- Tomando
la palabra
- Organo en
desprestigio
- Ricardo
Rivas*
- E-mail: ricardorivas@elsalvador.com
A
ciertos diputados les encanta jugar con la
paciencia e inteligencia de la gente. Del
Artículo 125 de la Constitución
Política parecen preferir la parte
aquella en que se advierte que los diputados
"..no están ligados por ningún
mandato imperativo. Son inviolables, y no
tendrán responsabilidad en tiempo alguno
por las opiniones o votos que emitan". Lo que la
Carta Magna plasma como un derecho para que los
congresistas se desprendan de intereses de
grupos, personas y partidos -ni siquiera al
mismo que pertenecen- y sólo respondan al
pueblo que les eligió, pareciese ser
interpretado por algunos, como un cheque en
blanco que les autoriza hacer de la desfachatez,
su carta de ciudadanía.
Pese a que en la campaña pasada todos
los partidos políticos exhibieron una
plétora de promesas, dirigidas a vencer
la indiferencia de la gente hacia las
elecciones, comprometiéndose a mejorar la
idoneidad de sus candidatos y a centrar sus
actuaciones en el interés público,
la cacaraqueada transformación
jamás llegó. Lejos de eso, el
primer Órgano del Estado en El Salvador
se ha convertido en el primer órgano del
desprestigio. Para muestra, uno de los tantos
botones que adornan la reputación de la
presente legislatura: "Yo voto en contra del
desafuero porque diputado voy a ser sólo
por un tiempo y amigo de Chico Merino, lo
seré toda la vida". ¡Monumental
respuesta la del diputado William
Martínez, del PAN! Semejante juicio de
valor que raya entre la
ñoñería mental y la
"cantinflada" -con el perdón de don
Mario-, matiza claramente el grado de cinismo y
"frescura" con el que se manejan algunos padres
de la patria.
Porque toda generalización es, en
sí misma, absurda y porque la presente
legislatura cuenta también con
políticos de sobrada capacidad que
merecen el respeto de todos nosotros,
convendría evidenciar y combatir a dos de
los grandes aliados de la irresponsabilidad y el
irrespeto en materia legislativa: el sistema
político de la representación
proporcional y la corta memoria de los
salvadoreños.
El primero -fundamentado en una supuesta
representatividad cada día más
difícil de medir- carece de un mecanismo
de rendición de cuentas que permita a los
diputados responder a sus electores y no
necesariamente a intereses particulares o
grupales. Para el caso, si los diputados
únicamente responden al
guiñón de ojo que les pega su jefe
de fracción y las bancadas votan
consuetudinariamente en bloque, ¿para
qué 84 diputados? ¿No sería
más lógico -y más barato-
un representante por partido que sentara la
posición en nombre de todos? Sé
que el análisis puede sonar simplista,
pero en el fondo no lo es. En un país
donde más de la mitad de la
población vive en condiciones
infrahumanas, ¿qué sentido tiene
estar manteniendo a tanto diputado que, una vez
en la curul, se olvida de su pueblo, de su
villa, de su cantón? Obstinarse a
mantener este moribundo sistema, lejos de
fortalecer la democracia, atenta contra ella y
contra la institucionalidad de los partidos.
Distinto es contar con 84 diputados -ó
60, como proponía el diputado Parker-
sujetos a mecanismos permanentes de
rendición de cuentas, que respondan de
manera concreta y responsable a las exigencias
de sus electores. Así, sí tiene
valor el voto de la gente.
Además, al observar cómo
funciona nuestro actual sistema de
representación proporcional,
también podemos advertir con facilidad
cómo partidos que son o deberían
ser minúsculos, con pobre
representación y, aún más,
paupérrimas propuestas, están
haciendo de la política una empresa.
Esto, la población ya lo
advirtió.
Y por último: nuestra corta memoria
histórica es un aliado que, por lo
general, da confianza a los mediocres. Conviene
que los ciudadanos hagamos un esfuerzo por
mantener frescas en nuestra mente las posiciones
más importantes de los partidos, para
así premiar o castigar a quienes, con su
trabajo y sus políticas, favorecen o
desfavorecen a la mayoría de los
salvadoreños.
La semana pasada hablábamos de la
reacción en cadena que ha comenzado a
contagiar positivamente al país; es
preciso que ésta llegue pronto a la
Asamblea Legislativa antes de que el desencanto
y la incredulidad cedan el paso a otras formas
de populismos o caudillismos aberrantes. Sabemos
de los graves problemas que ahí adolecen,
pero también sabemos del esfuerzo que
muchos de los diputados, técnicos,
asesores y empleados del primer Órgano
del Estado realizan para cumplir
responsablemente con su deber. Si generalizar es
un absurdo, la indolencia frente a lo absurdo
justifica la generalización.
Ellos mismos tienen en sus manos la
evolución que la gente les pide a
gritos.