- La
columna nacional
- ¿Somos una
nación con un siquismo
infantil?
- Por
Roberto
López-Geissmann.
Veamos algunos síntomas:
1)
La fascinación que ejerce lo grande
materialmente, lo numéricamente enorme,
lo gigantesco. Análogo a niño,
nuestras masas confunden lo exteriormente grande
con lo grandioso (bigness for greatness), en lo
que se pudiera caracterizar como un proceso
regresivo por lo simplista. Entendamos que no se
trata solamente de un proceso masificador sino
infantilmente masificador.
2) La manía de los records, de las
cifras estadísticas que superen a..., la
búsqueda de algo que en el plano
tangible, mensurable y exclusivamente
cuantitativo derrote al anterior; ello en
desprecio de la observación de
características sutiles que pudieran no
ser superadas e incluso que resulten inferiores;
en esto se engloba la adicción a la
velocidad desde el aspecto más pueril del
enfoque.
3) La pasión por lo novedoso, por lo
nuevo, por estar "en la última jugada" y
poseer lo último. Así como al
infante se lo seduce presentándole el
juguete o juego más de moda,
imponiéndoselo por su misma razón
de "novedad", aunque el anterior fuera de una
calidad superior, todo ello debido precisamente
a la avidez de sensaciones: uno de los rasgos
más típicos de nuestra
época.
4) La igualmente pueril alegría de
sentirse superior a los demás en un
dominio puramente exterior. A través de
un proceso de "sobrecompensación", como
un alma infantil que teme sobre su propia
debilidad, en forma inconciente e involuntaria
se busca esa superioridad formal y material a la
que precisamente un hombre de verdadera grandeza
no conferirá mayor valor.
Es fácil observar la funcionalidad de
dichos paradigmas en el dominio de lo
económico y de la producción, e
incluso encuadrarlas dentro de grandes
estructuras capitalistas que tienden a
conferirle al Estado el degradante status
monopolístico (u oligopolístico)
de sistema centralizado de trabajo con el
único objetivo de "producir", perdiendo
el control político a través de
"procesos irreversibles" que encadenan a la
sociedad en un engranaje cuyas consecuencias
sobrepasan el discurso político formal y
los análisis económicos
profesionales.
Citaré en mi auxilio a Werner Sombart,
quien, relativo a estos temas, expresaba lo
siguiente: "Un hombre dotado de sentimientos
profundos y elevados, una generación
verdaderamente grande, enfrentados a los
problemas más graves del alma humana, no
se sienten exaltados por el triunfo de
algún invento técnico. No les dan
sino una importancia secundaria a estos medios
de potencia exterior. Pero nuestra época,
inaccesible a todo lo que es verdaderamente
grande, enfrentados a los problemas más
graves del alma humana, no se sienten exaltados
por el triunfo de algún invento
técnico. No les dan sino una importancia
secundaria a estos medios de potencia exterior.
Pero nuestra época, inaccesible a todo lo
que es verdaderamente grande, no aprecia
precisamente sino esas muestras de poder
exterior, y se goza como un infante
otorgándoles un verdadero culto a quienes
las poseen. He aquí el porqué los
inventores y millonarios inspiran a las masas
una admiración ilimitada".
Aclaremos que no se trata de la actividad, el
trabajo o el desarrollo los criticados, sino la
"agitación", la falta de reflexión
en las medidas "técnicas" que se
implementan -en todos los campos- y la
pérdida del sentido mismo de la vida, de
la sociedad y del Estado que se producen. Si
existe una potencia verdadera que no está
ligada a la grandeza exterior, a la
estadística comparativa ni a lo material,
estará ella forzosamente ligada a una
superioridad interior, la que, sin embargo, ha
tenido (y pueda tener) repercusiones
extraordinarias en el mundo externo. Digamos,
para ser sinceros, que cada vez más se
desdibujan sus trazos en esta modernidad que
desconoce los valores por los que verdaderamente
vale la pena esforzarse, más allá
de toda agitación y de querer ir siempre
más lejos sin saber ni adónde ni
por qué. La reflexión madura -por
esencia superior- ha dejado lugar al activismo
juvenil, apreciable en su contexto pero
imposible de superar a un siquismo maduro, a no
ser que sea en un ámbito de demagogia
espesa.
REFLEXIÓN FINAL: para la
comprensión integral de nuestra
situación es imposible presentar un
análisis huérfano del elemento
filosófico; no basta lo
politológico, lo económico, lo
social u otros, la filosofía
política es indispensable para
entendernos, para cambiar, para vivir.