- Sentido
común
- Esos incómodos
salvadoreñitos
- RICARDO
RIVAS*
Son
francamente enternecedores los esfuerzos que
hacen algunas organizaciones internacionales y
personalidades del mundo político,
empresarial y artístico, en pro de la
conservación de la vida animal en el
planeta. Gracias a su trabajo, tiempo y
recursos, se han salvado miles de periquitos
Tui, tarántulas mexicanas, búhos
abisinios y muchísimas otras especies
animales que están en punto de
extinción. Lo que siempre me ha producido
extrañeza es ver cómo
muchísimos de estos zoofílicos
amigos que se alarman con el imbalance natural
que produciría la desaparición de
tanto animalito, se aterran con la
reproducción de seres humanos, sobre todo
de mulatos, ladinos, indígenas,
asiáticos y negros.
Un editorial reciente del Wall Street
Journal, en clara referencia a la millonaria
cooperación que muchos de estos
personajes brindan para sembrar la mentalidad
antinatalista en sus traspatios del tercer
mundo, plantea el siguiente cuestionamiento:
"¿Por qué si un pollo o un cerdo
nace en la India o China es contado por la ONU
como un incremento en la riqueza, mientras
cuando nace un niño viene registrado como
algo negativo?".
La idea me asaltó una de estas tardes,
en la que veíamos televisión con
nuestros hijos y pretendíamos disfrutar
una serie familiar que, a la postre, se
convirtió en un musical y cadencioso
desfile de cucuruchos de "latex". "¿El
condom parade?" Anuncio por aquí, anuncio
por allá, un saxito por arriba, un
"rapito" por abajo, un movimiento sensual
¡Bomba!
Las "milagrosas" vejiguitas
multicolor se reproducían en cada bloque
de comerciales.
Lo mismo nos pasó cuando nos fuimos
con todo y "Sansón" (nuestro enjutado
chihuahua) a ver la decoración
navideña de San Salvador. ¡Bingo!,
la misma historia, el artilugio del "desarrollo,
la salud y la prosperidad" apareció por
todos lados: en las paradas de buses, en las
vallas publicitarias, en los teléfonos
públicos, en las cajetillas de chicles,
en los envoltorios de los tamales
¿Será que en el futuro nuestros
niños aprenderán a hablar
diciendo: "con&endash;dón", en lugar de
"pa&endash;pá"?.
Hace 25 años, en la "Madre patria"
ocurría lo mismo; los resultados se
reflejan en este extracto publicado
recientemente por una agencia informativa
europea: "Ahora que la fecundidad en
España ha tocado fondo, nunca hemos visto
tantas mujeres embarazadas en los anuncios.
Vientres redondos, de piel tensa, de fecundidad
inminente, nos estimulan a comprar muebles,
teléfonos, relojes y hasta el
cupón de los ciegos. Los publicitarios
juegan con el deseo de la mayoría de
parejas de tener un hijo y el sentimiento
positivo que despierta la imagen de la mujer en
estado de buena esperanza (embarazo)". Los
españoles están preocupados
&emdash;y con razón&emdash;: mientras su
población envejece, los niños se
acaban; la tasa real de fecundidad actual (1.07
hijos por mujer) ni siquiera alcanza el umbral
de 2.1, indispensable para la sustitución
de generaciones. Quienes durante 25 años
se encargaron de estimular y financiar la
anticoncepción como "fórmula
mágica" que generaría comodidad,
desarrollo y estabilidad integral a la familia
española, hoy han desaparecido.
La intranquilidad por el envejecimiento
poblacional y la actual caída de la
natalidad son signo de alarma en casi toda
Europa y, aunque cierta clase política
funciona aún con el prejuicio de que
cualquier medida de apoyo explícito a la
natalidad se interpreta como un intento de
reducir a la mujer al papel de madre
&emdash;rancio escrúpulo en estos
días&emdash;, las legislaciones
destinadas ha recuperar la natalidad
están surgiendo. La reciente ley de
"Conciliación de Trabajo y Vida
Familiar", aprobada en España, es un buen
primer paso.
En Suecia se ha aumentado ligeramente la
fecundidad debido a un permiso laboral que
otorgan cuando nace un bebé, gracias al
cual los dos padres pueden quedarse en casa
durante un cierto período cobrando el 90%
de su sueldo.
En El Salvador, al igual que en muchos otros
países en "vías de desarrollo", se
nos quiere vender casi que a fuerza de
coscorrones la idea de que somos muchos, que
somos pobres y que porque somos muchos y porque
somos pobres, debemos ser menos. Para ello,
organizaciones internacionales públicas y
privadas financian campañas millonarias
en medios de comunicación, subvencionan
organizaciones gubernamentales y no
gubernamentales, presionan a nuestros gobiernos
condicionando ayudas y estimulan a personajes
públicos, para que al unísono
implanten unos, y promuevan otros, una
mentalidad antinatal. Nadie advoca que nos
reproduzcamos irresponsablemente como cuyos;
más bien, de lo que estamos hablando es
que dejen de mirarnos como cuyos. A la familia
salvadoreña nos caería mejor que
ese platal que se invierte en ofrecer y
masificar preservativos, dispositivos
intrauterinos, vasectomías y
esterilizaciones a granel, se invirtiera en
generar mayores niveles de educación,
salud, empleo y seguridad.
Sabemos que en este tema hay muchos
dólares de por medio, también
comprendemos que jamás nos
desarrollaremos como nación mientras no
se respete y se promueva la dignidad humana de
millones de conciudadanos nuestros. Por ello,
valdría la pena reflexionar si el control
natal es la solución a nuestros problemas
o si la causa de la injusticia e ignominia
social proviene de la forma como estamos
organizando y articulando nuestra sociedad.
Chesterton, el periodista inglés
reconocido por su genial perspicacia,
tendría una buena contestación a
quienes les provoca insomnio pensar en tanto
salvadoreñito, chinito, carioquita o
tanzanito: "La respuesta a cualquiera que hable
de exceso de población es preguntarle si
él mismo es parte de ese exceso de
población, o si no lo es,
¿cómo sabe que no lo es?".