los defensores
de la constitucionalidad del Estado".
No es hipocresía guardar las
apariencias y la compostura; es dignidad y
prudencia.
¿Deben depurarse la Fiscalía y el
Organo Judicial? Es obvia la respuesta, tanto
como la pregunta, lo cual se llama, en buen
salvadoreño "descubrir el agua
tibia".
En efecto, se trata de problemas profundos y
antiguos, que no han quedado resueltos por arte
de magia, con la finalización del
conflicto y los acuerdos de paz, tal como no se
han resuelto las dificultades económicas
y las razones verdaderas de la guerra.
Pero, lo que los grandes de la
política, que, en última
instancia, son los directos y poderosos
responsables, sea de la elección de los
titulares del sistema de justicia como de la
normación respectiva, deberían
tomar a pecho de una vez por todas, es la
prioridad de una auténtica
reestructuración del sistema judicial,
que va mucho más allá de cualquier
depuración, en cuanto requiere de
reformas constitucionales profundas, de
capacitación efectiva y científica
(desde las mismas aulas universitarias, por
supuesto) de valor y ética en los
funcionarios del ramo y una determinación
insoslayable en cuanto a la solución de
la problemática de parte del Estado en su
conjunto. Por otro lado, cabe recordar una vez
más que, sin ingentes dotaciones
económicas, la Fiscalía no
saldrá nunca del atolladero en que se
encuentra, mientras que, para el Organo
Judicial, nos atrevemos a decir, que hubo y hay
cuantiosas ayudas extranjeras que, tal vez, no
han sido del todo bien empleadas o, por lo
menos, han sido poco eficientemente encauzadas a
los "beneficiarios" ideales y primordiales de
dichos apoyos, que son los juzgados y sus
jueces.
Exigimos entonces, a la esposa del
César (en este caso, al sistema de
justicia) "ser virtuosa" y exigimos
también, que, de no serlo, actúe
realmente para enmendarse, pero, más
allá de los "autos de fe" no solicitados.
Que se solucionen entonces, las
gravísimas anomalías, denunciadas
públicamente, pero que cesen las vanas
polémicas.
Vale el mismo pedido para el Organo
Legislativo, que, siendo el representante
directo del pueblo, en teoría es el
"más soberano" entre los Organos del
Estado. Ojalá que sus actuaciones sean
dignas de los que lo han elegido y no los
defraude demasiado, con comportamientos muy
lejanos, en algunos casos, de la decencia
política.
Para el Organo Ejecutivo, que parece llevar
la batuta del poder real, en este momento,
auguramos que las ambiciosas proyecciones
diseñadas para el país, no rebasen
el límite de sus posibilidades reales y
que, por tanto, la apariencia no vaya más
allá de la realidad de las cosas.