Jueves 21 de diciembre 2000


Tomando la palabra
Cultura democrática
Salvador Samayoa*

El genuino respeto al Estado de derecho y a las instituciones democráticas se mide cuando la aplicación de las leyes o las resoluciones judiciales resultan desfavorables a nuestros intereses. Cuando éstas nos benefician, el acatamiento y el discurso de reafirmación de confianza en las instituciones no implica mérito cívico, ni constituye expresión verdadera de vocación democrática.

Hasta hace unos días, nos tomábamos licencias excepcionales para bromear con nuestros amigos "gringos", deleitándonos con un poco de morbo en la difícil situación jurídica y política que enfrentaban los Estados Unidos por el empantanamiento de las elecciones de noviembre. Incluso logramos expresar un poco de humor político -que buena falta nos hace en la vida cotidiana-, ofreciendo a nuestros amigos la asesoría de un país civilizado como el nuestro, que ya había superado la etapa de enredarse y confrontarse por cosas tan triviales como los resultados electorales.

Ahora la confusa y embarazosa situación política está zanjada y el sistema democrático de los Estados Unidos nos ha ofrecido una lección interesante y de mucha actualidad. La decisión de la Suprema Corte fue acatada sin remilgos por todos los actores políticos y la forma, a la vez necesaria y perniciosa, del enfrentamiento se desvaneció para ceder el espacio a otro momento y a otra forma de lucha política.

Los jueces de la Suprema Corte de los Estados Unidos son designados por el Presidente de la República. Difícil imaginar un sustrato político mayor en los nombramientos, pero cuando la Corte resuelve, nadie argumenta el sesgo político para cuestionar o restar validez a la decisión judicial.

Estaba en juego ni más ni menos que la presidencia de los Estados Unidos. El voto popular en todo el país favorecía a Gore; la diferencia en el estado de Florida era de poco más de 500 entre 6 millones de votos; las demandas por irregularidades tenían sustento; las pasiones habían aflorado, y, sin embargo, el candidato demócrata aceptó de inmediato, con gran sentido de responsabilidad y con toda la elegancia posible, la decisión de la Corte. Dedicó una sola línea de su excelente discurso a declarar su insatisfacción. Lo demás fue conceder la victoria al candidato opositor y convocar al país a restañar las heridas de la contienda.

Citó las palabras del senador Douglas, cuando éste concedió la victoria a Abraham Lincoln: "El sentimiento partidario debe ceder al patriotismo. Estoy con usted, Señor Presidente; que Dios lo bendiga". Y agregó: "Ahora ha hablado la Suprema Corte. Que no haya duda: aunque estoy en desacuerdo con la decisión de la Corte, la acepto".

En las horas siguientes, visita de cortesía de Bush a Gore. Cortesía y conveniencia política bien entendida, que buena falta nos hace en casa, dicho sea de paso. Visita también al presidente Clinton, con la debida modestia y con el debido sentido práctico de la política. "Si el Presidente tiene la amabilidad de darme algún consejo, lo tomaré.

Los vecinos del norte -republicanos y demócratas- no tienen más alternativa que entenderse, entre otras razones, porque los 100 escaños del Senado quedaron repartidos en partes iguales. Ahora sí: "fifty-fifty", literalmente. Pero no es sólo el sentido práctico de la política el que anima el entendimiento. En el fondo está la acumulación cultural de genuino respeto al régimen democrático.

En El Salvador es difícil recordar alguna decisión de la Corte que no sea cuestionada con altavoces por la parte política perdedora. Bien es cierto que nuestra Corte Suprema no ha sido tan respetable como la Suprema Corte de los Estados Unidos, pero también es cierto que nuestro interminable cuestionamiento de resoluciones judiciales de carácter constitucional es expresión de un grave problema de cultura política democrática.

Imaginemos el escenario. Es ahora política-ficción, pero tal vez no lo sea tanto dentro de cuatro años. ¿Cuál sería la reacción de nuestros políticos, si tocara en turno a nuestra Corte Suprema una decisión de semejante envergadura? ¿Podemos imaginar al candidato, a la Dirección y a las bases del Frente aceptando la decisión? Tal vez, porque tiene algo de experiencia en la difícil empresa de no llegar nunca al poder. ¿Podemos imaginar a ARENA aceptando la decisión? Difícil previsión. Pronóstico reservado.

Ahora un escenario de realidad, ya no de política-ficción. ¿Podemos imaginar a nuestros partidos acatando el mandato de entendimiento constructivo que emana de las urnas? Nuestra Asamblea Legislativa no está en situación de "fifty-fifty", como el Congreso de los Estados Unidos, pero ARENA y el FMLN sí están empatados y, de todas maneras, se rehusan casi todos los días a entender su empate como mandato de entendimiento por parte de los electores.

Ayer, una decisión de la Corte Suprema de Chile revirtió la orden de arresto del general Pinochet. Furiosas protestas. Igual que haríamos nosotros &emdash;algunos ya lo hacen&emdash; en casos similares. Mañana, nuestra Corte Suprema decidirá sobre la constitucionalidad de la Ley de Integración Monetaria, o sobre la constitucionalidad de la Base Militar estadounidense en nuestro territorio. El acatamiento de las decisiones es seguro, pero el berrinche también.

Ese es el problema. Hemos avanzado en eso de acatar. Hemos avanzado menos en aquello de no manipular. Pero no hemos avanzado en nuestra costumbre de dejar envenenado y amargado el ambiente político después de las confrontaciones. Y, sobre todo, no hemos avanzado en superar la tentación de desacreditar a las instituciones y de minar su credibilidad después de cada decisión que no nos satisface. Este es un problema de cultura democrática, asignatura todavía pendiente en nuestro proceso de transición.


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