Martes 5 de diciembre


La columna nacional
¿Somos una nación con un siquismo infantil?
Por Roberto López-Geissmann.

Veamos algunos síntomas:

1) La fascinación que ejerce lo grande materialmente, lo numéricamente enorme, lo gigantesco. Análogo a niño, nuestras masas confunden lo exteriormente grande con lo grandioso (bigness for greatness), en lo que se pudiera caracterizar como un proceso regresivo por lo simplista. Entendamos que no se trata solamente de un proceso masificador sino infantilmente masificador.

2) La manía de los records, de las cifras estadísticas que superen a..., la búsqueda de algo que en el plano tangible, mensurable y exclusivamente cuantitativo derrote al anterior; ello en desprecio de la observación de características sutiles que pudieran no ser superadas e incluso que resulten inferiores; en esto se engloba la adicción a la velocidad desde el aspecto más pueril del enfoque.

3) La pasión por lo novedoso, por lo nuevo, por estar "en la última jugada" y poseer lo último. Así como al infante se lo seduce presentándole el juguete o juego más de moda, imponiéndoselo por su misma razón de "novedad", aunque el anterior fuera de una calidad superior, todo ello debido precisamente a la avidez de sensaciones: uno de los rasgos más típicos de nuestra época.

4) La igualmente pueril alegría de sentirse superior a los demás en un dominio puramente exterior. A través de un proceso de "sobrecompensación", como un alma infantil que teme sobre su propia debilidad, en forma inconciente e involuntaria se busca esa superioridad formal y material a la que precisamente un hombre de verdadera grandeza no conferirá mayor valor.

Es fácil observar la funcionalidad de dichos paradigmas en el dominio de lo económico y de la producción, e incluso encuadrarlas dentro de grandes estructuras capitalistas que tienden a conferirle al Estado el degradante status monopolístico (u oligopolístico) de sistema centralizado de trabajo con el único objetivo de "producir", perdiendo el control político a través de "procesos irreversibles" que encadenan a la sociedad en un engranaje cuyas consecuencias sobrepasan el discurso político formal y los análisis económicos profesionales.

Citaré en mi auxilio a Werner Sombart, quien, relativo a estos temas, expresaba lo siguiente: "Un hombre dotado de sentimientos profundos y elevados, una generación verdaderamente grande, enfrentados a los problemas más graves del alma humana, no se sienten exaltados por el triunfo de algún invento técnico. No les dan sino una importancia secundaria a estos medios de potencia exterior. Pero nuestra época, inaccesible a todo lo que es verdaderamente grande, enfrentados a los problemas más graves del alma humana, no se sienten exaltados por el triunfo de algún invento técnico. No les dan sino una importancia secundaria a estos medios de potencia exterior. Pero nuestra época, inaccesible a todo lo que es verdaderamente grande, no aprecia precisamente sino esas muestras de poder exterior, y se goza como un infante otorgándoles un verdadero culto a quienes las poseen. He aquí el porqué los inventores y millonarios inspiran a las masas una admiración ilimitada".

Aclaremos que no se trata de la actividad, el trabajo o el desarrollo los criticados, sino la "agitación", la falta de reflexión en las medidas "técnicas" que se implementan -en todos los campos- y la pérdida del sentido mismo de la vida, de la sociedad y del Estado que se producen. Si existe una potencia verdadera que no está ligada a la grandeza exterior, a la estadística comparativa ni a lo material, estará ella forzosamente ligada a una superioridad interior, la que, sin embargo, ha tenido (y pueda tener) repercusiones extraordinarias en el mundo externo. Digamos, para ser sinceros, que cada vez más se desdibujan sus trazos en esta modernidad que desconoce los valores por los que verdaderamente vale la pena esforzarse, más allá de toda agitación y de querer ir siempre más lejos sin saber ni adónde ni por qué. La reflexión madura -por esencia superior- ha dejado lugar al activismo juvenil, apreciable en su contexto pero imposible de superar a un siquismo maduro, a no ser que sea en un ámbito de demagogia espesa.

REFLEXIÓN FINAL: para la comprensión integral de nuestra situación es imposible presentar un análisis huérfano del elemento filosófico; no basta lo politológico, lo económico, lo social u otros, la filosofía política es indispensable para entendernos, para cambiar, para vivir.


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